Georgia en autostop

Cuando cruzamos la frontera terrestre entre Turquía y Georgia en Sarp, tras casi 20 horas concatenadas de transportes, nos sentimos un poco desorientados. Por un lado, el mar Negro, esa gigante masa de agua salada -solo renovada con el Mediterráneo a través del finísimo estrecho de Bósforo-, reposa tranquila, sin apenas mecerse, con un color oscuro y carente de brillo. Creo que nunca había visto un mar con tan poca vida. En el lado opuesto, las montañas se derriten como velas sobre la costa verde, tapizada únicamente por campos de té tupidos como setos y en gran desnivel. Entre el mar y las plantaciones de té, solamente una fila de camiones parados, asemejándose a un tren kilométrico en vía muerta, conecta estos dos países tan diferentes.

Nada más cruzar la frontera tomamos un bus urbano que cubre la distancia con Batumi, el principal puerto y ciudad de veraneo de Georgia. Será en esta ciudad donde rompamos la serie de más de 50 noches sin pagar por un alojamiento, reservando una cómoda habitación -equivalente a un hotel de 3 estrellas- por unos 15 euros. En Batumi nos quedaremos un par de días y será nuestro primer contacto con la interesante gastronomía georgiana. Los responsables de esta ciudad le han dado un impresionante lavado de cara en los últimos años, creando símbolos con monumentos -casi en cada esquina de su paseo marítimo-, así como introduciendo una arquitectura europea que rompa con su pasado soviético y gris. Las banderas de la Unión Europea ondean en algunos edificios públicos con el deseo que en algún momento las fronteras europeas se extiendan más allá de Grecia, ignorando que entremedias se encuentra Turquía, un país que difícilmente entrará algún día.

Recuperados de energías, nos dirigimos hacia la región de Svaneti, probablemente la zona más aislada de este pequeño país, tan aislada que desarrolló su propio idioma, cultura y arquitectura. Es en esta región donde se encuentran algunas de las montañas más impresionantes de Georgia, como el tecniquísimo Ushba (4.710 m) y varias otras cumbres que superan los 5.000 metros. Aprovechamos que la furgoneta en la que viajamos para en Mestia, la cabeza de comarca de Svaneti, para pasar la primera noche en casa de Esitsino -dueña de la estupenda casa rural Ratisson-, una simpatiquísima mujer georgiana que ha vivido muchos años en España. Con gran orgullo nos muestra la torre de casi 1.000 años de su familia Ratiani, en la que generación tras generación han usado sus muros para defenderse de las riñas entre vecinos, de la nieve y de posibles invasiones extranjeras. Estos pueblos de Svaneti cuentan con un gran número de estas torres, cada una propiedad de una familia que los dotan de un encanto especial.

 

A la mañana siguiente empezaremos la caminata de varios días que cubre la distancia entre Mestia y Ushguli, este último, un pueblo ubicado a unos 2.300 m de altura bajo la cara sur del espectacular Shkhara. Haciendo dos etapas de las propuestas por día, en un par de jornadas hemos completado los 60 km por monte y nos encontramos paseando por las calles empedradas de Ushguli, con la vista lejana de sus glaciares a los que al día siguiente nos acercaremos a ver. Mitad caminando y mitad en autostop, bajamos por carretera de vuelta a Mestia ahorrándonos el impuesto revolucionario que los taxistas han decidido cobrar a todo aquel que se atreva a subir al que supuestamente es el pueblo más alto de Europa. Si bien Mestia y Ushguli se están transformando bastante por el turismo de masas, que desde hace unos 5 años ha puesto en el punto de mira a Georgia, los pueblos por los que pasa la ruta de treking son de lo más auténticos y puros como Adishi, Zabeshi y Davberi entre otros, donde la gente todavía pasa el arado con bueyes, siegan a mano y preparan queso fresco con la leche que ordeñan cada día.

 

 

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Cumbre del Shkhara

Desde la región de Svaneti nos desplazamos en otro largo día de asfalto hasta Borjomi, según algunos blogs de viajes un poco exagerados -la suiza georgiana-, donde llegamos cuando el sol ya coquetea con el horizonte. Es tarde, estamos más cansados de la carretera que de caminar los días anteriores y buscamos un hueco en su fortaleza medieval para plantar nuestra tienda de campaña. ¡Dicho y hecho! A la mañana siguiente, cuando esperamos a un minibús que nos lleve a Vardzhia, vemos cómo varios conductores se alían para engañarnos con los precios, los cuales no concuerdan con lo que el resto de los pasajeros nacionales indican. Con esa calma que hemos aprendido en África en estas situaciones tan frecuentes, sacamos las mochilas del maletero y nos movemos a pocos metros para hacer autostop. En apenas un par de minutos ya estamos en ruta, llevados por una pareja muy simpática, mientras comentamos los estragos que un turismo muy reciente y a la vez intenso está causando en sus principales destinos turísticos. El turismo, si es masivo, es equivalente a la contaminación del agua sobre el coral, lo blanquea y le roba su autenticidad. Afortunadamente, en Georgia quedan muchos lugares todavía muy puros.

