Boyacá y Santander, la Colombia profunda

Tras nuestro periplo anterior por Antioquia en transportes públicos tenemos claro que no podremos seguir viajando de esa forma. No nos podemos poner a recordar a medio autobús que se ponga la mascarilla, ni podemos controlar el distanciamiento social en el mismo, mientras no nos quitamos de la cabeza que las UCI están al 99.5%-100%, que hay escasez de oxígeno medicinal y el plazo para conseguir una cama (no de UCI porque no hay) en un hospital es de 7 días. Por ello, a pesar de que es más caro y de que la experiencia social es mucho más pobre, decidimos alquilar un coche para recorrer las regiones de Boyacá y Santander, ubicadas a unas 4 horas al norte de Bogotá.  Por otra parte, un vehículo de alquiler te permite llegar en menos tiempo a lugares que, de otro modo, nos hubiesen costado alcanzar mucho esfuerzo.

Así pues, tomamos la carretera Panamericana parando inicialmente en Guatavita, donde el pueblo Muisca celebraba el culto al Dorado, por el que lanzaban estatuillas de oro desde una barca en la laguna de Guatavita para ungir a los gobernantes muiscas. Los conquistadores españoles y numerosas expediciones posteriores buscaron y buscaron el oro de los muiscas, creándose el mito del Dorado, un dorado que más tenía que ver con la riqueza cultural de este pueblo, que la conquista se llevó por delante.

Guatavita, homenaje a su pasado Muisca
Guatavita podría pasar por un pueblo andaluz, con su plaza de toros al frente

Continuamos rumbo norte, pasando por Puente de Boyacá, el lugar donde se produjo la batalla homónima, que dio la independencia a Colombia de los españoles en 1819. Desde aquí nos salimos de la Panamericana para, a través de carreteras terciarias, ir llegando a la laguna de Tota, el mayor lago natural del país. Particularmente, elegimos una pista de tierra entre los pueblos de Toca y Pesca porque atraviesa un páramo a 4.000m que promete ser muy bello. El camino va atravesando secciones de roca viva y a partir de un momento nos damos cuenta de que la única opción posible es seguir hacia adelante. En un charco especialmente profundo dejamos parte del guardabarros del coche, mientras recordamos aquel momento en Botsuana donde perdimos la matrícula atravesando un río de buen tamaño. En esta ocasión con el tenedor metálico que llevamos, improvisamos un apaño para el guardabarros, que nos permitirá posteriormente devolver el vehículo sin contratiempos en la oficina de alquiler. Conforme vamos ganando altura el Dacia Logan que llevamos apenas puede respirar. Lo que nos llama la atención es que buena parte del páramo ha sido quemada y arada para la agricultura y la ganadería. Variedades insólitas de guisantes, habas, maíz y patatas crecen sin problemas a más de 3.000 metros. ¿Será cosa de Monsanto o de las variedades tradicionales andinas?  Habiendo conseguido atravesar este puerto continuamos hasta Iza, “el pueblo de los postres”. Si una cosa tienen los pueblos de Boyacá es que cada uno se especializa en algo.  Iza es definitivamente para los golosos, porque un montón de tiendas en su plaza se dedican a las tartas, lo que permite endulzar un poco el camino hasta la, ahora sí cercana, laguna de Tota. Esta laguna nos recuerda en buena medida al lago Titicaca entre Perú y Bolivia. Está a más de 3.000m, los juncos crecen en sus orillas y la población cultiva en los alrededores del lago cebollas y patatas, las cuales serán distribuidos por todo el país. Miles de hectáreas de cultivo dan el sustento económico a la población del lago, pero también suponen una amenaza para la vida de la laguna. Los abonos químicos que usan están nitrificando su agua con unas consecuencias devastadoras para sus peces y algas.

