Ruta por Levante invernal

Salimos de casa con ganas de Levante. Los días son todavía muy cortos, las noches frías y la relación del Mediterráneo con el buen tiempo incierta. Llegamos al pueblo de Navajas bien entrada la noche. El termómetro sigue anclado a las temperaturas negativas de la meseta turolense a pesar de que ya estemos en Castellón, a pocos kilómetros de la costa. Una cena ligera y al saco de dormir, que a la mañana siguiente toca madrugar para trabajar desde la furgoneta. El teclado del ordenador se muestra reacio, él también siente los -3ºC y la pereza del que madruga en invierno; – qué cierto es que nunca fue lo mismo madrugar en invierno que en verano. A media mañana hacemos una parada de relax para disfrutar de la cercana cascada del Salto de la Novia, una gozada de visita sin nadie alrededor. Las colinas a la vista están tomadas por fortalezas de otros tiempos, aquellos en los que cada centímetro de roca se luchaba con sudor y sangre. Las plazas de Segorbe, Jérica y Sagunto se muestran cercanas. En Jérica pasaremos la segunda noche en un tranquilo parque junto al río Palancia. Su magnífica roca para escalar y unas mesas de madera, que nos servirán de campamento base, harán que recalemos aquí tanto al principio de nuestra escapada como al final. Por otra parte, el sol, esa fuente de energía positiva, tan importante en invierno, nos carga las baterías de nuestro espíritu.

Cascada del Salto de la Novia, Navajas

Desde Jérica pocos kilómetros nos separan de Segorbe, parada obligada en la calzada romana a Cesaraugusta. Recorremos la fortaleza bajo un atardecer invernal que nos hace aligerar el paso para buscar un buen sitio donde pernoctar. Decidimos ir al mirador de Garbí, la primera elevación rocosa desde el Mediterráneo. A la mañana siguiente disfrutaremos de un gélido amanecer naranja cítrico con las vistas de Sagunto y Valencia. Si la mañana la dedicamos a recorrer Sagunto, por la tarde serán nuestros amigos Andrés, Carmen y el pequeño Marco los que nos hagan de excelentes anfitriones por la capital valenciana, con horchata de por medio.

Castillo de Sagunto
Estación de trenes de Valencia
Ciudad de las Artes y las Ciencias, Valencia

Continuamos la carretera de la costa hasta la Albufera, un auténtico dolor de muelas para pernoctar. Los carteles de prohibición de furgonetas florecen como níscalos en otoño entre los pinos de este pequeñísimo reducto natural entre tanta aberración urbanística. Desayunamos bajo un velo de lluvia y luz gris, es temprano y nada hace parecer que aguantaremos en este lugar hasta la hora de la comida para tomarnos una de las increíbles paellas por las que es tan conocida esta zona. Cerca de Cullera una muchedumbre se aglutina alrededor de un comercio en la misma carretera. Sigue lloviendo y como los manifestantes en Euskadi, no se amilanan por el agua. No parecen violentos aunque como pronto sabremos todos aguardan su dosis de azúcar en La Beata Inés, la pastelería más espectacular que hayamos visto (más de 10.000 comentarios positivos -de no diabéticos- en Google dan una idea de su éxito). Tras llevarnos algo así como 3 kilos de bollos dulces y salados, la mitad en el estómago y la mitad para la cena, llegamos sin esfuerzo a Denia.

Albufera de Valencia
Canales y arrozales en El Palmar

Cerca de Denia conocemos la Cueva Tallada en el parque natural del Cabo de San Antonio, antigua cantera y puerto, donde los barcos cargaban sillares para la construcción de la iglesia de Denia y después recorremos el faro de San Antonio. La mayor parte de este parque se quemó y en la actualidad alguna especie invasora de palmeras parece que se haya aprovechado de la escasa competencia de otras plantas para conquistar el cabo. Las urbanizaciones de escaso gusto trepan por cualquier colina a la vista. Todo vale. Con que algo azul, que parezca mar, sea visible desde el salón servirá para darle el valor de “con vistas al mar”. Así llegamos a Calpe, próximo ya en estilo al esperpéntico Benidorm. La imagen de la laguna de Calpe con flamencos rosados sobreviviendo en la jungla de rascacielos nos basta para adentrarnos en la verdadera joya de Alicante, su interior.

Cueva Tallada, Denia
Cueva Tallada, Denia
Cabo de San Antonio
Flamencos en la jungla de hormigón de Calpe

Comenzamos por la visita a las Fuentes del Algar, unas cascadas prostituidas en parque temático para ofrecer un plan “aventurero” al turismo de sombrilla. Es enero y nadie nos pide abonar el sorprendente boleto de entrada. Tras esta pequeña muestra de ilegalidad continuamos hasta el precioso pueblo de Castell de Guadalest, donde dedicaremos un par de días a conocer sus calles, su magnífica roca para escalar y la ruta circular del Racó de Tovaines. La diferencia de sol se nota y recolectamos varios puñados de espárragos trigueros, tres o cuatro meses adelantados con respecto a los que cogeremos por casa. También cerca de aquí conocemos las agujas calizas de Cuatretondeta, pueblo con nombre que bien podría ser italiano. Amanecemos con -4ºC rodeados de almendros en flor, una antesala de las heladas que sufrirán nuestros perales y manzanos unos meses después. Si bien la temperatura durante el día sube algo, durante las noches las heladas no dan tregua en el interior.

Fuentes del Algar
Castell de Guadalest
Vistas desde el castillo de Castell de Guadalest
Calizas en el Racó de Tovaines
Agujas de Cuatretondeta

Saltamos de una sierra de Alicante a otra, en este caso para conocer Agres, Bocairente y las pozas del río Clariano. Especialmente el pueblo de Bocairente nos parece una visita obligada en esta provincia. Sus calles de trazado morisco en la colina, sus campos aterrazados y las cuevas rupestres talladas en la roca para almacenar alimentos lejos del suelo nos encantan. Desde Bocairente vamos deshaciendo camino hacia el norte, parando en Xátiva y en el salto de Chella. Bien entrada la noche llegaremos de vuelta a Jérica y su aparcamiento junto al río Palancia.  

Bocairente
Castillo de Xátiva
Salto de Chella

Un par de días de escaladas en Jérica y Montanejos, con baño incluido en la que es considerada la mejor poza de España (explicado por sus aguas termales que hacen posible el baño en los albores de enero) culminarán esta escapada en busca del esquivo sol de invierno.

Poza termal de Montanejos

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