Nicaragua, entre dos aguas

Como muchos otros viajes, el motivo es solo una excusa para conocer un pequeño cachito del planeta, empaparse de su cultura y sus rarezas, y recordar que no todo el mundo vive igual, ni tiene las mismas posibilidades… Llevaba ya tiempo con las ganas de buscar un motivo por el que visitar Nicaragua y no se me ocurre uno más absurdo que el hilo musical de cumbia y bachata que pusieron mientras me hacían una resonancia de rodilla. Entre los ruidos propios de dicha prueba y la sensación de estar haciendo espeleología en el centro de Logroño, me concentré en la música y esta me transportó a los colores vivos y a la jovialidad de Centro América, uno de esos lugares del mapa que enganchan al viajero. En un par de meses y tras un viaje de treinta horas con una interesante escala en Amsterdam, en la que conocimos el barrio rojo, llegamos a Managua, capital de Nicaragua y ciudad devastada por el gran terremoto de 1972 y la revolución popular sandinista (1979-1990), una guerra civil instigada por EEUU en su cacería contra el comunismo. Tras una noche en la capital durmiendo cerca, pero no dentro del hotel Intercontinental, nos dirigimos hacia Granada, una preciosa ciudad colonial dos horas al sur de la capital. Recorremos el bullicioso mercado frecuentado por campesinos. Nuestros ojos no dejan de recorrer los rincones más atractivos: frutas y verduras. Obviamos la sección de carne porque el olor a carne en proceso de putrefacción y las moscas no nos animaban a arrimarnos… Después del mercado, recorremos sin prisa las calles, la plaza central, e incluso llegamos a la orilla del lago Cocibolca, el pequeño mar interior de agua dulce de Nicaragua. Entre la bruma se distinguen los primeros volcanes, cercanos a Masaya. Tras esta parada en Granada, continuamos el día hasta San Juan del Sur, destino de playa cercano a la frontera con Costa Rica y parada de surferos. Es el inicio de la Semana Santa y muchos ‘nicas’ aprovechaban para tomarse unos días de vacaciones en esta playa del Pacífico, que se da un aire a la de la Concha de San Sebastián. Nos damos un baño y vemos un bonito atardecer en esta playa.

Granada de Nicaragua, ciudad con muchísima vida en la calle como su homónima española.

Granada de Nicaragua, ciudad con muchísima vida en la calle como su homónima española

orilla del lago Cocibolca desde Granada.

Orilla del lago Cocibolca desde Granada

Atardecer en San Juan del Sur

Atardecer en San Juan del Sur

Al día siguiente pondremos rumbo a la isla de Ometepe, supuestamente la mayor isla habitada dentro de un lago (hay records para todo). El barco desde el puerto de San Jorge, cercano a la localidad de Rivas, es un ejemplo de aprovechamiento del espacio. Un par de flotadores naranjas para varios cientos de personas nos recuerdan que estamos en el país más pobre del continente después de Haití (132º en el ranking de índice de desarrollo humano). La isla de Ometepe está jalonada y formada por dos volcanes (el Concepción -un cono perfecto y todavía activo-, y el Maderas -más antiguo que el anterior y cubierto por vegetación-). En el trayecto de casi dos horas en barco conocemos a unos salvadoreños y ticos (para los de la LOGSE, habitantes de Costa Rica), que también se encuentran de vacaciones en Nicaragua.

Bea en el barco camino de Ometepe

Bea en el barco camino de Ometepe

Sin saber muy bien a dónde ir, atracamos en Moyogalpa, uno de los puertos de la isla y nos dirigimos a la última parada que nos deje el bus, un pueblecito llamado Balgüe. Estamos algo cansados del viaje y no dudamos mucho a la hora de elegir un hotelito cerca de la parada del bus y a la orilla del lago. Tenemos habitación compartida con la posibilidad de usar la cocina por 6 dólares, la tónica general del país. Nos damos un baño en la playa de Santa Cruz esa tarde, de arenas negras. El día siguiente subiremos al cerro Maderas de unos 1300m de altura (empezando a unos 100) con la guía de un local, Hugo, y la compañía de tres chicas de Suiza, Inglaterra y California. La ascensión comienza en plantaciones de plátanos y según se va subiendo, cambia por las de café e incluso cacao. De vez en cuando, el grito de los monos aulladores nos sorprende y nos sirve de parada para recuperar aliento y líquidos por el calor que hace, unos 35ºC y 100% de humedad. A partir del primer tercio del camino los cultivos dan paso al bosque húmedo. Los vientos cargados de humedad hacen una parada obligada en el único peaje del lago y condensan el vapor en las hojas y troncos de los árboles, convirtiendo el camino en un auténtico barrizal. Vemos numerosas especies de plantas, entre ellas helechos arborescentes y lianas en las que hacemos un poco de Tarzán… Tras unas tres horas coronamos cumbre y nos hacemos fotos de grupo. Todavía nos espera la guinda del día, la laguna del cráter a la que bajamos a comer y servidor a bañarse.