Playa Blanca, laguna de Tota, Boyacá
Campesino en la cosecha de patatas, laguna de Tota
Hectáreas y hectáreas de cebollas y patatas en las faldas de la laguna de Tota, Boyacá

Esa noche llegaremos a dormir al pueblito de Monguí, atravesando varios peajes en carreteras no secundarias sino terciarias. La privatización de carreteras en las que se sacan medias de 30km/h es algo inverosímil de este país y una penitencia para la población, que encima de ir lentos como caracoles tienen que pagar como si condujeran en Europa. Hemos escuchado varias veces que Colombia pasó de la mula al avión sin escalas (el servicio aéreo es excelente) y sufriendo muchas de sus carreteras secundarias no podemos estar más de acuerdo. Sin embargo, Colombia ofrece -por ahora- una oportunidad excelente para los moteros, puesto que no están obligados a pagar en sus peajes. Si Iza era el pueblo de los dulces, Monguí es el pueblo de los balones y es que aquí se producen los balones de fútbol para toda Colombia: varias docenas de fábricas dan trabajo a buena parte del pueblo. Además de producir balones, Monguí es un precioso pueblo de piedra cuyo páramo, el páramo de Ocetá, es considerado entre los más bellos del país. Elegimos una ruta por el páramo desde la laguna Negra hasta la Ciudad de Piedra porque atraviesa las poblaciones de frailejones más insólitas del páramo. Una vez más damos las gracias a la aplicación Maps.Me por permitirnos descubrir un camino libre, donde de otro modo todo sería en tour guiado. El paisaje del páramo de Ocetá, en uno de los 10-15 días al año sin lluvia que tienen estos páramos, nos fascina y nos recuerda lo frágiles que son estos ecosistemas y  el peligro en que se encuentran en este país, donde en mi opinión particular se van a cargar sus territorios naturales con la agricultura y la ganadería en pocas décadas. Primero se quema, luego se ara, luego se valla y luego se dice que es de uno. Así están acabando decenas de miles de hectáreas de norte a sur en todo el país. Particularmente, los cultivos ilícitos de coca y marihuana, buscando terrenos que escapen del control gubernamental, están acabando con los bosques tropicales más remotos y salvajes del país. Si se supiese el impacto medioambiental y de vidas humanas que supone un gramo de cocaína en USA y Europa…

Iglesia de Monguí, un pueblo precioso de Boyacá
Monguí es conocido por sus balones, varias docenas de fábricas de balones dan trabajo en el pueblo
Nos fascinan los murales latinoamericanos, este en Monguí
La laguna Negra de Boyacá, un lugar remoto y bellísimo de Boyacá
Caminata hasta casi 4.000m en el páramo de Ocetá desde la laguna Negra, frailejones en su máximo esplendor
Distintas variedades de frailejones en el páramo de Ocetá
Frailejón en flor, páramo de Ocetá

Desde el páramo hacemos una escala en Nobsa, el pueblo de los textiles, especialmente las ruanas (mantas que usan los campesinos sobre el cuerpo) y las hamacas, para continuar hasta Villa de Leyva, el que para nosotros hasta la fecha es el pueblo más bonito de Colombia. Completamente empedrado, con casas de color blanco y faroles andaluces y una plaza de estilo castellano de dimensiones nunca vistas en Castilla, este pueblo representa mejor que ningún otro el estilo colonial en el interior de Colombia. A la caída de la tarde, la población se reúne en la plaza a charlar con una tranquilidad contagiosa. Los distintos conventos de religiosas con ventanas enrejadas nos transportan a la cartuja de Sevilla, mientras que el olor a arepas y empanadas nos recuerdan donde estamos. Cerca de Villa de Leyva también visitamos Ráquira, el pueblo de las cerámicas, donde este oficio está más vivo que nunca.

Plaza de Villa de Leyva, una joya colombiana
Villa de Leyva
La región de Boyacá es conocida por sus pueblos coloniales
Homenaje al ceramista en Ráquira, Boyacá

Desde Boyacá, decidimos embarcarnos rumbo más norte hacia el departamento de Santander para conocer la cascada de los Caballeros y las Gachas de Guadalupe, estas últimas unas formaciones increíbles en un cauce fluvial que discurre por un único bloque de arenisca. El río apenas cubre unos milímetros de profundidad y la rareza es que alberga unas pozas completamente circulares de hasta 4 metros de profundidad, conocidas en España como “marmitas del gigante”, formadas cuando una roca pequeña comienza a girar por la fuerza del agua horadando la roca matriz como con un compás de dibujo. En este lugar recalamos para refrescarnos saltando de poza en poza, poco antes de nuestro regreso a Bogotá.

Cascada de los Caballeros, departamento de Santander
Gachas de Guadalupe, departamento de Santander

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