Tanzania por libre

Entramos en Tanzania, caminando por el territorio de nadie con su vecina Zambia, a través de la frontera de Kasesha, un paso fronterizo por el que apenas cruzan una veintena de personas al día. Un pequeño río y unas colinas testigo cultivadas de maíz sirven de separación a dos maneras diferentes de hablar, vivir y tratar al viajero. Por un lado, Zambia, cuyo nivel de turismo se encuentra en un estado incipiente a pesar de su impresionante naturaleza y buena gente. Por otro lado, Tanzania, la “meca” del turismo organizado en África durante décadas. Tras esperar media hora al policía fronterizo tanzano a que terminase de acollar su maíz, aprovechando el tempero, nos lanzamos deseosos de conocer este popular país.

Nuestra primera parada la hacemos en Sumbawanga, donde siguiendo las recomendaciones del cura Isaac de Mpulungu (Zambia), no tendríamos dificultades de encontrar un lugar para acampar ese día en la catedral católica y, así, hacer un parón en el trayecto de 25 horas de autobús hasta Kigoma. Dicho y hecho, nos presentamos en la catedral, donde conocemos a Peter, un joven de unos 20 años con un gran corazón, que no duda un instante al invitarnos a dormir en su humilde casa, más aún, cediéndonos su habitación y su cama. Juntos, preparamos la cena y nos da una lección rápida de swajili, que nos resultaría especialmente útil para poder defendernos en las zonas rurales de Tanzania, donde el inglés colonialista escasamente caló. Cenamos en compañía de sus hermanos y abuela, a los que él se encarga de sostener como puede, y con los que pasamos una velada inolvidable.

Con la familia de Peter en Sumbawanga, con los que pasamos una velada inolvidable

Con la familia de Peter en Sumbawanga, con los que pasamos una velada inolvidable

Todavía es noche cerrada y el sonido de la lluvia golpeando la chapa del tejado enmascara los golpes a la puerta de la habitación. Salto de la cama y me encuentro a Peter y a su hermano bajo la intensa lluvia. – Os habéis dormido. Vuestro autobús a Kigoma sale en una hora y, como llueve, la moto que os venía a buscar no da señales de vida, así que iremos caminando los cuatro bajo la lluvia los 3km hasta la estación. – ¡Muchas gracias Peter! No sabíamos que en Tanzania hubiera cambio de hora, glups.- Sentimos un enorme respeto y agradecimiento por el recibimiento que obtuvimos de esta maravillosa familia, que nos confesó que era la primera vez que conocía a gente blanca y estaba feliz de tenernos en su casa.

El trayecto entre Sumbawanga y Kigoma se convierte en una auténtica aventura en un día de lluvia como el que nos toca, al recorrer unos 400 km sobre puro barro. En un punto del camino especialmente arcilloso quedamos atascados 6 autobuses y 2 camiones, ante la atenta mirada de los campesinos de ambos lados de la vía. Nuestro conductor hace un alarde de destreza o de inconsciencia, probablemente de ambas y, habiendo vaciado el autobús de gente primero, pisó el acelerador a fuego derrapando y sorteando sin golpear al resto de autobuses que intentaban salir como podían de este marrón. Los pasajeros de nuestro autobús ríen y corren de alegría y, más de uno, como nosotros, le damos la mano al subir a bordo. Trabajar como trabaja esta gente, conduciendo 16 horas al día sin relevos en estas carreteras infernales por un sueldo de 300 euros al mes y, aguantar así durante años sin darse un golpe ni rebelarse, da una idea de la capacidad de sufrimiento de muchos africanos. Una capacidad de aguante, que puede tener además como consecuencia un conformismo vital y una resignación ante lo que viene que les impida progresar al ritmo de otras culturas. Apenas un par de kilómetros después del barrizal comenzaría el asfalto y los controles rutinarios de policía, ese día 10 en apenas 100km de asfalto. Con rarísimas excepciones, la policía que hemos conocido en este continente es terriblemente corrupta. En Tanzania descubrimos que, para evitar parar en estos controles, que pueden desquiciar a cualquiera por su frecuencia e inutilidad, han desarrollado el ingenio de meter el dinero de la mordida envuelto en un papel y lanzarlo por la ventanilla en marcha. Resulta muy triste ver al policía de turno agacharse para recoger su comisión, sujetándose la gorra oficial para que no se le caiga con este gesto.