Flora de bosque húmedo en el volcán Maderas, isla de Ometepe

Flora de bosque húmedo en el volcán Maderas, isla de Ometepe

Sudando como pollos al volcán Maderas.

Sudando como pollos al volcán Maderas

Cráter del volcán Maderas con su laguna

Cráter del volcán Maderas con su laguna

Tras una larga bajada, todavía nos quedan ganas de caminar algo más y vamos a buscar a alguien que nos alquile una moto para el día siguiente recorrer la isla de este modo. Nunca había conducido una moto y me encantó la experiencia, si bien es cierto que no es lo normal conducir la primera vez entre rebaños de caballos y vacas y con tu novia de paquete por caminos de piedras. Hacemos numerosas paradas y recorremos a lo largo del día la isla, bañándonos y comiendo en la playa de San José y comprando miel a un apicultor que orgullosamente nos enseñó su casa, hecha por cuatro maderas y una fina chapa metálica de techo. En principio íbamos a salir en barco de la isla esa noche para atravesar de oeste a este el lago, pero es Jueves Santo y allí nadie trabaja ni siquiera el patrón del barco. Rápidamente cambiamos el sentido del viaje y esa misma tarde, cargados con las mochilas en la moto y después haciendo autostop salimos de la isla en el último barco de nuevo a San Jorge y continuadamente a Masaya. Si hay algo que caracteriza Nicaragua es la tranquilidad de sus gentes, que en algún caso pondrían nervioso al más tranquilo mexicano, y de la cual alardean. Se sienten orgullosos de la tranquilidad de su país, que a menudo comparan con Honduras, El Salvador y Guatemala diciendo ‘somos más pobres que ellos, pero aquí al menos no es peligroso salir a la calle’. En el trayecto a Masaya conocemos a dos españoles que animados por el programa televisivo ‘Españoles por el Mundo’ salieron de Burgos a buscar trabajo en Costa Rica y que tras un mes sin mucho éxito decidieron cruzar a Nicaragua y posteriormente volver a tierras castellanas. En Masaya paseamos por sus calles y conocemos la laguna de Apoyo, famosa por su gran lago en el cráter de un volcán de unos 10km de diámetro. Mucha gente aprovecha que es festivo para bañarse en la laguna. Una de las cosas que sorprende es ver bañarse vestido a la gente, tanto hombres y mujeres; aquí nadie usa bañadores y los bikinis les suenan a palabra china. El taxista que nos acerca a la laguna nos habla de la guerra civil y de cómo norteamericanos de la CIA les instruían (a la Guardia Nacional defensora de Somoza) para que combatiesen a los Sandinistas. Por la tarde continuamos nuestro viaje hacia León, antigua capital del país y una ciudad colonial que merece la pena visitar. Cenamos en la calle unos tacos de pollo y queso, y unas pupusas (variante nica de las arepas venezolanas) al tiempo que vemos la ‘caída de las alfombras’: un acto en el que los leoneses hacen murales de serrín pintado de escenas de la pasión de Cristo. Perros sueltos corretean en las calles y la fritanga del pollo y plátano frito de los puestos ambulantes embriaga el ambiente. De casualidad entramos en una de las cientos de iglesias evangélicas (sectas) que operan en el país y uno de los cánceres que sufre. Un grupo de rock toca en lo que sería el altar, al tiempo que los feligreses bailan y cantan, la gente nos da la mano al entrar con una sonrisa forzada. Carteles anuncian la búsqueda de nuevos líderes para la sociedad y la captación de nuevos adeptos. Algunos piensan que fue EEUU el culpable de introducir de este modo las sectas en estos países en los que la Teoría de la Liberación tenía un feudo, y de así controlar el avance del comunismo. El día siguiente lo pasamos en las playas de Poneloya y Las Peñitas a unos 20 minutos al oeste de León. Comemos un pescado hoja en un chiringuito de pescadores con hojas de palmera como sombrilla para evitar el sol. Como sobremesa decidimos poner rumbo al volcán Telica: el más activo de Nicaragua y desde donde supuestamente se puede ver la lava por la noche. Llegamos a San Jacinto, famoso por sus hervideros de aguas termales con olor a azufre y comenzamos a andar con las pobres indicaciones de los locales. Son casi las 4 de la tarde y anochecerá en menos de dos horas. Seguimos cuesta arriba superando gradas donde en época de lluvias se cultiva el frijol y el maíz. En un momento dado el camino se va dividiendo, y como si salmones fuésemos, tratamos de alcanzar el camino principal que nos lleve a la cumbre del volcán. Sin embargo, los salmones no siempre llegan a su destino final y esta vez nos toca retroceder hasta San Jacinto, a donde llegaremos bien entrada la noche y donde dormiremos en un hotel entre comillas, con garantía asegurada de pulgas. El día siguiente vuelta a León a comprar comida y organizar un poquito mejor el ascenso al volcán, que esta vez subiremos con la compañía de un mozo del pueblo que nos guiará con su mula por unos pocos dólares. Los últimos cientos de metros de la ascensión atraviesan el bosque recién quemado por los cazadores furtivos, en su intento de desviar los animales hacia algún sitio donde puedan convertirlos en caza. Más arriba el paraje estará quemado por las continuas y recientes erupciones del volcán. El cráter es impresionante y recuerda a una gran cazuela humeante. Desde el mismo borde no se ve el fondo del volcán por los gases y tras unas fotos de rigor esperamos a que se haga la noche, no sin antes disfrutar de un atardecer mágico sobre el Pacífico.

