Sudán, el mejor país para viajeros

Sudán, cinco letras que desde lejos evocan guerra, campos de refugiados, terrorismo y extremismo religioso, todo aquello que la lógica en un viaje invitaría a evitar…

Cuando planeamos nuestro periplo africano tuvimos claro que trataríamos en lo posible de esquivar aquellos lugares “calientes” de la zona oriental del continente. Por ejemplo, no nos adentramos en el extremo norte de Mozambique, por los habituales ataques y matanzas a las furgonetas de transporte de pasajeros que solemos usar. Así mismo, dejamos de lado la zona keniata fronteriza con Somalia, de nuevo por significar un terreno demasiado arriesgado para dos viajeros con mochila. Por otra parte, a pesar del magnetismo que nos generan las selvas del Congo, algo equivalente a las cumbres para los alpinistas, también las dejamos pasar por la mayor inestabilidad (si cabe) en un país que trataba de derrocar a su dictador Kabila. La gran incógnita inicial era si conseguíamos recorrer desde Sudáfrica hasta Etiopía, ¿qué pasaría después? Mirando al mapa de África, al oeste de Etiopía queda Sudán del Sur, el país más joven del planeta y probablemente el único que no ha disfrutado de un año de existencia sin conflictos armados. Al este, Eritrea, un país muy complejo para viajar por las dificultades de su visado y de los permisos necesarios para desplazarse. Al norte y sin escapatoria posible para nosotros, Sudán.

Lo poco que habíamos escuchado a viajeros de larga distancia es que los países más hospitalarios que han conocido son Irán y Sudán, algo de por sí extravagante, ya que ambos gozan de pertenecer al selecto club de los países del “Eje del Mal” para Occidente, junto con Corea del Norte y, actualmente, Venezuela. Es también muy curioso que la mayor parte de los venezolanos que hayamos conocido sean gente extremadamente amable. Solo faltaría saber si los norcoreanos son gente muy hospitalaria para establecer una correlación perfecta entre gobierno maligno y población maravillosa.

Rubén Arnal, el que será el español más joven en visitar todos los países del mundo (ya lleva 182…), nos dio algunos consejos de cómo y dónde conseguir el visado de Sudán. – Rubén, ahora te debemos un fin de semana por La Rioja cuando todos volvamos al terruño. Así, nos presentamos en la polvorienta y desastrosa Embajada de Sudán en Addis Adeba. Una vez entregados los papeles necesarios y abonados los 67 dólares por barba a un cónsul que se los guardó directamente en su bolsillo del pantalón, recibimos nuestros pasaportes estampados con la tan ansiada visa.

La primera parada en Sudán la hacemos en su capital, Jartún. Descrita por el viajero Paco Nadal como un circo a punto de ser desmantelado, a nosotros, después de la tralla rural africana que llevamos a estas alturas, la bautizamos como el París africano. Allí, Daniel, un vallecano con más mundo que un periodista de guerra y la encarnación del “mejor amigo” -recién conocido- nos abre las puertas de su casa. Esta es la segunda vez que tenemos la sensación de hogar y de poder echarnos en un sofá en tantos meses, la primera en casa de la vitoriana Ainhoa en la ya tan lejana Dar Es Salam.

Jartún es una capital con bastantes atractivos y comenzamos conociendo la unión de los dos Nilos en la isla de Tuti. Conocer este punto tan increíble, geográficamente hablando, donde se conforma el río más largo del planeta, resulta muy chocante y es un aperitivo de cómo Sudán tiene preparados sus atractivos para los visitantes. Saltando entre renques de tomates, berenjenas y campos de alfalfa nos aproximamos al extremo de la isla donde confluyen sin ninguna indicación. Cuando la isla se acaba, un palo seco en el borde del agua, con un martín pescador encaramado a la espera de cazar su comida, delimita claramente por su color los dos Nilos. A diferencia de lo que ocurriría en el resto del mundo, el martín pescador no nos pide ningún ticket y disfrutamos de la magia de este lugar. No podemos evitar recordar el nacimiento del Nilo en el lago Victoria de Uganda y el nacimiento del Nilo Azul en el reciente lago Tana de Etiopía; desde aquí, finalmente navegan juntos.