Atascados en el barro entre Sumbawanga y Kigoma, más de 400km sobre barro

Atascados en el barro entre Sumbawanga y Kigoma, más de 400km sobre barro

A nuestra llegada a Kigoma, el mismísimo obispo católico de esta ciudad nos ofrece un cuarto en el orfanato que gestionan para que estemos más a gusto. Está resultando muy común en este viaje que, a nuestra petición de un espacio para plantar nuestra tienda de campaña, ¡nos ofrezcan un cuarto en su lugar!

Kigoma tuvo el mayor campo de refugiados del momento, con más de 2 millones de congoleños, ruandeses y burundeses escapando de las terribles guerras de esta zona del planeta, una zona que apenas ha descansado y vivido en paz en los últimos 200 años. Fue en Ujiji, a escasos 5 km de Kigoma, donde tuvo lugar el célebre encuentro entre los exploradores británicos Stanley y Livingstone. En Ujiji, el moribundo Livingstone se afincó durante años atestiguando la esclavitud de esta zona de África, ya que usaban este puerto del lago Tanganica para reunir a los esclavos capturados a su alrededor, aun después de abolirse. La ruta de los esclavos la delimitaban árboles de mangos, desde Ujiji hasta el Índico, que servían de alimento y también de sombra para las sepulturas de aquéllos incapaces de soportar el trayecto, a pie y atados al cuello, de más de 1000 km. Desde la costa tanzana se enviaban a las islas de Zanzíbar, donde se vendían y embarcaban hacia los países del Índico, principalmente a la península arábica.

Tanzania puede presumir de ser el lugar donde se encontraron y, presumiblemente, comenzaron varios géneros “homo”, concretamente en el barranco de Olduvai cercano a la célebre llanura del Serengetti. Todavía hoy, Tanzania es el hogar de numerosos primates muy parecidos a nosotros, como los chimpancés, el animal con el que compartimos más similitud genética. Aprovechando la cercanía con Kigoma, visitamos el parque nacional de Gombe, uno de los mejores sitios para poder disfrutar de la presencia de estos animales. Desde los años 60, la científica Jane Goldman comenzó el estudio de un grupo de chimpancés de este parque, el que es el estudio animal ininterrumpido más largo del planeta. Jane pasó años acercándose e investigando estos animales y consiguió que se protegieran por el gobierno, puesto que su número iba en dramático declive, desde aproximadamente más de 2 millones en el siglo XIX a pocos miles en la actualidad. Para llegar a este parque nacional tenemos que navegar durante 3 horas hacia el norte por el lago Tanganica, casi hasta la frontera de Burundi. Un bosque lluvioso impenetrable con el aullido de los monos nos da la bienvenida según desembarcamos en la orilla. Allí, previo pago de las tasas del parque de ¡unos 100 euros por persona!, salimos con un guía con walkie-talkie en su búsqueda. Al cabo de aproximadamente 45 minutos, nos reunimos con otros trabajadores del parque que se dedican a anotar el comportamiento de estos animales diariamente y a indicar a los guías acerca de su posición. Justo encima de ellos, un grupo de unos 20 chimpancés descansan en el árbol. Instantes después de llegar nosotros, los chimpancés descienden del árbol y, como si estuviesen curiosos de nuestra presencia, se acercan y pasan a nuestro lado. Más chimpancés se acercan poco después, contabilizando un grupo de unos 45 ejemplares, que viven en comunidad compartiendo la comida y la seguridad de todos. Los gestos, comportamientos y cariño que dan a los más pequeños nos recuerdan a que un día probablemente compartimos con ellos un género común. Su nivel de inteligencia les permite el uso de herramientas, como por ejemplo para agredir a las personas si les resultamos excesivamente molestas (nuestro guía tenía un buen número de cicatrices de un ejemplar especialmente agresivo). Todavía hoy, cuando la científica Jane Goldman vuelve a Gombe un par de veces al año, los chimpancés más longevos que coincidieron con ella en su juventud (algunos llegan a los 60-70 años) se alegran de su visita.

