Moldavia, Transnistria y Rumanía

Hay pocos países en Europa más extraños que Moldavia y su apéndice ruso de Transnistria. Aterrizamos en Chisinau, la capital del que las estadísticas indican es el país más pobre del continente, cuya renta per cápita apenas llega a los 6.000 euros anuales. El vuelo en el que llegamos desde Madrid roza el 30% de ocupación, y este es uno de los dos vuelos semanales desde España, por cierto, en el pico de desplazamientos de mediados de julio. -Aquí no viene ni el «tato», comentamos, mientras salimos del aeropuerto abofeteados por los 40°C. Un ómnibus de tiempos comunistas con recibo en papel amarillento nos acerca al centro entre bloques de edificios prefabricados grises. La Unión Soviética fue el matrimonio perfecto entre acero corrugado y cemento, el hormigón de una era cuyo legado arquitectónico es indiferenciable entre el extremo oriental de Kazajistán y los barrios obreros de Praga. El hostal que habíamos reservado está ya completo, y nos sugieren que preguntemos en otro más allá. El nuevo hostal al que nos envían solo tiene una «b», la de barato. Un equipo de aire acondicionado vomita el aire caliente extraído del interior a una ventana abierta de par en par con la calle, en uno de esos ejercicios de inteligencia difíciles de entender. Dejamos las mochilas y salimos de allí escopeteados a recorrer la capital.

Parques y terrazas de Chisinau, la poco conocida capital de Moldavia
Catedral ortodoxa de Chisinau, Moldavia

Chisinau sinceramente nos defrauda para bien. Todo lo que habíamos leído era «la capital más fea de Europa», título injusto para una ciudad con jardines muy cuidados, un lago precioso, el Valea Morilor, en el que los locales se bañan plácidamente y un montón de terrazas bien cuidadas, que, quién las tuviera en muchas ciudades de España. Los vehículos de alta gama, Porsches, Ferraris y Lamborghinis, rugen en los semáforos y multitud de chicas de «porcelana», operadas de arriba abajo, acompañan a hombres esculpidos en el gimnasio. ¿En serio este es el país más pobre de Europa, o, acaso, hay quien quizá se esté lucrando del río revuelto de la guerra del país vecino, Ucrania? Un montón de banderas de la Unión Europea lucen en los edificios públicos; en pocos meses serán las elecciones del país y los guiños para que tiren hacia el lado occidental son evidentes. Cenamos en un restaurante en la calle principal; la cuenta, 9 euros para dos personas. Cuesta creer que esto sea Europa en 2024.

Al día siguiente cruzaremos a Tiraspol, la capital de Transnistria: sobre el papel y para la ONU, territorio moldavo y sobre el terreno, uno de esos países como Osetia del Sur y Abjasia, repúblicas independientes solo reconocidas por Rusia. El trayecto entre capitales lo cubrimos en «marsutka», furgonetas, casi siempre Mercedes Sprinter de los 90, en apenas hora y media, eso considerando el paso a pie en la frontera y el visado en papel aparte del lado transnistrio. En el lado moldavo no hay que hacer ningún trámite, como si fuese un símbolo de que en ningún momento te marchaste de una tierra que sigue siendo moldava. El escudo de Transnistria, con la hoz y el martillo y la estrella de la victoria, no dejan lugar a dudas de las reminiscencias de un país que vive anclado en algo que ya no puede ser, como el amor cuando se va. Atravesamos alguna rotonda jalonada por tanques abandonados y puestos de control con militares armados, antes de cruzar el puente sobre el río Dniester, aquel que desemboca en el mar Negro en Odesa. Nos apeamos de la «marsutka» en la avenida principal y visitamos el mercado de Tiraspol lleno de puestos muy pequeños donde cada vendedor está especializado en un producto: miel, frutos secos, melones, sandías, tomates y pescados de río, como esturiones y carpas, también venden caviar. Cambiamos algo de moneda, rublos transnistrios, que, como curiosidad tiene monedas de plástico, con distintas formas y colores, probablemente las únicas monedas de plástico de curso legal, -obviando los tazos que en su día también tuvieron curso legal entre los estudiantes de primaria. Así llegamos a nuestro hotel «boutique» ambientado en tiempos soviéticos. La recepción es también una agencia de viajes y nos toca esperar un poco a que la recepcionista venda un viaje a Benidorm, ante la mirada de un par de bustos de Stalin y Lenin y banderas comunistas. Los jefazos de antes se lo montaban bien en el Mar Negro, ahora sí que sí el pueblo lo disfruta en el Mediterráneo. Pregunto por los pasaportes de un país no reconocido. – Lo tenemos fácil, tiramos de la familia de Moldavia si queremos un pasaporte moldavo, o de Ucrania si lo queremos de allí, o de Rusia…