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Martín pescador custodiando los dos Nilos

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Unión del Nilo Azul y Nilo Blanco en la isla de Tuti

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Con Mohammed en la isla de Tuti. Nos invitó a comer y al té al vernos pasar

Como decía, la isla de Tuti es un aperitivo de este país y a pocos metros de ver la unión de los ríos, Mohammed, el simpático hortelano que cultiva esos campos en los que en cualquier otro lugar del mundo hubieran levantado el “Hilton Nile”, nos invita a sentarnos y a compartir su comida y té con él. La primera reacción que tenemos después de las continuas desilusiones personales en Etiopía es la de sospechar que sea un timo y que luego nos pida un ojo de la cara. Sin embargo, Sudán es diferente y lo es por su gente, que hace alarde y compite por ser la más hospitalaria. Conocedores de su horrible imagen exterior, les encanta saber que haya gente que se salte las advertencias y se atreva a conocer su tierra. Por esta razón, después de ese recelo inicial y saltándonos más advertencias, no dudamos demasiado en disfrutar de su ensalada comiendo al estilo sudanés -todos del mismo plato y usando la mano derecha como tenedor-. De postre nos deleita con un té con agua recién cogida del Nilo, un parque nacional bacteriano en sí mismo. Frente a toda lógica, no sufrimos ningún problema intestinal posterior. Esa noche acompañamos a Daniel a una fiesta de cumpleaños con personal de Naciones Unidas y de embajadas extranjeras en la que nos llama muchísimo la atención lo interesante de sus trabajos y, por otra parte, la gran cantidad de alcohol que los expatriados son capaces de introducir en un país que hace alarde de una rígida “ley seca”, donde el consumo de alcohol está penado con latigazos…

Al día siguiente, en compañía también de Daniel y Sufián, amigo suyo sudanés, conocemos el baile sufí en el cementerio de Omdurmán. Los sufíes son una rama del islam mística que alcanzan la unión con Alá a través de la música y el baile y, de hecho, son frecuentemente marginados por el islam tradicional. Cada viernes al atardecer, el cementerio se llena de una multitud de gente con atuendos de lo más variopintos, que para un profano puede resultar como una especie de carnaval. Al ritmo de los timbales y a través de bailes repetitivos los sufíes entran en una especie de trance sin necesidad de sustancias extrañas. Cualquier visitante es bien recibido y personalmente nos agradecen nuestra presencia. ¿No deberíamos ser nosotros los que deberíamos agradecerles que nos dejasen participar de su ceremonia? Cuando esto acaba, un grupo de jóvenes nos rodea y se interesan por nuestro viaje y por España. Como sabríamos después, los sudaneses quieren más a España que los propios españoles. Tras la ceremonia sufí vamos a cenar a un restaurante nubio a orillas del Nilo, donde coincidimos con Ana, amiga de Dani y una de las poquísimas españolas en este país. Casualidades de la vida, su familia es de La Solana (Ciudad Real), el pueblo con los mejores quesos de oveja y azafrán de España y, además, ¡el mismo pueblo de toda mi familia materna!

Si a estas alturas Jartún ya nos había cautivado, el conocer el mercado de los camellos y del ganado de Omdurmán nos dejó sin palabras. A pesar del intenso calor inclemente en una esplanada sin sombras, que hacía que caminar al sol fuese un pequeño suplicio, este mercado reúne a tratantes de ganado y nómadas de todo el país. El ganado en África es dinero, pero aún más es estatus y cuando se habla de rebaños de cientos de camellos se habla de auténticos dueños y señores en sus pueblos. Recuperados de los 42ºC de calor atmosférico bebiendo té a 60ºC…, esa noche hacemos cinefórum y cena con tortillas de patata en casa de Daniel con una película ambientada en nuestro tan querido lago Turkana de Kenia. Tanto el rato que pasamos juntos, como las tortillas y la película fueron excelentes. Daniel, ¡qué pena tenerte tan lejos!

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Mercado de los camellos en Omdurmán

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Mercado del ganado de Omdurmán

Niño cargando el agua para repartirla por las casas y dar de beber al ganado

Niño cargando el agua para repartirla por las casas y dar de beber al ganado

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Con Daniel, Sufián y Ana en el restaurante nubio

Tras un día de descanso en Jartún organizando el resto de viaje por este país, ponemos rumbo al este para conocer las pirámides de Meroe. Sí, pirámides, y es que Sudán tiene más pirámides que su vecino y más popular Egipto. Meroe fue el cementerio real donde yacen muchas generaciones de monarcas de la cultura meroítica/napata del reino de Kush, bajo las casi 100 pirámides que siguen en pie en el lugar. Con una antigüedad de unos 2.300-2.700 años, y preservadas por un manto de arena, permanecieron prácticamente intactas hasta que el italiano Giuseppe Ferlini se encargó de desmocharlas bajo la creencia de que escondían oro en su interior. Para la desgracia de todos menos él, en las primeras pirámides que voló lo encontró en una y acabó desmochando casi todas, sin tener éxito en las otras, por cierto. Los restos de lo que encontró se pueden ver en el Neue Museum de Berlín. Cuando llegamos a la entrada de las pirámides, tras caminar un buen rato por la arena bajo un sol sahariano muy fuerte, los guardianes del lugar nos invitan a tomar té. Al vernos tan cargados con las mochilas, una modalidad de viaje muy diferente a la del tour organizado “full-equipe” de los poquísimos visitantes que recibe este país (pagando varios miles de euros por 10 días), se conforman con un donativo por la entrada con el que todos nos quedamos contentos. Una vez dentro del gigantesco complejo jugamos a ser arqueólogos por un día al no existir paneles informativos, ni guías que aclaren nuestras dudas. En el interior de las cámaras anexas a las pirámides, donde hacían las ofrendas al difunto, vemos los grabados en sobre-relieve de dioses egipcios. Tras pasar el día caminando de pirámide en pirámide sin la presencia de ningún otro extranjero, disfrutamos de un atardecer difuminado por la arena del desierto antes de darnos el capricho de acampar a un metro de una pirámide de casi tres milenios de antigüedad. Queríamos dormir dentro de la pirámide, pero el calor de todo el día se había acumulado en su interior y hubiera hecho imposible pegar ojo.

