Este de Sudáfrica y Suazilandia

Desde la sombra de un baobab milenario y dejándonos abrazar por sus suaves raíces prominentes, una vorágine de recuerdos de las últimas semanas recorre nuestra mente. Fue hace solo un mes, a finales de septiembre, cuando dejamos la concurrida estación de autobuses de Logroño. Ahora parece que hayamos vivido un año desde aquello. Entonces y allí, un buen número de africanos aguardaban a la sombra, en este caso de edificios, su oportunidad en Europa. Ingenuidades del destino, nosotros haremos el camino al revés.

La llegada a Johannesburgo es un momento de reencuentro con dos amigos: Josu y Cristóbal. Nos acompañarán durante el primer mes y medio de viaje. Con ellos alquilaremos un vehículo para alcanzar a conocer lugares a los que difícilmente podremos acceder después de esta primera etapa, cuando solo vayamos en transportes públicos. Con Josu recorrí la región de Misiones en Argentina y también Paraguay hace ahora un año. Como detalle, bastaría ver que duerme sin esterilla sobre el suelo cada noche para así entender su procedencia: 100% pura sangre de Bilbao. Con Cristóbal nos hemos encordado unas cuantas ocasiones para escalar y, fue él, quien me enderezó inicialmente la pierna – bien enderezada entre tanto juramento por mi parte-, cuando me tronché la tibia y peroné en un accidente de montaña. Su experiencia como mecánico de vehículos y piernas es todo un plus cuando se piensa conducir tantos kilómetros dando tumbos por pistas de arena y barro.

Tras un par de días en Johannesburgo decidiendo la ruta y comprando provisiones, ponemos rumbo al este, cerca de la frontera con Mozambique, para conocer el Blyde River Canyon y los Bourke’s Luck Potholes, un par de lugares que nos servirán de aperitivo para lo que veremos después. La primera gran sorpresa de Sudáfrica es la desigualdad racial imperante y, en el caso de los blancos, su elevado nivel de vida, igual que en Europa y Estados Unidos. El bosque nativo que rodeaba el Blyde River Canyon con helechos arborescentes ha sido talado y sustituido por gigantescas extensiones de pinos de repoblación, que ahora gestionan unas pocas compañías, habiendo vallado el territorio. Por cierto, una tónica la de vallar, que se aplica a casi toda la Sudáfrica que hemos conocido. Sin duda, el negocio de vender alambre de espinas en este país tiene que ser un negocio muy rentable, porque también se impone en las urbanizaciones donde vive la gente blanca. Este factor hace cada noche nos las veamos y deseemos para encontrar un sitio donde acampar, sin pagar y sin que nadie nos inoportune a media noche.

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Formaciones de arenisca de Bourke’s Potholes, Blyde River Canyon, Sudáfrica

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Cascada con helechos arborescentes en el mirador del Centinela, Blyde River Canyon, Sudáfrica

Blyde River Canyon con Cristóbal

Blyde River Canyon con Cristóbal

Desde el oriente de Sudáfrica, no podemos evitar cruzar a ese pequeño país, de nombre inverosímil, que es Suazilandia. Mientras sellamos el pasaporte, nos hablan de su rey y de sus 15 mujeres, un número muy bajo en comparación con las que osaban tener los reyes antes en este país. La población suazi vive en suaves colinas, entre campos de caña de azúcar y las romas formaciones graníticas cerca de su capital Mbabane, que recuerdan a la Pedriza madrileña. Como nos encantan las rocas, dedicamos el primer día en Suazilandia para conocer Sibebe, la que es considerada la segunda mayor roca del planeta después de la roca Ulluru en Australia. A diferencia de Ulluru, cuya ascensión ha sido prohibida por respeto a los aborígenes, a Sibebe sí que se puede subir. Tras la ascensión a Sibebe, conducimos de noche hasta la entrada del parque nacional de Nhale. Mientras cocemos algo de pasta para la cena al borde del camino en la oscuridad, unas siluetas con altura humana y plumas se dibujan a lo lejos. Bajamos intensidad al hornillo a la vez que afinamos el oído: – Esas siluetas con plumas hablan entre ellas y vienen para aquí, dice uno de nosotros. Cuando se acercan más, les apuntamos con los frontales y comprobamos que son trabajadores del parque nacional, vestidos de zulús con plumas, y a los que no les hace ninguna gracia que estemos allí. Esa noche acamparemos al borde de la carretera deslumbrados por los vehículos y recordaremos entre camión y camión esa norma tan maravillosa de un viajero, que es buscar el sitio para dormir cuando todavía es de día.

