Costa Rica, pura vida

Costa Rica se puso en mi punto de mira al preparar un trabajo sobre la situación económica del país para una clase en la Escuela de Organización Industrial. Como la economía puede ser un poco amarga, uno de los compañeros con los que realizaba el trabajo, Mauricio, “tico” de origen- como se denominan los habitantes de Costa Rica-, propuso preparar unas cajetas de coco para endulzar un poco la atención del resto de compañeros a los que expusimos el trabajo. El caso es que un año después de elaborar esas deliciosas cajetas de coco, Costa Rica sería el escenario de un cambio personal importante.

Hace cuatro días, me desperté a las seis de la mañana y mirando las costras de la pintura del techo de mi habitación en el barrio de Estrecho de Madrid decidí dejar un trabajo seguro en una empresa de ingeniería en la capital, por amueblar un poco mi cabeza. Esa misma mañana de viernes, sin decírselo a nadie, me despedí de mi jefe y compañeros de trabajo y compré un billete a San José para el martes, sin conocer mucho más de Costa Rica que esos dulces de coco.

Tras apenas aposentarme en el albergue de San José (otrora llamado Villanueva de la Boca del Monte del Valle de Abrá, ¡no es coña!), quedo con Mauricio y me lleva a cenar a lo alto de un volcán desde el cual se divisa toda la capital de noche. Mientras damos cuenta de unas cuantas cervezas Imperiales, Mauricio me hace un breve resumen de aquellos lugares que al menos debo visitar. Al contemplar las lomas del bonito Volcán Poas me explica que fue el epicentro de un terremoto que hace unos años mató a decenas de personas. Ahora la luces de las farolas tintinean sobre sus faldas como si fueran lentejuelas. La mañana siguiente compro un billete a Puerto Jiménez, en el sur del país. Es un precioso recorrido de ocho horas que aglutina los principales paisajes de Costa Rica. Durante este largo viaje en bus, me da tiempo a conocer a bastantes personas y de leer un poco sobre la historia del país.

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Bahía del golfo Dulce en Puerto Jiménez

A diferencia de otros países centroamericanos, las civilizaciones precolombinas apenas dejaron rastro material. Parece ser que Costa Rica fue descubierta en el cuarto y último viaje de Colón, al tener que reparar su navío después de un huracán. Su nombre (Costa Rica) deriva de que vio más oro en dos días que en cuatro años en la Española. Al igual que su vecina Nicaragua, en 1821 se declara la independencia de España. En el siglo XIX se produce el boom del café con una gran cantidad de pequeños productores y unas pocas familias dominando la comercialización, algo diferente a otros países, donde son unas pocas familias las que también dominan la producción. El siguiente boom que marcó el curso de Centro-America fue el del plátano. Se proyectó un ferrocarril que uniera las plantaciones de café con Puerto Limón, para así poder exportar mejor la producción de café. El proyecto fue un auténtico desastre de vidas humanas por las enfermedades tropicales. Se reforzó a los obreros ticos con presos estadounidenses e inmigrantes chinos y finalmente jamaicanos. Para alimentar a los obreros se plantaron plátanos a lo largo de la vía de ferrocarril. En 1890 se completó el proyecto con una concesión al magnate norteamericano Keith para que lo operara 99 años. Como el negocio era deficitario, Keith envió a Nueva Orleans alguno de esos plátanos que habían introducido aprovechando el ferrocarril. Esto fue un éxito. En apenas una década el sector del plátano superó al del café y juntándose a un importador norteamericano, Keith fundó la United Fruit Company. Esta compañía era llamada coloquialmente el pulpo, porque sus tentáculos tocaban todos los sectores de la economía y de la política de Centro-América. En parte, gracias a la United Fruit Company hoy hay unas cuantas repúblicas bananeras en la zona.

