Brasil

En los viajes se aprenden muchas cosas, pero rara vez el objetivo de un viaje es aprender. Esta fue una de esas excepciones.

Desde hace un año trabajo para una empresa multinacional del aluminio que se dedica a su producción; cubriendo desde la operación de las minas de bauxita, hasta su refinado en forma de óxido de aluminio y su posterior fundición en forma de lingotes. Me encargo de calcular la huella de carbono y otros indicadores medioambientales de los distintos materiales que producen a nivel global y esta vez me toca visitar Brasil, un país al que discretamente solo había entrado una vez y durante un solo día, para ver Foz de Iguazú, la orilla opuesta de las cataratas de Iguazú. Los recursos naturales de Brasil son ingentes: metales, petróleo, piedras preciosas, diamantes, madera, energía hidráulica, gas natural, tierras de pasto y un largo etcétera de industrias. Este viaje seguirá el recorrido del mineral de bauxita hasta el metal en forma de lingotes, un metal que usamos en nuestro día a día para nuestros coches -en un coche de combustión interna son necesarios más de 100 kilos de aluminio, cantidad que se duplica en un vehículo eléctrico-, para los cables de las líneas de alta tensión, para las ventanas de nuestras casas, en la potabilización del agua de todos nuestros hogares y hasta para el anagrama metálico de los billetes de euros.

Comenzaré el viaje visitando la mina de Juruti, aguas arriba de Santarem, en pleno río Amazonas. Después de un largo viaje en avión compartiendo conversación con el responsable de proyectos de descarbonización de la petrolera Total, ambos en el mundo del carbono, ambos trabajando en la descarbonización del selecto grupo de las industrias más emisoras, ambos inquietos viajeros y ambos volando en business, -pequeñas contradicciones de nuestra ocupación-, descanso unas horas en Santarem antes de tomar el barco de los trabajadores de la mina que lleva a la población de Juruti, a unas 3 horas y media en barca rápida, o a una larga jornada en barco normal. Precisamente el día que llego a Santarem El País publica un reportaje sobre la deforestación masiva generada por la agricultura extensiva de soja y maíz en el estado de Pará, almacenados en los enormes silos del mismo puerto donde estoy, con los que ilustran el artículo. Cerca de dichos silos se encuentra el bullicioso mercado del pescado, donde venden los peces recién capturados del mismo Amazonas, muchos de largos bigotes y formas extravagantes. Los despojos y otros peces menos afortunados para la venta los lanzan al agua donde los «botos» en Brasil, «toninas» en Colombia o delfines rosados de agua dulce se encargan de procesarlos rápidamente. La turbidez del agua solo permite disfrutar de estos animales legendarios cuando saltan por encima de la superficie. Ya los había visto en San José del Guaviare en la selva colombiana, a muchos días de navegación de aquí, cerca por cierto de donde se cayó el avión con los cuatro niños indígenas que sobrevivieron 40 días antes de su rescate. Al fondo están atracados varios buques mercantes de talla Panamax, lo suficientemente pequeños, entre comillas, para poder cruzar el canal de Panamá, y lo suficientemente grandes como para sorprenderte enormemente al verlos en un río, no un río cualquiera, el Amazonas. Quizá alguno de estos barcos venga de la mina pienso mientras me dirijo a la barca rápida.