La llanera solitaria y su convoy camino del Telica

La llanera solitaria y su convoy camino del Telica

Cráter del volcán Telica

Cráter del volcán Telica, el más activo de Nicaragua

Amanecer después del vivac desde el volcán Telica

Amanecer después del vivac desde el volcán Telica

Ya de noche y muy al fondo del cráter, cuando los vapores que suben se hacen menos densos, se distingue el rojo de la lava surgir: un momento muy especial! Para dormir elegimos la ‘suite’ presidencial de una cabaña abandonada de madera y hojas de palma como techo, por cuyos huecos, que en algún caso parecen ventanales, nos permiten disfrutar de la luna llena. Sin haber dormido mucho, vemos el amanecer e iniciamos el descenso de casi cuatro horas de nuevo hasta San Jacinto, desde nos pondremos rumbo a la zona norte de Nicaragua, en este caso Matagalpa. Atravesamos varios puertos y la temperatura cada vez es más fresca, se nota que nos empezamos a acercar a la zona más cafetera del país, donde faenan varias multinacionales como Nestlé. Tras una buena cena en Matagalpa nos acostamos prontito para descansar de las pulgas y del vivac de las noches anteriores. Al día siguiente conoceremos la zona de San Ramón, un pueblo importante del Frente Sandinista de Liberación Nacional o FSLN. Es interesante ver cómo la cooperación al desarrollo si no se hace con mucha cabeza puede generar más mal que bien. En el caso de este pueblo, los bancos del parque estaban cedidos por el ayuntamiento de Pamplona, la fuente por el de Sevilla, la ambulancia por la Comunidad de Madrid y la cooperativa de café montada por una asociación luterana. Sin embargo, la sensación de la gente es que su mejoría vendrá de fuera como la lluvia y no de ellos mismos, y como prisa es algo que no tienen finalmente acaba conduciendo a la dejadez generalizada. Cambiando de tercio, decidimos tomarnos unas vacaciones dentro del viaje y nos vamos al Caribe, a la Big Corn Island, también territorio nica pero totalmente diferente al continente. Llegamos en una pequeña avioneta de diez personas desde Managua y ya desde lejos se distinguen sus arenas blancas y aguas turquesas. La isla está poblada principalmente por población caribeña negra, que viven de la agricultura y la pesca de peces y turistas y hablan misquito: un idioma mezcla de otros. Solo hay una carretera que circunvala la isla (12km en total) y el taxista nos lleva a la playa más bonita, Sally Peachy. Alquilamos una cabaña con cocina en frente de la playa y aprovechamos a bucear en sus aguas claras. Comemos pan de coco, que en lugar de agua se hace con leche de coco y le da un toque muy isleño. Al día siguiente damos la vuelta a la isla y comprobamos que el barco que supuestamente nos iba a sacar de la isla está malito y no saldrá probablemente hasta dentro de 3-4, ó 5 días; no se sabe, ni probablemente se sepa cuándo. Nos sentimos un poco como Robison Crusoe, pero afortunadamente existe un avión de vuelta para el día siguiente y nuestro agobio se vuelve tranquilidad de nuevo. Compramos unos peces Yellow Tail a unos pescadores y los cocinaremos a la plancha con plátano maduro y queso frito.