mejor mirar donde bañarse en esta zona del país, Puerto Jiménez

Mejor mirar donde bañarse en esta zona del país, Puerto Jiménez

Puerto Jiménez se encuentra en la península de Osa, frontera con Panamá. Es además, el campo base para cualquier incursión en el Parque Nacional de Corcovado. Alquilo un kayak para recorrer las aguas del Golfo Dulce. Un par de días antes, la policía de Costa Rica con ayuda de la DEA de EEUU habían alcanzado una barca en esas mismas aguas con 1800kg de cocaína. Hablando con los locales me comentan que existe una red de abastecimiento de gasolina en todo Centro-América para lanchas, e incluso submarinos cargados de ese oro blanco rumbo norte. Desde el kayak, afortunadamente no distingo ningún fardo, pero sin embargo descubro cómo un par de delfines grises me siguen mientras remo. Al día siguiente entro en Corcovado, donde estaré los próximos tres días. Según National Geographic es el punto más biodiverso del planeta fuera del agua y me apetece muchísimo ver algunos de sus animales. Decido entrar sin guía, pese a que me metan miedo con los nombres de algunas de sus serpientes, como la matabuey y de sus felinos: pumas y jaguares. Acampo cerca de la entrada del parque para aprovechar la primera hora del día y así ver más vida salvaje y además hacer coincidir el horario de la bajamar, ya que un tramo del recorrido va por la base de unos acantilados y solo se puede ir con el mar bajo. Corcovado es un lugar único, en el que no camino 100 metros sin ver especies nuevas. En apenas unas horas ya he visto pisotes, osos hormigueros, tapires, cocodrilos, guacamayos escarlatas, monos de varias especies y una variedad infinita de plantas. En la desembocadura del río Sirena veo a un tiburón toro que se adentra en el agua dulce a buscar comida. El Centro de Sirena, lugar donde acamparé, es también campamento de biólogos de numerosas universidades y el ambiente es muy relajado hasta el atardecer, cuando los mosquitos y otros muchos insectos acompaña la melodía de los monos aulladores. Cuando salgo del Parque estoy contento de seguir entero y de que la mosquitera de mi tienda haya hecho su función y ahora no parezca un colador de picaduras.

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Amanecer mágico en Corcovado, Puerto Jiménez

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Bosque primario magnífico en Corcovado, lugar que no hay que dejar de visitar en este país

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Guacamayo escarlata, Corcovado

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Campamento de Sirena con mi tienda, lugar donde científicos de muchas universidades estudian la vida salvaje

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Atardecer en el Pacífico, Corcovado

Al día siguiente me dirijo a San Gerardo de Rivas para subir el cerro Chirripó de 3820m y techo de Costa Rica, dentro del Parque Nacional del Chirripó. Un poco cansado ya de pagar tanto por las entradas a parques nacionales (entre 10 y 20 dólares por parque y día) decido que saldré de noche para evitar a los guardas. A cambio me tocará la paliza de 40km y 2600m positivos, que habitualmente se hace en un par de días. La cena no me sienta bien y la vomito entera. Me acuesto con el convencimiento de que ni lo voy a intentar, pero a las 2am suena el despertador y como un resorte me visto y salgo rumbo a la cumbre. Voy parando a comer y a hidratarme y hago los primeros 2000m de desnivel en algo menos de 4 horas. A pesar de la lluvia intensa, el paisaje del altiplano me maravilla, así como las lagunas glaciares y las roquedas. En la cumbre no hará más de 2ºC (mientras que en el valle sobrepasan los 30ºC). Dicen que en días claros se distinguen el Pacífico y el Caribe, pero apenas veo a unos metros. Así que tras una foto de cumbre bajo al valle y para medio día estoy dándome un buen homenaje de comida tica en el hostal.

techo de Costa Rica después de 40km y 2600m positivos en un día de pocos amigos

Techo de Costa Rica después de 40km y 2600m positivos en un día de pocos amigos

Al día siguiente salgo rumbo hacia las playas del Pacífico. Hago parada en Quepos (epicentro de un terremoto de 6.0 días después) para ver el parque de Manuel Antonio. Este parque nacional tiene demasiada fama entre turistas ricos y poco amantes de caminar y sus alrededores están jalonados de resorts de lujo. En este parque tengo la oportunidad de contemplar tres tipos de mono, entre ellos, el mono ardilla o tití, en peligro de extinción, así como mono de cabeza blanca y mono araña. Sin embargo, siento como si este parque fuese el jardín del parque Corcovado de unos días atrás. Al día siguiente, sin más dilación decido pasar a la península de Nicoya tomando el ferri de Puntarenas a Paquera y de allí un bus más hasta Montezuma. Montezuma, llamada “Montefuma” por los “vapores” que envuelven este pequeño pueblo orientado hacia el este, gozando de alguno de los escasos amaneceres de la costa Pacífica. Me hospedo en unas sucias y ruidosas cabañas en la playa en la que numerosos trotamundos han hecho un alto en su camino en este lugar. Esa misma tarde voy a las cascadas con un salto de más de 15 metros. Por la noche unos argentinos me deleitan con un concierto en la playa. Mientras, uno de los borrachos del pueblo cae rendido en la arena de la playa y sus convecinos se burlan de él cuando las olas le alcanzan. Al día siguiente visito la Reserva Absoluta de Cabo Blanco, un bosque tropical seco, que se ha preservado durante décadas ya que ninguna persona podía entrar. En la actualidad, solo unos pocos coleccionistas de lugares lo visitan. Cuando llego a la desierta playa de dicha reserva, una pestilente marea roja, debida a la muerte en masa de plancton y algas, me recibe y evito bañarme. Estoy molesto ya que me fastidia no poder bañarme en una de las playas más hermosas del país. Durante esa tarde me tumbo en una hamaca y planeo como salir de este pozo de tranquilidad para estirar un poco las piernas.

