Alaska, la última frontera

Los padres Escolapios tienen parte de culpa por decorar las clases de parvulitos con fotografías de paisajes de Alaska, que desde pequeño me marcaron de algún modo. Esos picos nevados y afilados sobre una planicie de abetos y una cabaña de madera a la orilla de un lago representaba ni más ni menos el lugar donde por aquellos entonces me gustaría vivir. El plan consistía en vivir en una pequeña casa de campo pegada a un río de montaña con mi inseparable amigo Jorge, cultivar un huerto y pescar. Todo parecía perfecto. Quizá Jorge se haya aproximado más a ese sueño de niños, desde su pueblo de la Rioja Baja dedicándose a la apicultura y viñedo, que servidor dedicándose a la investigación en energía solar. Sin embargo, vivir en la Rioja Baja tampoco se aproxima a esa casa de campo bajo montañas nevadas que soñábamos; aunque quién sabía cómo era Alaska en realidad… Aprovechando la “cercanía” de vivir unos meses en San Diego, compré el billete a Anchorage, Alaska. Poco tiempo después se apuntaría mi amiga Casilda, compañera de trabajo de mi época en Madrid y lo suficientemente loca para esta aventura.

Los primeros minutos en Anchorage los pasamos respondiendo las preguntas de un “ranger” de carretera, que me paró por conducir un buen tramo de una calle en sentido contrario. Quizá el que fuesen las dos de la mañana y ese gusto por ir a contracorriente como los salmones ayudasen. Afortunadamente le caímos bien, o su desconocimiento de cómo hacer llegar la multa a España, nos permitió seguir. La primera parada la hacemos en el supermercado Walmart, el único abierto a esas horas bajo el lema- libertad es poder comprar cuando tú quieras, donde compramos víveres para los próximos días. Tras dormir unas horas en el coche en el parking del mismo supermercado, un sol radiante y cielo azul nos despierta. El buen tiempo será la tónica general del viaje, con temperaturas rozando los 24ºC muchos días.

El primer día ponemos rumbo a la península de Kenai Fjords sin ningún plan fijo. La bahía de Anchorage con sus aguas lisas rodeadas de montañas nevadas me hacen preguntarme si el último día de viaje estos paisajes me seguirán impresionando. La primera parada la hacemos en Whittier, pueblo de pescadores y balleneros al que se accede por un túnel de un carril. Dicho túnel solo se puede transitar cada media hora, para dejar pasar los vehículos en cada sentido. En Whittier un fuerte viento raja la superficie del mar y rápidamente cambiamos la idea de hacer kayak en sus aguas, por la de hacer alguna caminata. El total de la población de Whittier vive en un edificio de apartamentos de estilo soviético sobre las faldas de la montaña, a pesar de que en dicho pueblo haya muchos más edificios. Es de los pocos lugares en los que pueden discutir los plenos municipales en las reuniones de vecinos…

Nos calzamos las botas e iniciamos el camino hacia el glaciar de Portage, que rompe su hielo sobre el lago de igual nombre. Las laderas nevadas con restos de avalanchas me hacen sentir ese sabor metálico en la boca, mientras sonrío a Casilda para no parecer asustado y buscar un camino fuera de problemas. Han sido tres años apartados de la nieve y Alaska es una buena cura de superación. Las vistas acompañadas de un silencio sepulcral son increíbles. Vemos los primeros animales salvajes del viaje: una marmota en su madriguera de nieve y varias perdices nivales. Seguimos nuestra ruta hacia Seward donde contrataremos los servicios de un guía para hacer kayak al día siguiente. La idea de caer al agua a 2ºC y no poder girar el kayak de dos personas a tiempo nos disuaden rápido de hacer esta empresa solos. En Seward tenemos la oportunidad de ver un águila calva, símbolo americano. Me acerco a unos tres metros de ella, que posa bajo las montañas. Acampamos en Trail River a la orilla del lago Kenai, donde enfriamos unas cuantas cervezas locales. La posterior cena se ve interrumpida por una nube de mosquitos tigre, para los cuales picar a través de la chaqueta y el pantalón no era ningún inconveniente. Al día siguiente remamos en Resurrection bay con otros viajeros liderados por un simpático guía de Idaho. El paseo en kayak de 16km viendo marsopas, un tipo de cetáceo entre ballena y delfín, nutrias y leones marinos es espectacular y una de las guindas del viaje. Un chico del grupo nos regala más de un kilo de lomo de halibut pescado por él y que freiremos como cena.

águila de cabeza blanca posando para el HOLA en Resurrection Bay

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haciendo kayak en Resurrection Bay

fotografía tomada desde el puesto de cañones para prevenir ataques rusos desde Siberia en la Segunda Guerra Mundial

Esa noche dormiremos cerca de Homer y aprenderé que no es recomendable acampar cerca de un camino aunque este parezca abandonado. No es agradable despertarse con el ruido de varios quads haciendo el loco de madrugada. Homer se encuentra a la entrada de la bahía de Kachemak sobre un brazo de mar desde el que parten los barcos en busca del cangrejo real en aguas de Bering (famosos gracias al programa de “Pesca Radical” del Discovery Channel). Nosotros cogeremos un barco-taxi para cruzar la bahía y adentrarnos en el parque estatal de Kachemak hacia el glaciar Grewingk. El camino atraviesa un río por una tirolina y vemos restos muy recientes de osos. Cuando salen de la hibernación, los primeros días comen hierba hasta que se dan cuenta que la carne o los salmones están más ricos.