Plaza de las repúblicas rusas de Tiraspol, con el escudo de Transnistria, una república pro-rusa escudada dentro de Moldavia
Lenin, hormigón y banderas rusas en Tiraspol, capital de Transnistria
Monumento a los caídos en la guerra de independencia de Transnistria de Moldavia
Tanques por aquí
y tanques por allá, en Transnistria, uno de los territorios más peculiares del continente europeo

Tiraspol es una auténtica ciudad soviética, con monumentos a los caídos en sus grandes guerras y en las guerras más recientes como la última contra los moldavos entre 1990-1992, por la que consiguieron su independencia sui géneris. Las banderas rusas ondean en muchos edificios públicos e incluso una plaza está dedicada a todas las repúblicas «independientes», dependientes de Rusia, como las mencionadas anteriormente. Tomamos un ómnibus, al cambio 8 céntimos de euro, para visitar Bender y la fortaleza de Tighina, el lugar más histórico y probablemente turístico de este pequeño y desconocido país. Construido en el siglo XV y conquistado por Suleimán El Grande de Turquía, fue destruido y levantado de nuevo en piedra y madera por los turcos. Comemos en un restaurante ambientado en tiempos soviéticos y hacemos lo propio también por la noche en un bar con música en vivo, ambientado con todo tipo de electrodomésticos de la época soviética. Un enorme busto de Lenin da la bienvenida al local y charlamos con su dueño, un emprendedor que ha encontrado en los pocos viajeros que vienen aquí atraídos por la rareza de este territorio su nicho de mercado. – Luego viajo a Ibiza durante los meses de invierno, nos confiesa. En la calle, tres viajeros checos de apenas 20 años celebran su recién conseguida libertad a base de chupitos de vozka ruso con un par de mujeres de unos sesenta con el pelo rizado al más puro estilo soviético. La línea entre la realidad del lugar y la imagen de este territorio es algo complicado de entender, más en un tiempo en el que detrás de la polaridad no hay ideales sino economía.

Edificios soviéticos de Tiraspol, capital de Transnitria
Papel higiénico soviético en Tiraspol, este mismo se puede encontrar en otras ex-repúblicas soviéticas, por cierto bastante áspero y recio
Rublos transnitrios, las monedas son de plástico
Restaurante en Tiraspol, Transnitria

Desde Tiraspol tomaremos otras «marsutkas» para volver a territorio oficial moldavo en Comrat, e ir dirigiéndonos hacia el sur del país atravesando la región de Gagauzia, otra región muy peculiar por su cultura de origen turco. La furgoneta no tiene aire acondicionado y el termómetro marca 44°C mientras vamos recorriendo un paisaje monótono de  llanuras de cereales y girasoles, abrasados por el sol, y algún que otro cerro con campos de otrora frutales y viñedos abandonados. – Probablemente quien los cuidaba emigró, comentamos. La «marsutka» para frecuentemente en pueblos de casas humildes, unas cuantas de ellas abandonadas también. La temperatura es difícil de manejar, la luz blanquecina por la ola de calor y los paisajes sobrios nublan nuestra motivación por buscar un lugar donde dormir. Charlamos con alguno de los pasajeros de la marsutka, que chapurrean español y nos hablan de la gran emigración de esta zona del país. La agricultura extensiva y los bajos salarios han hecho que el cruce a Rumanía y, por ende, al resto de la Unión Europea, sea demasiado apetecible. Así llegamos a Vulcanesti, la última ciudad de Moldavia antes de la frontera con Ucrania y Rumanía, a unos 40 km. Desde aquí no conseguimos encontrar un transporte público que nos acerque a la frontera. Durante casi dos horas intentamos hacer autostop, a turnos sentados sobre el bordillo de la cuneta, sin éxito. Probablemente la cercanía con Ucrania ha vuelto más desconfiada a la población general y, ni siquiera tenemos suerte entre los camioneros. Finalmente negociamos con un taxista. – 30 euros a la frontera por 40km. Es claramente demasiado, pero 44°C justifican el verso de Sabina: «era la hora de huir».