De camino al parque nacional de Gombe: tres horas de navegación en el lago Tanganica

De camino al parque nacional de Gombe: tres horas de navegación en el lago Tanganica

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Chimpancé en Gombe

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Cada noche construyen una nueva cama en la copa de los árboles

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Su dieta es omnívora, comiendo carne solamente en época seca cuando no abundan las frutas

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Tienen una gestación similar a la humana: 8 meses

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Cada hembra tiene varios machos para garantizar la variabilidad genética en su grupo

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Bea en busca de los chimpancés en el parque nacional de Gombe

Al día siguiente de esta increíble experiencia en Gombe continuamos nuestro camino hasta Mwanza, la segunda ciudad del país en población, en la orilla del lago Victoria, el último de los grandes lagos africanos que visitaremos en nuestro viaje. Allí esperaremos la llegada de mis primos Carlos y Francisco y de mi tía Petra, que, coincidencias de la vida, han organizado sus vacaciones en este país. Mwanza es una ciudad que no tiene grandes atractivos más allá de la visita de rigor al lago y aprovechamos estos días de parón para descansar, dormir y comer bien.

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Milano negro en el lago Vicoria, Mwanza

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Rocas de Bismarck en Mwanza en el lago Victoria

Ya en familia, completamos con ellos en autobús el camino hasta Arusha, la capital de los safaris en Tanzania y adonde cada año llegan miles de personas de todo el mundo a conocer las llanuras del Serengetti, el cráter del Ngorongoro y el techo de África, el monte Kilimanjaro. En un principio, hemos de decir que nosotros hubiésemos hecho lo mismo de no haber sentido que el coste de ello es un auténtico robo al extranjero, ya que la diferencia entre lo que pagan los tanzanos y los extranjeros puede ser del orden de 25-30 veces más. Amigos de la puerta de atrás para ahorrarse un dinero, viajeros independientes a los que pagando las cifras que piden en estos parques les duela su cuantía, mejor abstenerse de intentarlo y, en su lugar, realizar los safaris en el magnífico parque nacional de Chobe y reserva de Moremi (Botsuana), el parque nacional de Etosha (Namibia) o los estupendos Isimangaliso (Sudáfrica) y Nhale (Suazilandia); todos ellos por unos 5-7 euros al día por persona (1.5 euros Nhale), en lugar de los casi 200 euros por persona y día que cuesta el Serenguetti o Ngorongoro. Por otra parte, el nivel de masificación de coches que entran en los parques tope-gama tanzanos es muy superior al de los parques anteriormente citados.

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Paisaje del parque nacional de Tarangire, baobabs centenarios en la savana

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Monos babuínos en Tarangire

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Gran elefante macho en Tarangire

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Cría de elefante en Tarangire

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Leonas a la sombra en Tarangire

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Con los primos y tía en Tarangire

Aprovechando que mi familia ha contratado un coche de safari con asientos libres y, que el primero de los parques a los que van no es tan costoso como los siguientes (tan solo 80 euros al día por persona incluyendo el camping en tu propia tienda…), agradecidos aceptamos su invitación de acompañarlos. El parque nacional de Tarangire tiene un buen número de elefantes, no así del resto de animales, y un paisaje bastante interesante de baobabs centenarios. ¿Bonito? – Sí. ¿Merece la pena? – En nuestra opinión está totalmente sobrevalorado en comparación con los parques del sur de África. Según salimos del parque nacional de Tarangire, una multitud de pueblos masái afloran a ambos lados de la carretera. Rebaños enteros de vacas y cabras abrevan en las charcas ante la atenta mirada de los pastores masái luciendo sus indumentarias rojas características de esta tribu. Sin saber muy bien cómo organizaremos el día, pedimos al conductor que nos deje en la zona cercana al pueblo de Mto Wa Mbu, nos despedimos de la familia sabiendo que la volveremos a ver en unos días y, de nuevo, mochila al hombro.