con el majestuoso glaciar Grewingk, lugar en el que dormimos esa noche

Acampamos en la morrena del mismo glaciar con el constante ruido del hielo cediendo y de avalanchas de rocas cayendo. El poder estar solos en un sitio tan impresionante, sin hordas de turistas disparando sus flashes es increíble. Tras retroceder hasta el punto donde el día anterior nos soltó el barco, emprendemos el rumbo hacia el norte hacia Fairbanks, la mayor ciudad al norte de Alaska. Un matrimonio al que contacté previamente por “couch surfing” nos acoge en su casa un par de noches y nos tratan muy bien. Cenamos salmón pescado por ellos, ya que en Alaska cada familia tiene el derecho a pescar cuarenta salmones por año. Según nos cuentan, disponen de un contador de salmones por ultrasonidos en el río y así vía Internet pueden prever cuándo se produce el paso de salmones por donde quieren pescarlos. Compramos más provisiones y nos informamos del estado de la Dalton Highway, carretera famosa también por el programa del Discovery Channel donde los camioneros transitan sobre el hielo para abastecer los pozos petrolíferos de Prudhoe Bay. Al día siguiente comenzaremos los más de 650km hasta Deadhorse, en este caso, en lugar de sobre hielo, sobre gravilla con miles de baches. El camino recorre paralelo al oleoducto paisajes de bosques de permafrost, con abetos que apenas superan los diez metros de altura, cambiando hasta la tundra ártica, donde solo pequeños hierbajos sobreviven al clima extremo.

Bosque de permafrost (suelo permanentemente congelado), todo parecía en miniatura

La conducción es bastante interesante, con el aliciente de camiones salpicando con piedras y bloques de hielo sobre nuestro coche de alquiler. Los camioneros nos miran como los africanos que nunca han visto a una persona blanca. Cruzamos el mítico río Yukon, famoso por la fiebre del oro a finales del siglo XIX, que discurre con gran cantidad de icebergs golpeando los tajamares del puente. Unas horas después aprovechamos a sacar unas cuantas fotos en el límite del círculo polar Ártico. Paramos en Coldfoot a comer la dieta de los camioneros basada en hamburguesas de cuarto de kilo con una buena dosis de patatas fritas. Esta es la única parada y punto de repostaje obligatorio antes de emprender los 400km hasta Deadhorse sin puntos de auxilio, y con un puerto de montaña con alto peligro de avalanchas. Hace kilómetros que Casilda no dice nada y está muy seria. Intento bromear, aunque seguramente ella esté en lo cierto y el compromiso sea demasiado alto para hacer esta ruta con un coche convencional. Tras 13 horas de conducción llegamos a lo que parece una base soviética, Deadhorse, jalonada de pozos de extracción de petróleo. A pocos kilómetros se encuentra el océano Ártico, pero debido al alto nivel de seguridad en la zona nos impiden el paso. La media hora de noche, que no de oscuridad, ya que el sol parece tontear con el horizonte, la dormimos en el coche a unos -7ºC.

bien empezada ya la mítica Dalton Highway hacia el oceáno Ártico (las distancias están en millas…)

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irónicamente limitan la velocidad a 50millas/h, cuando difícilmente se superan los 40km/h de media…

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cruzando el Círculo Polar

Afortunadamente tenemos buenos sacos y sigo conservando el buen sentido del humor. Al día siguiente emprendemos el regreso viendo gansos, un zorro ártico, caribús en medio de la ventisca e intentamos pescar algo en el río Jim sin éxito.

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sol de media noche con un frío de bigote en Prudhoe Bay, punto más al norte conducible de América

Esa noche acamparemos en el límite del círculo polar y haremos una fogata con madera de abedul, de los pocos árboles que junto al abeto sobreviven en estos lares.

Nuestra siguiente parada será el Parque Nacional del Denali, pico más alto de Norteamérica con 6.194m. Haremos una caminata de unos 25km y subiré un pico cercano al cerro Cathedral. Las vistas del Denali y del parque son espectaculares. Vemos varios gamos y huellas de oso muy recientes. Desde el parque del Denali retrocederemos hasta Fairbanks para recorrer la Highway 4 hasta Valdez y así continuar el recorrido del petróleo hasta su salida en el mar. Es probablemente la carretera más bella que he conducido con varios picos de más de 5000 metros elevándose sobre la llanura y multitud de ríos salvajes, cabañas perdidas y muchos animales cruzando la carretera, entre ellos un osezno grizzly, famélico después del largo invierno. ¡Finalmente sé donde esa foto de clase fue tomada! Tras unas buenas cervezas en el único bar de Valdez se puede entender la dureza de la gente de Alaska. Las mujeres solo son atractivas allí si son capaces de matar y despellejar un gamo con sus propias manos. Al día siguiente conduciremos hasta Anchorage para despedir a Casilda. Yo me quedaré un día más en los alrededores, concretamente en el parque estatal de Eklutna. Allí haré una buena caminata recordando los buenos meses que he pasado en California, Panamá y Alaska, con tantas experiencias nuevas y acordándome de la maravillosa gente que he tenido la oportunidad de conocer. Tan solo cinco vuelos y tres días en aeropuertos me separan de Logroño donde nuevas aventuras seguro que esperan.

Logroño, a 29 de mayo de 2014

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