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Cementerio real sur de Meroe

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Pirámides de Meroe vestido como los sudaneses

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Bea con un grupo de chicas sudanesas que se sacaron un montón de fotos con nosotros

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Acampando junto a una pirámide de 2.700 años!

Bea jugando a ser arqueóloga en el interior de la cámara de ofrendas de una pirámide en Meroe

Bea jugando a ser arqueóloga en el interior de la cámara de ofrendas de una pirámide en Meroe

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Amanecer desde el lugar donde acampamos

A la mañana siguiente, el sol jugaba al escondite entre las pirámides tiñéndolas de naranja. No queríamos dejar este lugar y por eso remoloneamos hasta el mediodía. Cuando finalmente nos decidimos a marchar y caminamos de vuelta a la carretera con la intención de hacer autostop, dos relucientes Toyota Landcruisers nos siguen por la espalda, paran a nuestro lado y nos invitan a llevarnos. Pertenecen a la mejor agencia turística del país y organizan tours de lujo para amantes de la arqueología. Esta vez llevan a tres clientes franceses que quieren abrir el turismo en Sudán. Montamos en el vehículo en el que va el guía, Hatim, (doctor en arqueología) y durante el camino nos resuelve buena parte de las dudas que tenemos y nos indica en nuestro mapa todos aquellos lugares que debemos visitar en el país. Por otra parte, nos informa que la carretera por la que circulamos (la que une el principal puerto del país con la capital) fue parcialmente financiada por Osama Bin Laden, y es que Sudán fue durante mucho tiempo su hogar, motivo por el cual fue incluido por EEUU en ese “Eje del Mal”. Cuando llega el momento de bajarse del vehículo, Hatim habla con unos policías para que paren a cualquier vehículo que vaya a Atbara, nuestra siguiente parada, y que haga el favor de llevarnos. Haciendo honor de la hospitalidad sudanesa, se siente mal por no podernos invitar a comer, ya que se debe a sus clientes -como si no hubiese hecho ya suficiente al llevarnos sin ni siquiera habérselo pedido y hablando con la policía para que no tuviésemos que esperar al sol a que un vehículo nos quisiese llevar-, se saca unos billetes de libras sudanesas del bolsillo, me las da en la mano y me la cierra. – Comed a mi salud.

En Atbara tratamos de hacer dedo hasta Port Sudán sin demasiado éxito. Al vernos en la carretera al sol, un taxista se ofrece a llevarnos al lugar donde salen las furgonetas que hacen ese mismo recorrido. Cuando vamos a pagarle nos dice que esta vez paga él y se niega a coger nuestro dinero. La furgoneta que hace dicho recorrido de 500km hasta Port Sudán atraviesa vastas áreas de desierto, donde grupos de nómadas malviven en chozas hechas de tela. Tras varias horas de conducción hace la parada de la cena y oración en un sencillo restaurante de carretera. Mientras pedimos la cena consistente en unos bocadillos rellenos de huevos fritos, Mohammed, uno de los ocupantes de la furgoneta nos invita a que compartamos su cena bajo el lema de que en Sudán la gente come del mismo plato y en la misma mesa. Él ha pedido un sabroso cordero frito y al ver que me gusta pide una segunda ración. Cuando finalmente llegamos a Port Sudán a las 11 de la noche, el mismo Mohammed nos invita a dormir a su casa. Entre caminar en busca de un hotel a esas horas o ir a casa de un desconocido que nos acaba de invitar a cenar, no lo dudamos un instante. Allí conocemos a sus simpáticos hermano, madre y abuela y por segunda vez en ese día nos invita a cenar. Creo que para este momento la gente de Sudán ya encabezaba junto con los uruguayos y los chilenos del sur nuestra lista de los pueblos más hospitalarios, pero esto no había hecho más que empezar…

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Con Mohammed en su casa de Port Sudán vestidos con la jelavia (Fer) y top (Bea)