Los cuatro camino de Sibebe, Suazilandia

Los cuatro camino de Sibebe, Suazilandia

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Paredes de Sibebe, la segunda mayor roca del planeta, Suazilandia

A la mañana siguiente, tras una dosis extra de café, entramos al parque nacional donde los mismos zulús de la noche pasada nos reciben sin plumas y vestidos de guarda-parques. Nhale es conocido por su abundante población de rinocerontes blancos, una especie que se está extinguiendo por la afición humana de coleccionar sus cuernos. Durante todo el día recorremos el parque nacional totalmente solos. Mientras descansamos un rato con el vehículo parado cerca de un montón de boñigas de rinoceronte, un grupo de seis ejemplares surge de los arbustos y, a paso firme, se dirige hacia el coche. Ayer nos echaron los zulús y ahora los rinocerontes, pienso mientras asistimos a esta escena tan increíble y a la vez acojonante. A una distancia de un par de metros, los ejemplares se paran, nos miran con esos ojos tan inocentes que tienen y se disponen a aumentar el tamaño de su montón de boñigas. Tras esa labor, desaparecen entre la vegetación y el gris de su piel se funde con las cortezas de los árboles, como el sol con el horizonte en los atardeceres africanos.

Mezcla de estupor y miedo al acercarse los rinocerontes hacia nuestro coche. Uno de esos momentos que jamás olvidaremos. Parque Nacional de Nhale, Suazilandia

Mezcla de estupor y miedo al acercarse los rinocerontes hacia nuestro coche. Uno de esos momentos que jamás olvidaremos. Parque Nacional de Nhale, Suazilandia

Rinocerontes blancos en el parque nacional de Nhale, Suazilandia

Rinocerontes blancos en el parque nacional de Nhale, Suazilandia

Desde Suazilandia continuamos nuestra ruta por el este de Sudáfrica hacia el estuario de Isimangaliso, el mayor estuario de África. Habíamos oído hablar de este lugar por sus excelentes playas sobre el Índico y sus arenales, pero poco habíamos escuchado sobre su vida salvaje. Es por esta razón, por la que en lugar de quedarnos en este lugar una tarde, nos acabemos quedando un par de noches. A lo largo del estuario, de inusitada belleza y frondosidad de vegetación, disfrutamos de la presencia de rinocerontes negros, cebras, antílopes e, incluso, tres leopardos mientras conducimos de noche, a los que deslumbramos con los focos mientras nos miran fijamente a menos de 20 metros. Esta noche echaremos de menos más alambradas, que nos protejan mejor de los leopardos que la fina tela de nuestra tienda de campaña.

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La imponente mirada de los búfalos y el resto de vida salvaje sobrecoge al visitante en el parque nacional de Isimangaliso, Sudáfrica

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Mono de vervet en Isimangaliso, Sudáfrica

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Atardecer con cebras en Isimangaliso, Sudáfrica

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Dunas en el estuario de Isimangaliso, Sudáfrica. Poco después de esta imagen vimos huellas frescas de felinos y marchamos corriendo al coche.

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Playas vírgenes en el Índico en el parque nacional de Isimangaliso, Sudáfrica

Desde las playas de Isimangaliso y el calor del Índico avanzamos por la costa hasta Durban, ciudad en la que celebramos el cumpleaños de Josu con una pescadilla frita y unas samosas indias y, es que, Sudáfrica cuenta con una importante población india. De hecho, el propio Gandhi vivió su juventud en Sudáfrica.

Sudáfrica puede presumir de su gran variedad climática y de paisajes y, de entre ellos, la cordillera de Drakensberg es la embajadora de la montaña de este país. Dentro de esta cordillera destaca el Royal Natal National Park, por albergar grandes paredes de arenisca naranja entre las que se encuentra el salto de agua de Tugela, de casi un kilómetro vertical. Solamente el salto del Ángel en Venezuela le supera en longitud. Cuando entramos en el parque nacional, en la puerta de entrada nos advierten de que el salto está seco y que tan solo unos pocos días a lo largo del año baja agua, suponemos que para seguir manteniendo el título de segundo mayor salto de agua del mundo. Aun así, este parque nacional es un excelente destino para caminar por montaña en un entorno muy salvaje y espectacular. Nosotros optamos por la ruta del cañón de Tugela, que avanza hasta cerca de la base del salto de agua. Desde las frías aguas del río Tugela y un kilómetro más arriba, la vista intuye un país de montañas y pastos bravos, de pastores recios cubiertos de mantas y de poblados de barro y techos de paja, un país llamado Lesotho. Esta será nuestra siguiente parada.

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Parque nacional de Royal Natal, donde discurre el rarísimo salto de agua de Tugela, de casi un kilómetro de altura, Sudáfrica

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Parque nacional de Royal Natal, Sudáfrica

 

2 comentarios en “Este de Sudáfrica y Suazilandia

  1. Acabo de leer vuestro Block y me ha resultado interesantisimo pues os he visto pasar de un país en el que todo os ha ido más o menos con una buena situación a otro que no tiene nada en común pues vivir de la manera en la que ahora estáis tan en contacto con la naturaleza y ver tanto paisaje tan especial es como perderse y trasladarse con vosotros a ese mundo para desde aquí apoyaos para a todos nos sea más llevadero.Un beso muy fuerte para los dos.Y a esos acompañantes que os lo paséis fenomenal pues hacéis un bonito grupo

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