Delfines rosados de agua dulce desde el mercado del pescado de Santarem

-¿Wifi, almuerzo, café caliente, mesas para trabajar? Debo confesar que cuando me imaginaba surcando el Amazonas, mi mente lo imaginaba al más puro estilo Francisco de Orellana, -una de las aventuras épicas más infravaloradas de nuestra historia nacional, la de recorrer el Amazonas-, o al estilo de ese par de hermanos de Bilbao que conocimos en uno de nuestros viajes, cuyos nombres no recuerdo ya, que pretendían recorrerlo desde un afluente en Ecuador hasta su desembocadura con una canoa de madera comprada por 100 dólares, un único anzuelo y unos cuantos libros gordos, pero nunca con estas comodidades del siglo XXI. El Amazonas no es lo que era pienso entre café y café, haciendo una videollamada de trabajo con Europa y surcando a contracorriente un curso de agua inimaginable en otros lugares. Vamos esquivando cada cierto tiempo barcazas de cientos de metros de eslora cargadas de bulldozers, excavadoras, camiones de áridos y un largo etcétera de maquinaria pesada. ¿Vamos a la guerra, o vamos hacia una de las últimas fronteras de un planeta, cuyos límites sin transformar se van reduciendo a parches con título de Reserva o Parque? Llegamos a Juruti de noche. Esta población, que hace un par de décadas era más bien un poblado de pescadores, ha ido creciendo al calor de la mina y alberga ya todos los servicios de una ciudad de provincias: hospital, hoteles, restaurantes, salas de fiesta y un ritmo de vida auspiciado por unos sueldos muy por encima de lo normal. La próxima semana trabajaré en la mina conociendo cada uno de los procesos de la mano de  de sus responsables: el frente de extracción, el transporte al centro de procesado, el procesado del mineral, el transporte al puerto y la gestión de los residuos. Varios miles de trabajadores son necesarios para mantener la mina funcionando y todos nos agrupamos en varios comedores inmensos a la hora de comer. Una mina es como un barco, el personal más importante es el que se encarga de dar de comer. El sol abrasador, la humedad de trabajar en un lugar selvático y el equipo de protección necesario hacen que bien comidos los engranajes funcionen mejor. La rutina se repite. Salgo del hotel al amanecer y vuelvo al hotel a la caída de la tarde, lo suficiente para hidratarme del sudor del día con una cerveza fría en el puerto, disfrutando de atardeceres de un sol que se esconde en las aguas, unas aguas que se funden con el cielo. Los delfines rosados rompen este matrimonio para respirar cada pocos minutos. Al fondo, el barco de pasajeros de Manaos suena su bocina, es hora de embarcar de nuevo. Me siento espectador de este mundo y esta vez soy yo el que se queda en puerto.

Barco de pasajeros de Manaos, puerto de Juruti

Durante la visita a la mina coincido con un grupo de estudiantes de doctorado de Sao Paulo, que centran sus investigaciones en la cuantificación de los impactos de la mina en el medio y en la sociedad: algo bastante cercano al motivo de la razón de este viaje. Gracias a esta oportunidad les puedo acompañar en algunas de sus incursiones hacia los alrededores de la mina de bosque primario, donde tienen algún punto de control y también a visitar alguna población de colonos recién asentados en lo que hace unos meses era bosque primario. Sin justificar la minería en una región así, la deforestación y quema de bosque debidos a la agricultura y la ganadería se llevan la medalla de oro en el estado del Pará. Es lamentable ver a una familia malviviendo con una docena de vacas en una extensión de varios miles de hectáreas que hace meses era selva y que ellos mismos quemaron. Mientras la mina reforesta todas las áreas de minería inmediatamente después de su actividad, tiene protocolos de seguridad y salud y cumple con multitud de exigencias ambientales, la mina también permite una calidad de vida elevada en unas fronteras delimitadas. Pero para la agricultura y la ganadería del estado de Pará es como lo calificaba el artículo de El País, el lejano oeste de 2024, sin fronteras a la vista y con títulos de propiedad obtenidos con el pedernal del mechero.

Atascados en el barro durante la visita a un punto de control fuera de la mina
Angelim, uno de los gigantes en la Amazonía, hoy muy demandado por el comercio ilegal de la madera en el estado de Pará, los árboles los marcan con chapas metálicas antes de talarlos ilegalmente, este ejemplar tenía chapa

Tanto frecuentar el puerto hace que no me pueda resistir y acabe alquilando una barca con motor después del trabajo. El dueño de la gasolinera flotante, a la que se accede caminando como un funambulista por tablas sobre el río, me presta su caña de pescar. -Te la presto pero tráeme la cena, me dice con una sonrisa. – Marcelo, el dueño de la barca me llevará a conocer varios de los ramales del Amazonas, allí donde podremos capturar alguna buena pieza. Tras un buen rato intentando infructuosamente pescar con la caña, imito a Marcelo pescando con una bobina de hilo en la mano y usando el brazo como caña. Solo así las capturas comienzan a saltar en la cubierta de la barca, de largos bigotes y ojos casi inexistentes. Usamos trozos de otros peces como cebo, que las pirañas frecuentemente limpian del anzuelo sin caer en él. Ni el sol ni los mosquitos amedrentan un fin de jornada que culmina entregando estos peces a los reyes del río, los delfines rosados. La siguiente parada será Sao Luis, en la costa Atlántica. Desde el aire cientos de miles de hectáreas humean. Si cada hectárea de este bosque emite unas 50 toneladas de dióxido de carbono almacenado en el suelo durante milenios y otras 200 toneladas en forma de madera quemada, llama la atención que en 2025 Belem, la capital del estado de Pará, uno de los más castigados por estas actividades, albergue la cumbre climática COP30. En realidad, no es tanta sorpresa considerando que la anterior fue en Dubái.

