Si hubiera que elegir un país para comenzar en la costa oeste, al sur de Marruecos, no dudaría un instante en seleccionar Senegal: un país alegre y muy agradable para el visitante. Ya visitamos Senegal en 2017, aunque aquella vez dejamos de visitar Saint Louis, demasiado al norte para justificar el largo viaje de ida y vuelta desde Dakar. Esta vez, siguiendo el sur de la brújula, después de Mauritania, Saint Louis es parada obligatoria para reponer energías después del desierto mauritano.
Saint Louis fue la primera ciudad fundada por los franceses en África Occidental en el siglo XVII, allí en la desembocadura del río Senegal, en una isla entre la costa de arena y el continente. Ahora, esta ciudad, que fue capital de Senegal, tiene varios puentes que unen el continente y la isla y la isla con la playa. Gracias a semejante cantidad de orilla, docenas de enormes cayucos atracan en su costa y la alegran, pintados como están, de colores con los escudos de sus equipos de fútbol favoritos o países a los que les gustaría irse a vivir. En el horizonte del mar brumoso, una nueva ciudad emerge de las aguas como si de la Atlántida se tratase, la gigantesca instalación de extracción de gas natural que desde hace unos años pincha los recursos que los de afuera buscan. Unos pescan peces pequeños y otros pescan peces más grandes, pienso mientras grupos de pescadores arrastran los cayucos fuera del mar sobre troncos de palmeras usados como rodillos al son de canciones al ritmo de los empujones.
La población de Saint Louis vive en la arena, cocina en la arena, come en la arena, friegan con arena, juegan a fútbol en la arena y algunos la usan como vertedero. La arena de la playa es testigo de la vida de San Luis. Espero que no se la lleven, como ya han hecho en varias playas de la vecina Gambia, donde los chinos la están extrayendo y dejando enormes boquetes que se acaban inundando y degenerando en enormes criaderos de mosquitos.





Muchas embarcaciones descargan pescado en barreños de colores, la mayoría peces muy pequeños, que freirán en aceite bien caliente y acompañarán de arroz. Las viviendas del antiguo Saint Louis, en la misma isla, nos recuerdan mucho a las viviendas coloniales de otras ciudades como Santo Domingo o Cartagena de Indias, con esa mezcolanza de colores desgarrados por las lluvias estacionales y los ficus con raíces reptantes por los muros de las viviendas abandonadas. Esta ciudad floreció gracias al comercio de esclavos y sus beneficios dejaron impronta en la arquitectura del lugar. Un anciano toma la fresca en la calle y nos habla de su pasado en Marsella. -Allí trabajé toda la vida y ahora he regresado a la ciudad que me vio nacer, nos cuenta con la calma del atardecer.



Como en nuestro viaje de 2017 por Senegal (que se puede seguir en Senegal, ventana de África) y de 2023 en Gambia (en Gambia, la costa sonriente de África) tuvimos la oportunidad de recorrerlos con calma, el objetivo esta vez es atravesarlos como una etapa ligera hacia los países de más al sur, que todavía no conocemos. Así pues, desde Saint Louis nos dirigimos al puerto de Dakar para comprar los billetes del barco a Ziguinchor, la capital de la región de Casamance, evitándonos el doloroso viaje por carretera hasta esta ciudad. El puerto está demasiado vacío para lo que nos esperábamos, y así comprendemos que algo no va bien. ¿Otra vez el barco está malito?, nos preguntamos en broma. Y, efectivamente, el barco tiene una avería mecánica y quizá en 10 días salga, nos confirman allí mismo. Mentalmente nos dirigimos al larguísimo trayecto entre Dakar y Ziguinchor, que ya hicimos hace años por carretera y nuestro humor se derrumba. Minutos después llega nuestra amiga Femi al puerto. Femi vivió varios años en Logroño y trabajó con mi madre. Ahora ha regresado a vivir a Dakar con su marido, donde ambos forman parte de esa generación de senegaleses que se han formado en el exterior y están aportando valor para la mejora de su país: un país que muestra signos de mejoría, aunque solo sea por la gran cantidad de divisas que sus hombres están enviando desde Europa. Ojalá dichas remesas contribuyan al desarrollo del país, y no solo a construirse la casa más grande del pueblo, al estilo indiano. Visitamos la viva playa de Corniche y les acompañamos a comprar algo de comida para la cena todos juntos en su casa.



Durante la cena les contamos nuestra suerte con el barco. -Existe un autobús que atraviesa Senegal y Gambia que os ahorra algo de camino, nos confirma el marido de Femi. – Sí, lo sabemos, pero queríamos evitar ese trance porque sabemos cómo es la policía de la frontera gambiana. – No creo que tengáis muchos problemas, nos dice. Al día siguiente comprobaríamos cuánto se equivocaba. Extranjeros blancos, por un lado, senegaleses y gambianos por otro, extranjeros de países vecinos por otro. De esta forma de segregación, como animales en subasta, vemos cómo cada cual tiene su precio y los policías carroñeros gambianos se van repartiendo el botín. Nos negamos en banda. El resto de los pasajeros ya han abonado su tasa con resignación y nos esperan subidos en el autobús, junto con nuestras mochilas que descansan en su bodega. A nosotros nos ha subastado el mismísimo jefe de policía y nos pide unos 12 euros por persona. – ¿Nos haces factura?, le pregunto con sorna. El conductor del autobús pita la bocina con prisas. Ni recurrir al fútbol español, ni a que nuestro tío es un tal “Muhammad Soleimi”, ministro de Gobernación de Gambia y que no le gustaría saber de esto, funcionan. Ya se sabe que las prisas son siempre malas en una negociación y no tenemos más remedio que pagar la mordida o perder el autobús. -Menos que el maldito peaje a Bilbao o Zaragoza, nos decimos, mientras subimos al bus.
Horas después estamos en Ziguinchor, con nuestra tienda de campaña montada, varias barras de pan recién horneadas bajo el brazo y una cerveza fresca en la mano. Mañana cruzaremos a Guinea Bissau, ¡mañana empieza la salsa!