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Sudán está lleno de ánforas de barro para que todo el mundo pueda beber agua fresca cuando lo necesite por el calor extremo

Principal puerto seguro en el Mar Rojo del país, Port Sudán es además una agradable ciudad repleta de restaurantes y pastelerías con dulces turcos a base de miel y frutos secos. Algunos de estos restaurantes son sirios y es que Sudán ha dado la nacionalidad a 400.000 sirios que escapaban del Estado Islámico en su país. Con uno de estos sirios, Nizar, el cual cocina en el mejor restaurante de la ciudad, establecimos buena relación y siempre nos obsequiaba con algún postre especial “cortesía de la casa”. En esta ciudad pasaremos casi una semana simple y llanamente conociendo gente estupenda, comiendo genial y disfrutando de lo bello que es viajar sin un calendario fijo. Además, hacemos una incursión en la cercana Suakin, el antiguo puerto sudanés fundado por el faraón egipcio Ramses III, hoy en día una ciudad alucinantemente decadente, donde la gente vive entre edificios hundidos y otros a punto de hundirse. Fuertemente influenciados por los turcos, muchos de sus habitantes todavía hoy siguen llevando el sable otomano como señal de estatus y poder.

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Uno de los cientos edificios en ruinas en Suakin. La gente convive entre lo que se han hundido y los que están a punto de hacerlo

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Niños sorprendidos de nuestra presencia en Suakin. No abundan nada los extranjeros en esta zona del país

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Ahmed nos invitó a uno de los varios tés ese día en Suakin

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Paisaje de Suakin, uno de los lugares más decadentes que conocemos y con un encanto especial

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Calles de Suakin al mediodía

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Muchos hombres de la etnia beja llevan el sable otomano por la calle. No es nada para turistas (porque no los hay), es estatus social

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Nos llevó haciendo dedo de vuelta a Port Sudán

Cerca de Port Sudán se encuentra la playa de “Al-Kilo 8”, de aguas transparentes con una tonalidad verde esmeralda espectacular. Aunque los alrededores de la playa no hacen honor al color de su agua y obligan a que las mujeres tengan que bañarse completamente vestidas, es un lugar que bien merezca la pena. Otro de los atractivos impresionantes de Port Sudán es el de su fondo marino. Considerado por Jacques Cousteau como su “santa sanctórum”, el arrecife sudanés es fantástico y muy exclusivo. Raramente se coincide con alguien más buceando y eso hace que el coral esté absolutamente virgen e intacto. Nos damos el capricho de bucear en el faro de Sanganeb, una isla submarina de coral ubicada a unos 15km del continente con un coral de una calidad que difícilmente volveremos a ver. Entre corales que recuerdan a las acacias africanas, por su forma plana como una mesa, los bancos de peces de todos los colores viven en un mundo alejado de los problemas que hay sobre la superficie marina. Un tiburón de punta blanca custodia este muro de coral, que se prolonga hasta los más de 60 metros de profundidad. En el barco solo coincidimos con otra persona, Hassan, quien ha aprovechado que hemos contratado el barco para realizar su entrenamiento de buceo en muy bajas profundidades (quiere bajar este año a 200m). Como nos está sucediendo muchas veces en el viaje, las coincidencias hay que saber aprovecharlas. En este caso, Hassan resulta que es el cónsul de Egipto en Port Sudán (desconocíamos la existencia de este consulado en dicha ciudad) y a la mañana siguiente nos hace el visado para Egipto en 30 minutos y por menor importe que  en Jartún. Nos admite que es la primera vez que le toca realizar el visado de turista, ya que los extranjeros en Sudán no abundan. Después sabríamos que esta casualidad de conocer a Hassan nos permitió salir del país justo el día antes de que se cerrasen las fronteras por el golpe de estado que derrocaría al presidente Omar Al Bashir…

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Playa de Al Kilo 8 con agua verde esmeralda

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En la playa de Al Kilo 8 con un grupo de sudaneses

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Nada de bikinis en Sudán, a las mujeres les toca ir vestidas hasta arriba

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Sudán dio la nacionalidad a 400.000 sirios escapando de la guerra en su país. Comimos en el restaurante del sirio Nizar todo el tiempo que estuvimos en Port Sudan

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Vistas desde el faro de Sanganeb, un verdadero paraíso para el buceo

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Buceamos en la punta norte y sur de la isla submarina de Sanganeb, sin duda la mejor calidad de coral que hemos visto nunca

Tras estos días en la costa, continuamos la ruta hasta Kassala, en la frontera con Eritrea. Daniel se ha encargado de motu proprio de contactar con trabajadores de ACNUR, la división de ayuda a refugiados de la ONU, para que alguno nos deje un lugar donde dormir en esta ciudad. Será Ronnie, un chico keniata al que no llegamos a conocer, el que se encargó de dejarnos su casa sin estar él presente. Por otra parte, Zasha y Janet también trabajadoras de la misma organización nos  hicieron mucho más agradable nuestra estancia en Kassala, saliendo a cenar con nosotros y en el caso de Janet preparando una típica cena keniata. Finalmente, pasaremos tres días en esta ciudad conociendo su diversidad étnica, sus impresionantes y sin corromper mercados tradicionales, la tumba del profeta sufí El-Hassan y sus preciosas montañas de granito naranja de Toteil.