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Menuda cara de mala leche tenía, me pide la cartera y se la doy sin rechistar…, Parque Nacional de Manuel Antonio

Decido ir a Monteverde en el centro del país. Haciendo caso a un par de mujeres locales, me dicen que no coja el bus principal ya que es más caro y solo para gringos. Sin embargo, el supuesto bus de los ticos no llega y descubro lo que significa la “hora tica”, equivalente al “ahorita mismo” mexicano. Suertes del destino, conozco a unos chicos que van precisamente hacia Monteverde a montar toros de rodeo y me invitan a ir con ellos. Visito la Reserva del Bosque Nuboso y durante la caminata veo uno de los grandes alicientes: el queztal resplandeciente, que se posa en una rama a unos metros encima de mi cabeza. Con una sonrisa en la cara regreso al hotel y emprendo el camino hacia La Fortuna, atravesando el lago Arenal.

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Queztal resplandeciente, Bosque Nuboso, Monteverde

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Puente tibetano en Monteverde

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Menudo flashazo le metí a este colibrí, Monteverde

Hago el viaje con un panameño de nombre complicado que trabaja de cocinero en un restaurante japonés. Me invita a una cerveza y a una ración de sushi en su restaurante. La Fortuna es una amalgama de chiringuitos y empresas de turismo activo, en las cuales sus agentes intentan venderte tours de rappel por más de 100 dólares. Esto crea en mi una sensación de querer salir de este lugar lo antes posible y de nuevo suertes del destino, unos argentinos del hostal también quieren salir de allí al día siguiente para ir a Tortuguero. A este lugar se llega por el curso de un río, que en esta época del año está casi seco y en el cual encallamos un par de veces ante la atenta mirada de los cocodrilos que toman el sol en la orilla. En el hostal, el recibimiento no puede ser mejor, y un grupo de mexicanos nos ofrecen comida recién hecha. Minutos después nos preguntan si conocemos la verdad de Dios y descubro que son testigos de Jehová en misión evangelizadora. Después de vivir un año en Utah rodeado de mormones intentando convencerme de su verdad, ya sé cómo actuar en estas situaciones y me doy un homenaje de tacos recién preparados y jugo de papaya mientras mis colegas argentinos discuten con ellos, ingenuos de poder convencerles. Tortuguero es un culo de saco en el que por desgracia las drogas y las sectas se han apoderado de la población. La dueña del hostal me cuenta cómo la vecina de enfrente mató a su hijo. Ella también es testigo de Jehová y como no creen en la justicia terrenal no denuncia la desaparición de su hijo a la policía. Tras una tarde de pesca en la playa, en la que no capturo nada para la cena, veo el nido de una gran tortuga baula de unos 2.5m y más de 800kg. La playa está llena de huevos de tortuga rotos de la temporada anterior. Al día siguiente me despido de los argentinos y pongo rumbo a Cahuita, en busca de playas caribeñas de postal (ya que en la de Tortuguero las aguas están turbias). Cahuita es un pueblo rastafari donde se respira tranquilidad desde el primer segundo. Por la mañana visito el parque nacional del mismo nombre, donde queda algún resto de antiguas exploraciones petrolíferas. Contemplando la belleza de un Caribe en calma, siento que son mis últimos días en este país, que tanto me ha gustado y que como buen amigo ha sabido escucharme. ¡Pura vida!

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Volcán Arenal desde el lago de mismo nombre, La Fortuna

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Nueva especie de mono en Cahuita

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Ambiente rastafari en Cahuita

 

2 comentarios en “Costa Rica, pura vida

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