Mientras caminamos bajo un sol justiciero por la carretera buscando un pueblo masái que nos abra las puertas, un francés afincado en Tanzania para su vehículo y nos invita a subir. Él nos acerca hasta las proximidades de un pintoresco poblado y nos da su tarjeta. – Si no conseguís que los masáis os reciban, me llamáis y os venís a mi casa a dormir. Conforme nos vamos acercando al poblado, tenemos más claro que nos encantaría compartir tiempo con esta gente, pero solamente si es de tú a tú. Para conseguir esto, tenemos claro que hay que entrar caminando y sin cámara de fotos. Justamente lo contrario de lo que solemos hacer los blancos: llegar en coche y sacando fotos desde el minuto 1. Al principio, nos acercamos a la charca de agua del poblado, donde poco a poco van llegando niños pastores con el ganado y alguna mujer a recoger agua, de la que beben sus animales y ellos mismos (con un estómago de titanio). En ese momento supimos que nuestra permanencia en el poblado se ceñía a la duración de los 2 litros de agua que todavía nos quedaban. No queríamos forzar y saturar nuestro filtro cerámico con esa agua, con tantos meses de viaje por delante. De momento, el filtro que llevamos nos ha evitado comprar las costosas y contaminantes botellas de agua y nos ha dado autonomía en aquellas zonas sin agua mineral y sin haber pillado, cruzamos los dedos, ninguna diarrea. Sin embargo, el agua de esa charca a más de 35ºC, donde beben, se bañan y cagan rebaños de más de 100 vacas, supone jugar con fuego demasiado. Tras una hora en la charca, cuando se han acostumbrado a nuestra presencia, un par de niños me dan la mano y me acompañan dentro del poblado, rodeado de espinos a modo de empalizada para proteger su ganado. El poblado está formado por una docena de cabañas circulares de barro y techos de paja. Las mujeres fabrican collares de abalorios blancos sentadas sobre pellejos de vaca, mientras sus bebés beben leche de vaca que conservan en calabazas. Tras un rato consigo dar con una mujer masái del poblado que chapurrea algo de inglés, ella será nuestro enlace para poder comunicarnos. Tras dar con esta mujer, vuelvo a por Bea la cual quedará maravillada al entrar al poblado. Por la tarde, Bea ayuda a arreglar una casa del poblado, la cual construyen las mujeres con palos y posteriormente recubren con barro hecho de tierra y excrementos de vaca.

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Niños pastores masái en la charca del poblado

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Niño bebiendo de la charca con un estómago de titanio

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La fuente del poblado y también el abrevadero de sus animales

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Bea ayudando a arreglar una vivieda con barro

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Niño masái

A la caída de la tarde, un grupo de hombres masái con túnica roja y cuchillo de un par de palmos en la cintura se acercan a nosotros y nos preguntan curiosos el porqué de nuestra presencia allí. Una vez hemos superado este curioso tribunal del cual podríamos haber sacado alguna de las mejores fotografías de este viaje por su autenticidad (y que preferimos no sacar para no estropear el momento pero que se nos quedará siempre grabado en nuestra memoria), accedemos a la suite del poblado, esto es, el corral correctamente vallado por árboles espinosos donde guardan su ganado; concretamente más de 500 vacas. Hace dos días que un leopardo entró en el poblado y lo espantaron justo antes de que atacase a las cabras. Según nos confesaron, aunque está prohibido matar leopardos y leones, si estos se atreven a atacar a su ganado, no tienen ningún reparo en acabar con ellos sin armas de fuego. Por ello, la leyenda de los guerreros masái que matan un león para pasar a la vida adulta, creemos que no es para nada falsa. El poblado entero asiste atónito mientras montamos nuestra tienda de campaña y las 500 vacas afortunadamente nos dejan un espacio libre. La que en ese momento imaginábamos que sería una noche de no dormir, fue una de las noches que mejor descansamos de las últimas semanas. Al amanecer, el mugido de las vacas mientras las mujeres las ordeñan nos despierta. Sin duda, habíamos vivido una de las experiencias más increíbles del viaje y sin gastar ni un céntimo de dinero. A la mañana siguiente, mientras continuábamos nuestro camino por la carretera, ya sin una gota de agua, un coche de una belga nos para y sin pedirlo nos acerca los casi 100 km hasta Arusha, un buen golpe de suerte.

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Corral de vacas del poblado masái, al fondo el lago Manyara

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Acampando en el corral nos despertamos cuando las mujeres ordeñaban las vacas

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Aprendiendo de los masái

Tras hidratarnos convenientemente, continuamos hasta Moshi, la base para aquellos que quieren subir o ver el Kilimanjaro. De nuevo, el coste y la metodología que ha impuesto Tanzania para subir este monte le quitan desde nuestro punto de vista todo el atractivo que para nosotros tienen las montañas: su salvajismo y libertad. Tras pagar las tasas, que en total ascienden a unos 1000 euros por persona y abonar el 10% del coste en propinas obligatorias para guía, cocinero y porteadores, el Kilimanjaro estará esperando a cualquiera que quiera subirlo. A nosotros nos vuelve a parecer un nuevo robo a los visitantes y, pudiendo subir volcanes preciosos y más altos en Chile o Argentina en estilo alpino y de forma gratuita, preferimos destinar semejante dineral para otras montañas. Desde Moshi subimos a las faldas del Kilimanjaro para conocer la cascada de Mataruni, donde nadie más que las nubes ponen veto a la cumbre de esta montaña.