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Paredes de Toteil de un granito naranja precioso

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Tumba del profeta El-Hassan en Kassala

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Niños curioseando de nuestra presencia en el centro de ACNUR para refugiados en Kassala

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Janet nos deleitó con su cena keniata a nosotros y Zasha

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Kassala tiene una mezcla étnica impresionante

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Esta ciudad es el destino favorito de los sudaneses para el viaje de novios. Los hombres y mujeres se pintan las manos con henna al casarse

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Nos pidió un retrato y se lo hicimos

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Escena en las montañas de Kassala

Tapias de Toteil en Kassala

Tapias de Toteil en Kassala

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Atardecer mágico desde las montañas de Toteil

Desde Kassala volvemos de nuevo a Jartún, donde recalamos en casa de Daniel un par de noches. Se nos había quedado pendiente en la capital conocer la lucha nubia, un tipo de lucha donde prima el tumbar al contrincante o sacarlo del ruedo empujándolo, y el museo nacional de arqueología, ambas actividades merecieron la pena. Tras una triste despedida de Daniel, continuamos con brillo en los ojos hacia Karima, el lugar de enterramiento de los faraones nubios (también conocidos como los faraones “negros”). Allí conocemos las pirámides de Nuri, en un estado de conservación muy decadente y con la sensación de que en cualquier día la arena las acabará sepultando.  Mucho mejor conservadas, las pirámides del monte Jebel Barkal son una excelente postal para ver el atardecer desde la cumbre del mismo monte. En esa cima plantaremos la tienda de campaña esa noche con la vista del Nilo a un lado, al otro las pirámides y al otro la ciudad de Karima,  esa noche iluminada por los fuegos de las barricadas en protesta contra el presidente del país.

Lucha nubia en Jartún, un espectáculo digno de conocerlo, todos los viernes al atardecer

Lucha nubia en Jartún, un espectáculo digno de conocerlo, todos los viernes al atardecer

Atardecer de despedida en Jartún

Atardecer de despedida en Jartún

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Pirámides de Nuri, cementerio real del reino de Kush

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Bea en la cumbre del Jebel Barkal en Karima

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Acampando en la cumbre del Jebel Barkal

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Bea en las pirámides de Jebel Barkal en Karima

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Atardecer desde la cumbre del Jebel Barkal con las pirámides de fondo

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Amanecer desde la cumbre con la vista del Nilo

Abril es un mes extremadamente caluroso para conocer Sudán, con máximas que pueden llegar a los 48ºC, pero en un viaje largo es muy difícil cuadrar la temperatura ideal en todos los países y hace falta tener un confort climático flexible. Sin embargo, a la mañana siguiente, a las 6, la temperatura ya superaba los 30ºC y prometía ser un día de sudar la gota gorda. Por ello, tras bajar de la cumbre del Jebel Barkal nos dirigimos a las ánforas de barro, que en este país su población se encarga de mantener diariamente con agua limpia para que cualquiera pueda beber. En algunos lugares, estas ánforas las puedes encontrar cada 20-30 metros en las calles y carreteras y así consiguen evitar los golpes de calor. Las ánforas funcionan como botijos y mantienen el agua fresca, aunque el calor atmosférico sea insoportable. En nuestro caso, por precaución siempre filtramos el agua de las ánforas ante el asombro de los locales, que no entienden por qué razón no bebemos como ellos. Una vez tenemos el agua, nos ponemos a hacer dedo para llegar a El Kurru. Tras casi dos horas esperando al sol por la ausencia de vehículos conseguimos llegar a uno de los lugares más mágicos que hemos conocido por su autenticidad. En El Kurru se puede visitar la única cámara funeraria de un faraón en todo Sudán, pero para ello, primero es necesario encontrar al guardián/cacique del pueblo que tiene la llave de entrada a la tumba de la pirámide. Tras buscarlo por medio pueblo renunciando varias veces a la invitación de tomar el té con sus vecinos, finalmente encontramos a Manzur. Él se queda fuera esperando mientras nosotros bajamos las 40 escaleras talladas en la pura roca hasta llegar a la cámara funeraria  bajo la pirámide.  Cuando llevamos 10 escalones bajados, la piel ya la tenemos de gallina y no es para menos: estamos bajando solos a la tumba de un faraón de hace 2.700 años. Cuando los escalones se acaban, una pequeña puerta marca el acceso a la pre-cámara y finalmente a la cámara donde reposó el faraón, ambas decoradas con figuras de dioses egipcios, barcas, comida y textos en lenguaje jeroglífico del Libro de los Muertos. El techo está pintado con estrellas azules y amarillas que dan un toque de eternidad al lugar. Seguramente, pasamos media hora disfrutando de este momento, conocedores de que cuando llegásemos al popular Egipto difícilmente viviríamos algo así de puro y auténtico. Tras esta dosis de arqueología en El Kurru, regresar a la civilización se convierte en una auténtica aventura cuando la temperatura ya supera los 42ºC y el agua se nos acaba mientras esperamos haciendo dedo. Agito la botella vacía mientras un vehículo conduce en sentido opuesto, el conductor para y nos hace el favor de ir al pueblo de al lado y llenarnos la botella. Gracias a eso, la espera se hace un poco más agradable. Al cabo de otras dos horas, una furgoneta a rebosar de gente para y los pasajeros se encargan de apretujarse más aún para dejarnos subir con ellos. Tras cinco minutos nos han invitado a la boda del conductor, a la cual desgraciadamente no iremos por no esperar una semana a la misma.