Legado soviético en el sur Moldavia, todavía hay multitud de estatuas del camarada Lenin
Moldavia ocupa el puesto de país más pobre de Europa y esto aplica principalmente a su mundo rural, allí donde se ha producido una emigración masiva a otros países europeos en los últimos años
Autostop infructuoso durante dos horas a 44ºC en Vulcanesti: la cara lo dice todo

Llegamos a la frontera con la Unión y, como ya sabemos por nuestro cruce entre Turquía y Grecia, no se puede hacer caminando. La oficial moldava nos echa un cable preguntando en la fila de vehículos que esperan su turno para cruzar si alguien nos puede ayudar a cruzar. – Son españoles dice, como golosina para retraer sus recelos. Finalmente, una pareja de rumanos que emigraron a Mallorca, muy amablemente nos permiten cruzar e incluso nos llevan hasta bien entrado Rumanía, a la ciudad de Braila: un importante centro de la industria pesada, a orillas del Danubio. Llegamos a punto de tomar el último transporte hasta Tulcea, el puerto desde dónde conocer el delta del Danubio, antes de que sus aguas se fundan en el mar Negro. Ha sido un día muy largo de transportes y calor abrasador y celebramos la vuelta al capitalismo desaforado en el Lidl a base de nachos y hummus, ducha y aire acondicionado, que no apagaremos en toda la noche. Mañana será otro día.

Atardecer de Tulcea, después de un largo día de viaje en plena ola de calor con una temperatura de 44ºC y sin aires acondicionados

Para recorrer el delta del Danubio merece la pena tomar alguna de las múltiples barcas que recorren la red de canales, lagunas y veredas y, a poder ser en plena ola de calor, una que tenga un buen toldo. El paisaje es sinceramente espectacular y muy salvaje. Los sauces de gran porte y las parras silvestres forman pasillos naturales por los que discurrimos a lo largo de más de 50km. Muchos rumanos pescan en las orillas con tiendas de campaña con las que se protegen de la nube de mosquitos que afloran al atardecer; durante el día, por cierto, ninguno. En las lagunas las garzas, los cisnes y multitud de aves zancudas disfrutan de la protección de los nenúfares en flor: amarillos y blancos. En definitiva, una excursión que nos devuelve a los verdes y al agua que el día anterior nos había alejado.

Recorriendo el Delta del Danubio en Rumanía, la otra orilla del río es ya Ucrania
Ramales, lagunas y lagos forman una red acuática llena de vida
Nenúfares en el Delta del Danubio, Rumanía

De vuelta en Tulcea cogemos las mochilas y continuamos hasta Constanza, el principal puerto de Rumania en el mar Negro. Nos damos un paseo enorme que culminamos dándonos un buen baño en el mar. Desde Constanza al día siguiente tomaremos un transporte hasta Bucarest, y a partir de ese punto, lo que nos queda de viaje será con  la comodidad de un coche de alquiler. Comenzamos poniendo el foco en los salvajes Cárpatos, a los que accedemos desde Bran y su célebre castillo de Drácula. Realizamos la primera toma de contacto con la montaña en el parque nacional de Piatra Craiului. La semana anterior un oso se comió a una excursionista en los mismos bosques y, por qué no decirlo, sabiendo este detalle, se camina más nervioso en estos tupidos bosques de abetos. No solo nosotros, sino los propios rumanos con los que nos tropezamos, en lugar del saludo habitual, nos preguntan constantemente si hay algún oso cerca del camino. La ola de calor se mantiene incluso en las montañas y buscamos zonas lo suficientemente frescas para poder dormir en el coche, abatiendo todo lo que se puede -no mucho por cierto- los asientos del modelo de Toyota más pequeño que hemos visto.