De pesca en el Amazonas
Palafitos en el Amazonas
Baño en el Amazonas a su paso por Santarem, véase la anchura del río, cuya otra orilla no se alcanza a ver

Llego a Sao Luis en fin de semana, el mejor momento para conocer esta ciudad y entender por qué razón es una de las ciudades más festivas del país. Su centro histórico, decadente pero hermoso, y la visita, barco mediante, a la localidad de Alcántara, al otro lado de la bahía, me sirven para encontrarme con un Brasil muy diferente al del Amazonas. La bahía de Sao Luis tiene una de las mayores mareas del mundo, razón por la que atravesando la bahía en barco nos quedamos encallados en los bancos de arena, nada que, esperando unos minutos a la marea, no solucione el propio mar haciéndonos flotar de nuevo. Tanto Alcántara como Sao Luis fueron puertos portugueses y hoy albergan a una inmensa flota de buques mercantes fondeados frente a la playa, esperando a que les den luz verde para entrar al puerto, limitado por el hecho de que la carga y descarga de los mismos debe producirse en marea alta, para así no bloquear el paso de otros barcos. La próxima semana visitaré la refinería, donde se transforma la bauxita de Juruti en óxido de aluminio, también conocido como alúmina, un polvo blanco como la harina. En las mismas instalaciones también conoceré el proceso de electrólisis, por el cual se rompe el óxido de aluminio mediante electricidad a chorro – cada kilogramo de aluminio necesita 15 kilovatios-hora de luz, es decir, tanta electricidad como dejar el horno de casa encendido durante 15 horas, generando aluminio líquido, que luego se moldeará en lingotes listos para la venta. Las instalaciones son bestialmente grandes y las cifras de producción, más de 300.000 toneladas de aluminio al año, dan una pequeña idea de los volúmenes empleados.

Sao Luis de Maranhao, una de las ciudades más festivas de todo Brasil
Ruinas de Alcántara, la ciudad colonial en la otra orilla de la bahía de Sao Luis

Terminando la semana de trabajo en Sao Luis me queda el fin de semana, que dedico a conocer el cercano parque nacional de Lencois Maranhnenses, un inmenso campo de dunas de más de 100 km de largo con cientos de lagos, que durante las lluvias se convierten en una paleta de hoyos turquesas, verdes y negros. Mi idea consiste en recorrer el campo de dunas de sur a norte, desde Atins a Santo Amaro, en total unos 85 kilómetros, caminando por la blanca y suave arena. Sobre el papel a cuarenta y pico kilómetros por día. El papel lo aguanta todo. Voy ligero, dejé la ropa y equipo de trabajo y el portátil en el hotel de Sao Luis y la mochila del portátil me sirve para lo importante: tres botellas de litro y medio de agua, dos latas de sardinas, un paquete de galletas, una toalla ligera por si tengo que dormir a «pelo», dos teléfonos con la aplicación Maps.Me (GPS), camisa de manga larga blanca de trabajo para protegerme el pescuezo del sol, gorra y zapatillas de correr por monte. Hay quien recomienda hacer la travesía en sandalias, o incluso descalzo, pero no confío en caminar tantos kilómetros en arena suelta sin tener algo más protegido el arco del pie para evitar una fascitis. Así comienzo la travesía a buen ritmo. La orientación es prácticamente imposible al perder rápidamente cualquier tipo de referencia y las huellas desaparecer de la arena con el viento. Además, al estar en el Ecuador el sol solo ilumina la cabeza convirtiendo la sencillez de Este-Oeste, y por consiguiente Norte-Sur en algo inútil. Uno de los GPS no se actualiza mientras el otro parece que me sigue acompañando. Mantengo la tónica de descalzarme al atravesar cada uno de los muchos lagos que atravieso, -más de 40 seguro-, cuya profundidad varía entre la rodilla y el pecho, para así mantener el calzado seco y evitar que la arena se pegue más y se convierta en lija. No existe un camino como tal, y los lagos y las dunas se mueven como el viento, razón por la cual los tracks de GPS que alguien siguió en el pasado nunca coinciden por donde la razón invitaría a caminar hoy. Me tropiezo con un par de grupos de caminantes, ambos con guía, los cuáles me miran como si fuese un espejismo -caminante solo, vistiendo camisa blanca de trabajo con el cuello levantado, bañador, con mochila del colegio y que dice que viene caminando desde Atins, ¿no te perdiste? Es la pregunta que me hacen. Así poco a poco termino la primera jornada en un pequeño oasis de vegetación, donde viven cuatro familias que alquilan hamacas y preparan la cena y el desayuno. Afortunadamente tienen también placas solares con las que antes de pensar en ducharme y cenar me dedico a cargar los teléfonos para poder utilizar el GPS al día siguiente. Luego charlo con otros caminantes, antes de caer rendido en la hamaca, que me resulta más placentera que la cama del hotel de cinco estrellas de la última semana.