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Repostando combustible para un largo día de calor en el que llegamos a los 42C

Explicando el funcionamiento de nuestro filtro de agua

Explicando el funcionamiento de nuestro filtro de agua

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Buena parte del norte de Sudán lo hicimos a dedo, los niños se preguntaban qué hacíamos

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Nos queda poca agua y no pasan coches de camino a El Kurru

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Tumba del faraón Tanutamani en El Kurru, la única visitable en el país de hace 2.700 años

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Dioses egipcios acompañando al difunto faraón

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Los dioses llevan el corazón del faraón

Esa misma tarde avanzaremos un poco más hacia el norte hasta llegar a Kerma, nuestro primer contacto con las aldeas nubias del norte de Sudán, de las cuales hemos oído por los sudaneses que son lo más de lo más en hospitalidad. ¿Puede haber algo más aun? Mientras Bea descansa sofocada por la chicharra que está cayendo, busco a alguien que nos pueda decir en qué lugar del pueblo podemos plantar la tienda de campaña para pasar la noche. Amro, un taxista del pueblo nos lleva a casa de un señor que habla inglés y que en otras ocasiones ha recibido a viajeros (por supuesto, no deja que paguemos el trayecto). El señor en cuestión, Sefedí, no se encuentra en su casa todavía, pero eso no es motivo para que sus hijas jóvenes (Aysha y Namarek) y su mujer Fátema al vernos nos inviten a entrar, a que nos refresquemos y a que bebamos el té. Les preguntamos si en algún lugar del patio podemos plantar la tienda, lo cual casi les parece ofensivo ya que somos sus invitados y tenemos que ocupar la mejor habitación de la casa. Esa misma tarde nos harán la henna en las manos y a Bea además en los pies (previamente Fátema lavará los pies a Bea con sus manos para que la henna se adhiera mejor, un acto casi Bíblico…). Sefedí es un adelantado a su tiempo y es buen conocedor de la cultura e historia de su pueblo, Kerma, el cual generó una de las primeras y, además, prácticamente desconocidas, civilizaciones de la historia hace 5.000 años. Mientras me intereso por la historia del lugar, Bea con las hijas y mujer de Sefedí se lo pasan mejor bailando música sudanesa, acabando uno de los días más memorables del viaje.

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Con Amro, nos llevó a casa de Sefedí, donde pasamos la noche

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Aysha haciendo la henna en su casa

Bea con Namarek en Kerma

Bea con Aysha en Kerma

 

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Ruinas de la civilización Kerma de hace 5.000 años, una de las primeras

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Pirámide o construcción gigante de unos 20 metros de altura hecha de adobe en Kerma hace 5.000 años

A la mañana siguiente madrugaremos para conocer las ruinas de Kerma de 5.000 años, donde destaca una construcción enorme similar a una pirámide hecha de adobe. La ciudad es impresionante, con el trazado original repleto de miles de huesos humanos y trozos de cerámica. Con poca dificultad desenterramos una vasija de barro que, aunque nos encantaría, no nos podemos llevar por el peso que implicaría en unas mochilas de por sí pesadas. Tras la visita a las ruinas y despedirnos de la familia de Sefedí, continuamos por la margen oriental del Nilo hasta Tumbus, la siguiente aldea nubia que conoceremos. A este lugar llegamos en la parte trasera de una pick-up junto a otras 15 personas. El arqueólogo que conocimos en Meroe nos adelantó que podíamos visitar una antigua cantera nubia en este lugar, pero lo que no sabíamos es que en las mismas calles del pueblo encontraríamos una estatua de casi 3000 años de antigüedad y 3 metros de altura tirada en el suelo. Al parecer se rompió la cabeza al tallarla y la dejaron ahí aparcada hasta la actualidad. Es increíble que nadie se la haya llevado a un museo, o incluso para ponerla en el jardín… También en Tumbus, en este caso entre cultivos de palmeras, se puede ver la estela egipcia indicando el punto más meridional que alcanzaron los egipcios en su imperio.