Bea con los pescados recién pescados y fritos

Bea con los pescados recién pescados y fritos

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La dura vida del mochilero… en la hamaca que teníamos en nuestra casita del Caribe en Big Corn Island

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Playas preciosas en Big Corn Island

Nos bañamos varias veces y relajamos en la arena blanca donde estamos prácticamente solos. El día siguiente tomaremos el avión a Bluefields, ciudad en la ruta del narcotráfico y con muy poco o ningún atractivo para dos mochileros, así que vamos directos al puerto para coger una panga (lancha) hasta El Rama. La comunicación entre la zona este de Nicaragua, menos poblada y más selvática y la zona oeste, mucho más poblada es en muchos casos inexistente y limitada al curso de los ríos. La policía nacional que controla la entrada y salida de las lanchas de Bluefields decide que nuestra barca no salga, puesto que ellos no han dado la orden de que los pasajeros se monten y porque hay más pasajeros de los autorizados montados. Afortunadamente esto tiene solución aquí y el capitán saca la cartera y delante de los presentes le da unos billetes al policía. En unos minutos estamos recorriendo el Río Escondido, con sus numerosos meandros y poblados en las orillas. Muchas de las casas no tienen paredes, solo techo y la gente duerme en hamacas. Una vez en El Rama y tras coger dos autobuses llegamos a la ciudad de San Carlos. La primera vez que Bea se montó en un autobús en Centro América preguntó que cuándo salía y cuánto tardaba en llegar, mientras servidor sonreía. Los autobuses en esta región del mundo suelen salir cuando no queda ni un hueco en los asientos, ni el pasillo libre, y cuando el conductor decide que el motor de estos viejos autobuses escolares reciclados de EEUU no podrá tirar en las cuestas. A estas alturas del viaje, Bea ya no preguntaba estas cosas y disfrutaba jugando con los niños de la fila anterior, o escuchando a los vendedores que se subían en cada parada a vender objetos varios desde pastillas para curar el dolor de cualquier parte del cuerpo, a platos combinados de arroz y pollo, pasando por tijeras de las uñas o linternas.

Uno de los tantos autobuses que cogimos.

Uno de los tantos autobuses que cogimos

El último trayecto hasta San Carlos lo hicimos sentados en la encimera del cristal frontal del autobús, en frente del conductor… San Carlos es el punto de partida y de regreso para aquellos que quieran recorrer el río San Juan, frontera natural entre Costa Rica y Nicaragua y desembocadura del lago Cocibolca con el Caribe. El recorrido de este río, con selva a ambos lados del mismo es una maravilla para la vista, con numerosas aves, cocodrilos y flora, así como poblados que viven como en los documentales del Amazonas.

Pescadores en el Río San Juan

Pescadores en el Río San Juan

aparcamiento de El Castillo, fortaleza española para hacer frente a los corsarios ingleses (con nombre de Whisky) que subían del Caribe

aparcamiento de El Castillo, fortaleza española para hacer frente a los corsarios ingleses (con nombre de Whisky), que subían del Caribe

A diferencia del resto de Nicaragua, en el Castillo las casas lucen muchos colores, según nos contaron unos madrileños se encargaron de darles color

A diferencia del resto de Nicaragua, en el Castillo las casas lucen muchos colores, según nos contaron, unos madrileños se encargaron de darles color

En el secadero cooperativo de cacao de El Castillo.

En el secadero cooperativo de cacao de El Castillo

Sin duda el lugar más dulce de El Castillo. Los plátanos helados cubiertos de chocolate local son absolutamente deliciosos.

Sin duda, en el lugar más dulce de El Castillo. Los plátanos helados cubiertos de chocolate local son absolutamente deliciosos

Llegaremos hasta el pueblo de El Castillo, antiguo fuerte contra los piratas que se adentraban desde El Caribe para saquear ciudades. En el Castillo visitaremos una cooperativa de productores de cacao. Nos cuentan y vemos el proceso completo desde que se recoge el cacao hasta que se hace el chocolate, que incluso hacemos nosotros mismos. Nos cuentan con orgullo cómo venden su cacao a una empresa alemana que les paga al 40% del precio internacional del cacao, no sin exigirles unos altos estándares de calidad. Les pregunto si son conscientes del precio del chocolate en los países desarrollados. En este pueblo reina una calma muy agradable y no es de extrañar que muchos europeos estén comprando grandes fincas en esta zona. Nuestro viaje ya va tocando a su fin y tras un regreso a Managua algo interesante, como no podía ser menos en este país, iniciamos la vuelta a casa. Han sido muchos días muy intensos y maravillosos, no solo por la belleza natural de este lugar, sino por la forma de ver la vida y de afrontar las situaciones que distan mucho de lo que estamos acostumbrados. Llevo unos días ya en casa y todavía me sorprende ver correr el agua limpia por el grifo y la limpieza general en las calles. Echo de menos los colores de Centro América y qué demonios, también sus autobuses.

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