Hidratando los cuerpos antes de comenzar los 85 km en dos días a través de Lençois Marahenses
Lençois Marahenses, una de las caminatas más especiales que he hecho, docenas de lagunas a la vista
Lagunas y más lagunas preciosas que atravesar a lo largo de la travesía, no existe camino ni senda, se hace camino al andar
A punto de cruzar una de las lagunas más grandes de la travesía en Lençois Marahenses
Las texturas de la arena y los colores del atardecer son indescriptibles en Lençois Marahenses
Lençois Marahenses, uno de los lugares más mágicos que he conocido

Madrugo mucho y camino a la luz de la luna llena, el sol del día anterior fue terrorífico y lo disfruté por duplicado, el que me daba de lleno y el que se reflejaba de la arena blanca. Los dos tobillos me molestan un poco por caminar sobre un terreno tan blando y maleable, molestia que irá creciendo durante el resto del segundo día hasta convertirse en dolor. Las vistas del amanecer en las lagunas, los baños que me doy en ellas y los kilómetros van cayendo hasta terminar esta bonita travesía del desierto en un par de días.

Caminando con la luna llena y atravesando más lagunas de noche
No es el sol, es la luna poniéndose
Amaneciendo en Lençois Marahenses
Buscando la ruta a lo largo de aristas de arena blanca en Lençois Marahenses
Terminando la travesía llegando a Santo Amaro

Solo me falta coger un transporte que me lleve a Sao Luis, recoger las cosas del hotel y tomar un vuelo nocturno hasta Rio de Janeiro, la última etapa de este viaje. Los motivos laborales por los que voy a Río me los guardo para mí, pero también me sirven para conocer una de las ciudades más increíbles que he visitado. Ni Nueva York, ni París, ni Ámsterdam, Río de Janeiro tiene una belleza primitiva, bosques y ríos que nacen y mueren en la misma ciudad, playas preciosas, diversidad, un montón de montañas rocosas y mucho sabor, este último, un ingrediente cada vez más escaso en muchas ciudades. Tengo la suerte de quedarme con Gabriela, su esposo Cid y su hija Mel, quienes me tratan de maravilla y compartir visitas después de trabajar a  la playa de Leblón, Copacabana, subir a Corcovado, el Jardín Botánico, mercados… El último día visito el centro histórico y una de sus favelas, un barrio de trabajadores muy denostado en el exterior, pero lleno de gente humilde y trabajadora. Río es indivisible de sus favelas. Aisladas, casa a casa, las casas de las favelas no son bonitas, pero todas juntas sobre las laderas de los cerros se convierten en algo estéticamente bello.

El viaje se acaba, pienso, mientras camino tranquilamente por esta ciudad, tan salvaje y a la vez amigable. La simpatía de los brasileños no es un mito, es real, Brasil me ha conquistado. Volveré seguro.

Rio de Janeiro desde Corcovado
Con Gabriela en el Cristo Redentor
Jardín Botánico de Río
Jardín Botánico de Río
Atardecer en Río, una mezcla de megaciudad inmersa en un corazón salvaje de roca y selva
Gabriela y su familia increíbles anfitriones!
Paseo por una de las favelas

4 comentarios en “Brasil

  1. Fernando, tu escrita meticulosa y envolvente me lleva a una mirada todavia mas apacionada a mi pais. Gracias por compartir en comomarcopolo sus impresiones y memórias. Gracias por compartir con mi familia tu alegria y sabiduria

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  2. Que bien lo cuentas amigo. Hacía tiempo que no hablábamos, y hoy, tras nuestra conversación sobre Mongolia, he disfrutado con esta crónica y con las fotos tan espectaculares de ese maravillo so desierto.

    Un abrazo

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