Largas esperas al sol haciendo dedo en el norte de Sudán

Largas esperas al sol haciendo dedo en el norte de Sudán

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Pirámide de 3.000 años de antigüedad tirada en las calles de Tumbus

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En la parte trasera de una pick-up. En África los vehículos no van vacíos!

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Con Fátima en un restaurante de carretera. Nos llevó desde Tumbus al empalme de Sabu

Tumbus es un pueblo muy pequeño y en poco rato descubrimos que salir de allí no sería un plato fácil ya que no hay prácticamente vehículos. Mientras cogemos agua de las ánforas, preguntamos si hay algún transporte que salga del pueblo. – No, no lo hay, pero las personas que están ahí saldrán en un rato hacia las aldeas del norte. Tras escuchar esto, caminamos hacia ellas y en un par de minutos nos encontramos dentro de su casa con una limonada fría en una mano y en la otra un trozo de bizcocho y sabiendo que en media hora nos acercarían hasta el empalme de la carretera para ir a Sabu, el pueblo donde se encuentran las terceras cascadas del Nilo. Fátima, la mujer que nos lleva en su vehículo es la maestra del colegio de la capital de comarca y nos indica que cuando lleguemos a Sabu preguntemos por Eymad y le digamos que vamos de su parte. Cuando llegamos a Sabu, de nuevo en la parte trasera de una pick-up destartalada y saltamos al suelo, varias personas del pueblo nos reciben con un “Welcome to Sabu” y una sonrisa. El sol está cayendo y apenas queda media hora de luz ya. En ese momento aparece Eymad en escena -esto ya parece una obra de teatro-, y tras hablar un minuto con él nos dice que montemos en su vehículo porque todavía tenemos tiempo de ver los magníficos petroglifos de Sabu y que no nos preocupemos por dónde dormir porque cenaremos y dormiremos en su casa. ¿No es bestial su nivel de acogimiento?

Los campos de cultivo a la orilla del Nilo, los palmerales frondosos, las casas de adobe teñidas por el atardecer y la gente saludando a nuestro paso con una sonrisa en la cara hace que le comente a Bea, -cuánto me gustaría vivir en un lugar así. – No te lo vas a creer, pero justamente estaba pensando lo mismo…

En verdad, los petroglifos de Sabu son muy interesantes y muestran el gran cambio climático que ha existido en esta región que ahora conocemos como desierto del Sahara. Las representaciones de elefantes, gacelas y jirafas indican que antes y, no hace tanto, toda esta zona era sabana. Esa noche dormiremos al estilo sudanés, sacando la cama al patio de la casa y durmiendo con un techo de estrellas buscando algo de frescor, modalidad que practica la mayoría de la población en los meses de verano.

En la casa de Mohammed con toda su familia en Sabu

En la casa de Eymad con toda su familia en Sabu

Foto robada mientras dormía al estilo sudanés

Foto robada mientras dormía al estilo sudanés

A la mañana siguiente, Eymad se ofrece a llevarnos a conocer las cascadas del Nilo (más se parecen a rápidos que a una cascada habitual), pero son un lugar muy especial para todos los nubios porque aquí estaba proyectada una enorme presa que anegaría al completo sus pueblos y cultura. Esto llevó a los nubios a enfrentarse al gobierno dictatorial de Al Bashir. Parece que las protestas resultaron efectivas porque desde hace muy poco el proyecto está parado. Esperamos de corazón que así se mantenga porque los nubios tienen mucho que aportar al mundo y esto acabaría por completo con su forma de vida.

Con Ahmed en las terceras cataratas del Nilo en Sabu

Con Eymad en las terceras cascadas del Nilo en Sabu

Bea en las terceras cataratas del Nilo en Sabu (con las manos con henna)

Bea en las terceras cascadas del Nilo en Sabu, lugar donde estaba proyectada una presa que acabaría con las aldeas nubias

Continuaremos camino ya solos hacia el norte con la intención de ver el templo de Soleb, el mejor templo egipcio en Sudán. Lo que parecía pan comido en el mapa, acaba resultando una de las jornadas más agotadoras del periplo sudanés por el calor sofocante y porque además de nosotros haciendo dedo se encuentran decenas de trabajadores de minas de oro tradicionales. Tras casi 5 horas para completar 90 km llegamos al pueblo desde donde tenemos que cruzar el Nilo para poder ver el templo. Es tarde y estamos reventados. Nos bebemos 4 refrescos helados cada uno para el asombro del vendedor. Poco después, se ofrece a llamar a un amigo taxista que tiene un barco. Al cabo de un rato viene y nos lleva a su casa, donde coincidimos con un grupo de 8 dueños de agencias de viajes italianas. Creo que nuestra cara de agotamiento y calor es motivo suficiente para que nos traigan botellas de agua y nos inviten a comer con ellos. Después los acompañaremos en su barco a conocer el magnífico templo egipcio, ubicado entre plantaciones de palmeras.