Vardzhia es una ciudad impresionante, tallada, no construida, sobre un acantilado vertiginoso de ceniza volcánica compactada. Se levantó en una época similar a las ciudades subterráneas de Turquía, aunque su aspecto no tiene nada que ver. Todavía hoy, un grupo de monjes viven en sus cuevas horadadas como palomares en esta roca tan blanda.
En lugar de retroceder sobre nuestros pasos para llegar hasta la capital del país, Tiflis, elegimos una de esas carreteras blancas en el mapa para perdernos un poco. En autostop nos lleva un simpático hombre en su Mercedes todoterreno, una de las poquísimas veces que nos lleva alguien en un vehículo de alta gama. También ocurrió en Turquía cuando el empresario de una importante compañía de helados nos llevó en su BMW. En ambos casos, los dos empezaron desde abajo y no lo han olvidado, y en ambos casos el trayecto estuvo endulzado por helados que dichos conductores pararon a conseguirnos. Sin embargo, en la mayoría de las veces existe una relación directa entre tartana andante y facilidad de que te lleven en autostop. Finalmente, acabamos llegando al lago Paravini, un lugar frío y ventoso en el que los pueblos de pastores se encaraman a la “chacha”, un orujo que conservan en botellas de plástico y que beben como si fuese agua. Bajo unas nubes negras amenazantes recorremos el pueblo de Paravini custodiados por tres niños que nos van indicando por dónde no ir, en función de la agresividad de los perros que cuidan el ganado.

 

El siguiente tramo en autostop lo hacemos en una furgoneta destartalada donde van dos chicos. Solo hay un asiento libre e improvisamos otro con una caja de fruta en la parte de atrás, donde Bea se anima a sentarse. Al cabo de un rato comienza una fuerte tormenta y los chicos nos indican que se tienen que desviar un rato de la ruta que inicialmente habíamos entendido que iban a llevar. Está diluviando y aceptamos seguir en la furgoneta. Pronto descubrimos que el motivo de su desvío es que van a cargar una vaca en la zona de atrás, motivo por el cual, Bea compartirá el trayecto con el animal. Un viaje de este modo es improvisación, decimos mientras nos reímos un rato. Pocos kilómetros después, nuestras risas se tornan en seriedad, cuando un vehículo de policía nos da el alto y nos pone una multa, no porque lleven una vaca sin atar, ni porque las puertas de la furgoneta se cierren con los dientes metálicos de un rastrillo, sino porque Bea no lleva el cinturón. – ¿Cómo lo va a llevar si va sentada en una caja de fruta? Poco importa que le digamos que los otros tres pasajeros tampoco lo llevamos, ni que en su país nadie cumple ni una sola norma de tráfico (nunca hemos visto tanto adelantamiento en línea continua y curvas, fumando y hablando por teléfono como en Georgia). Tras abonar la sanción, que nos sienta como si nos hubiese caído la tormenta encima, llegamos a Tsalka. Solo nos quedan unos 2.5 euros en metálico en el bolsillo y toca improvisar un lugar para dormir que no esté inundado por la tormenta. Buscamos el polideportivo del pueblo, donde de nuevo comprobamos cómo lo mejor de un viaje son las buenas experiencias personales. No solo nos dejan dormir en las colchonetas del tatami, sino que también compartimos con ellos una cena estupenda regada con chacha, ese “alcohol para las heridas” con sabor a orujo. Al cabo de un par de chachas la multa ya se nos ha olvidado y en el momento de la exaltación de la amistad nos firman un balón oficial de la selección de fútbol georgiana. Poco nos importa qué haremos al día siguiente con el balón en nuestras, ya de por sí, pesadas mochilas. Cerca de Tsalka sudaremos la chacha en el interesante barranco de Dashbash.

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Autostop caro con una vaca, fuimos multados…

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Olvidando la multa en Tsalka

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Barranco de Dashbash cercano a Tsalka

La llegada a la capital, Tiflis, que simplemente atravesaremos, dado que volveremos a ella algún día más tarde, la hacemos en dos trayectos: el primero en un camión de obras, que nos para sin necesidad de levantar el pulgar cuando nos acercamos a la carretera y el segundo, un taxista con su Mercedes, que nos indica que nos llevará gratis. Es en estos casos cuando piensas lo maravilloso que es hacer autostop y a la vez te preguntas si es que a estas alturas del viaje ya damos tanta pena como para generar estos comportamientos. Sea como fuere, llegamos de forma muy sencilla al monasterio de Jvari, del siglo VII. Este monasterio nos pilla de camino a Kazbegi, otra de las zonas más atractivas para hacer montaña en Georgia. Es así, haciendo dedo, como conocemos a Leo, un simpático chico que además hace paradas a fin de que saquemos fotografías en los lugares donde suelen parar los tours. Casualidades del destino, será él también quien nos lleve después de vuelta a la capital en su coche. – ¡Autostop de ida y vuelta!

La belleza de Kazbegi reside en la verticalidad de sus montañas, que se proyectan sobre el valle hasta 3 kilómetros, como el magnífico Kazbek de 5.033 m. En este país echamos de menos no disponer de más material de monte como botas rígidas, crampones, etc. Solo disponemos de unas zapatillas de treking y una chaqueta Primaloft, motivado porque decidimos llevar una mochila de máximo 12-14 kilos, incluyendo todo lo necesario para un año de viaje (considerando equipo de acampada y cocina), así como un litro y medio de agua por persona y la comida que compramos y cargamos a diario en nuestras espaldas. Por ello, a pesar de nuestras ganas, renunciamos a subir estas montañas con un equipo tan básico.

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Vistas desde Kazbegi

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Iglesia de Gergeti en Kazbegi

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Vistas del Kazbek (5.033 m)

Tras un par de días en Tiflis, la cual nos parece una ciudad bastante agradable, decimos hasta luego a Georgia. Los siguientes países que queremos conocer, Armenia, la República de Artsakh (país conocido y reconocido por muy poca gente) y Azerbayán, están enfrentados y tendremos que usar Georgia como país neutral para cruzar las respectivas fronteras. Podemos decir que Georgia nos ha sorprendido muy gratamente, sobre todo por sus montañas y por la amabilidad de sus gentes, que bajo una fachada inicial que puede parecer ruda y bruta, esconden un corazón enorme.

 

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