Un nuevo trayecto largo de autobús nos separa de Dar Es Salam, la ciudad más poblada del país (por cierto, su capital es Dodoma). Allí tramitaremos el pasaporte en la embajada española, al habernos quedado ya sin páginas en blanco en el nuestro para continuar viajando. Esperando en la embajada coincidimos con un compadre de Sorzano (La Rioja), que lleva 7 años dando tumbos por África después de sufrir un accidente y recibir la invalidez. Con unas ideas un poco particulares de vida como, por ejemplo, “votante de VOX a muerte y en contra de la inmigración en España”, ex seminarista y, posteriormente, militar en la guerra de Bosnia e Iraq y, a la vez, dando de comer a niños hambrientos en África durante años con el dinero de su pensión, sin duda, es una de las personas más peculiares que hemos conocido en este viaje y con la que por supuesto compartimos una cerveza antes de despedirnos. Esa tarde cogeríamos el último ferry a Zanzíbar, ya que, si nos toca esperar dos semanas al pasaporte, mejor hacerlo con arena blanca y aguas turquesas, que en una ciudad calurosa e insegura como Dar Es Salam.

En Tanzania, mejor que en cualquier otro país que hemos estado, se puede ver el impacto positivo y negativo que el turismo genera en la sociedad. Por un lado, la clara mejoría económica que aporta a su entorno cercano y, por otro, sabiendo que los turistas pagan cantidades ingentes de dinero por sus parques nacionales, que miren a todos los extranjeros como gente sumamente rica, lo cual genera una diferencia social que impide relacionarse con la población local. Por ello, las mejores experiencias que hemos tenido en este país han sido siempre en zonas poco turísticas. En nuestra opinión existe un límite ético hasta el cual se puede sangrar al visitante: en Tanzania es totalmente abusivo. El país es bonito, pero no más que los de su entorno, como por ejemplo Mozambique o Zambia, mucho menos turísticos pero preciosos. Por otra parte, la gente contaminada por el impacto negativo del turismo es mucho más frecuente en Tanzania que en sus países vecinos. Así que, a la hora de organizar un viaje a África por libre, si se tiene que elegir un único país sin limitar las actividades por restricciones económicas, Tanzania no debería figurar como primera opción y, si se quiere contacto con la gente local: evítense las zonas turísticas.

9 comentarios en “Tanzania por libre

    • Sí, la sensación que nos ha dado es que, aplicando la economía de mercado, aunque pongan un día unas tasas de 10.000 euros por ver Serengueti o subir el Kili habrá muchísima gente que vaya por su fama… Es por otra parte discutible que ese dinero llegue a algún lado útilmente, ya que hemos visto untar con nuestros propios ojos a los guardaparques quedándose el dinero los touroperadores y los guardaparques. Ejemplo, reserva marina de Mnemba: por 4 euros de mordida y medio atún para que comiesen, los touroperadores ese día se ahorraron de pagar 150 euros a los guardaparques, dinero que obviamente sí que cobraron a los clientes.
      Es criticable que el visado para aquellos que quieran hacer un voluntariado (cooperar en su país para que en teoría salga más rápido adelante) lo han subido de 50 a 250 dólares y la semana pasada nos dijeron que lo han vuelto a subir, ahora a 500dólares…

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      • Bueno.. quizá un viaje por África y por libre es un poco más complejo con niños principalmente porque se requiere mucho tiempo para que el ratio tiempo en los transportes públicos y cosas que se ven le compense a un niño sin que se aburra y, además, los riesgos objetivos son más elevados que en otras regiones. Los transportes son muy lentos y nunca realmente sabes cuándo se llega y los hospitales echan para atrás.. Para niños Sudamérica (Chile, Argentina, Perú y Bolivia) son estupendos y preciosos! En África países como Namibia y Botsuana, si alquiláis un coche, (lo cual, por otra parte, te aleja bastante del contacto con la gente) son totalmente tranquilos y se disfruta un montón de la naturaleza. En Botsuana y Namibia el riesgo de contraer malaria es muy bajo, la seguridad es bastante buena y la comida tiene garantías sanitarias casi como en Europa así que yo empezaría sin ninguna duda en Namibia o Botsuana.

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