En el descapotable atravesando el Sahara sudanés

En el descapotable atravesando el Sahara sudanés

Templo de Soleb, el templo egipcio mejor conservado de Sudán

Templo de Soleb, el templo egipcio mejor conservado de Sudán

Tras despedirnos de los italianos, tomamos la decisión de marcharnos a la cercana frontera egipcia de Wadi Halfa. Todavía nos queda alguna aldea nubia por conocer, pero para nuestro estilo de viaje: mochila de 15 kilos en la espalda y sin vehículo propio y con temperaturas cada día de 42ºC, consideramos más que suficiente el buen sabor de boca que nos ha dejado este país. A la mañana siguiente, con paso firme cruzaremos a Egipto tras esperar 8 horas en el control de fronteras. Algo se cocía y nos lo estábamos oliendo. Poco después sabríamos que había habido un golpe de estado en la capital y que habíamos salido del país justo antes del cierre de fronteras. Dicho sea de paso, no sería ni mucho menos algo malo habernos tenido que quedar más tiempo en un país con la gente tan increíble. ¡Ojalá las protestas de su población sirvan para conseguir un gobierno civil sensato, porque creemos que se lo merecen!

 

 

6 comentarios en “Sudán, el mejor país para viajeros

  1. Wow que maravillosa experiencia… Soy Colombiana y como saben no tenemos muy buena repitación, pero mi sueño dorado es poder recorrer todos los paises del planeta sin exepción.

    Los admiró mucho, gracias por hacerme participe de ran grata experiencia, siento que vivo cada momento con ustedes al leer su historia y sus fotos.

    Yo viajo sola, por ende, es más dificil estar en algunos sitios ya sea por la cultura o por la religión. Pero sé que lo voy a lograr…

    Espero seguirlos de cerca y que me sigan contando su gran experiencia.

    Hay un español que está por Siria y me cuenta que la desolación es inminente, pero aún así la sed de aventura es mayor.

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    • Hola Adri! Nos alegra enormemente que te hayamos conseguido transmitir nuestro viaje de esa forma. El año pasado estuvimos en Sudamérica pero desgraciadamente al norte solo llegamos hasta Ecuador, no teníamos tiempo suficiente para conocer Colombia y decidimos no entrar, para cuando vayamos, viajarla con calma. Sudán ciertamente ha sido una sorpresa para nosotros por su malísima reputación fuera, que es absolutamente opuesta a la forma de ser de su gente. Por ello, lo titulamos como “el mejor país para viajeros”, aunque claramente no sea el mejor país del mundo para vivir por sus conflictos armados en Darfur, por el trato que se da generalmente a las mujeres y personas con distinta orientación sexual y falta de libertades. Sin embargo, el viajero o viajera (es un país en el que se podría viajar sola con menos peligro que otros países como Etiopía o Mozambique) se sentirá acogido de la mejor manera como si fuese el primer extranjero que ellos conocen. Cuando volvamos de esta aventura (ahora en Egipto), queremos hacer guías de viaje para los países que vamos recorriendo en nuestro estilo de bajo coste, quizá te resulte útil! Sigue viajando, es la mejor inversión personal para aprender!
      Por cierto, el español que comentas, ¿tiene blog? Nos gustaría saber cómo es viajar en Siria ahora. Besos de Bea y Fer!

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  2. Ya me habíais adelantado que era un país maravilloso por la amabilidad de sus gentes. Una pena ahora por el golpe de estado. Por aquí no han llegado muchas noticias desde entonces. Pero me apunto toda la informacion, qué es mucha y espero recorrerlo algún día. Todavía quedan sitios como la cámara funeraria que describís, que son únicos. Gracias por descubrirnoslos!! Espero que sigais disfrutando tanto como hasta ahora y que los sigais compartiendo. Un abrazo y cuidaros que os quedan muchas aventuras por delante!!!

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    • Muchas gracias Josu! De momento la gente sigue haciendo sentadas frente al cuartel central esperando que cambien de ver.. aún así seguramente para viajar siga siendo muy seguro y con la inflación que sufren si vas con euros los precios sea ridículos. Hay muchos lugares únicos y vale la pena ir al menos 3 semanas. Saludossss

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