Baño en el mar Negro en Constanza, Rumanía
Castillo de Bran, el castillo de Drácula
Paisajes del parque nacional de Piatra Craiului, Rumanía
Nuestra cama durante el viaje en coche por Rumanía, lo máximo que se podían abatir los asientos

Al día siguiente subiremos por la célebre Transfagarasan, una carretera de montaña levantada en tiempos comunistas llena de curvas de herradura: hoy paraíso de los moteros. Desde el punto más alto de esta carretera, el lago Balea, hacemos una marcha a lo largo del lago Capra con la mente puesta en el monte más alto de Rumanía, el Moldovenau de 2545m. Finalmente, una tormenta que se prepara en apenas media hora, trunca nuestros planes con este monte. Los Cárpatos son ya de por sí muy tormentosos y si a esto se le une la ola de calor, resulta un cóctel explosivo. Es en esta carretera donde vemos a los primeros osos de Rumanía, que aguardan a que alguien les eche algo de comida desde los coches. Con esa libertad truncada a base de hidratos y proteínas fáciles de conseguir, a estos osos les espera un ingrato futuro y serán carne de cañón de los planes del gobierno rumano de reducir la población de osos en más de 500  al año, decisión tomada después de la muerte de la excursionista.

Lago Balea, Transfagarassan, Rumanía
Lago Capra, Transfagarassan, comenzando el intento al pico Moldovenau, el más alto de Rumanía
Lago Capra, Rumanía
Cascada Balea, Transfagarassan, Rumanía
Después de un refrescante baño bajo la cascada de Balea, Rumanía
La carretera Transfagarassan, un paraíso de las curvas
El primero de los osos que vimos
Y ahora la madre con su cría

Desde Transfagarasan nos dirigimos por carreteras regionales hasta Sighisoara, una bonita población donde también se cuenta que residió Drácula. Vamos parando en varios de estos pueblos de la Rumania rural, donde  constatamos la enorme emigración de Rumanía hacia España. Quien más quien menos emigró y se quedó, o emigró y se construyó un «casoplón» como los indianos, a su vuelta. Con la excusa de comprar miel, una mujer nos invita a almorzar en su casa: sus hijos y sobrinos están en Zaragoza, nos cuenta entre rebanadas de pan con miel de su cosecha. Llegamos a Brasov a media tarde. Los teléfonos móviles se sincronizan con la señal de alarma, que saben activar en Rumanía, pero no en Valencia, poco antes de que el cielo se desplome en forma de una buena tormenta. Es mi segunda vez en esta ciudad y a Bea le encantan sus calles cuidadas y su catedral, sus casas de colores y sus terrazas con tanta vida, incluso después de la tormenta.

Rumanía rural, el lechero recogiendo casa por casa la leche en cántaros de zinc
Sighisoara, una de las ciudades más turísticas de Rumanía
Brasov después de la tormenta

A la mañana siguiente subiremos al pico Piatra Mare en los alrededores de Brasov a lo largo de un bosque espectacular de abetos centenarios. De allí continuaremos hacia el este para conocer los volcanes de lodo de Paclele. Estos volcanes son fríos y los forman las emisiones de metano de forma natural al atravesar capas de arcilla y de agua antes de encontrar una fractura en la superficie. Bien en forma de géiseres periódicos, o bien de manera continua, el lodo va brotando por los conos volcánicos antes de solidificarse. Tenemos la buena suerte de llegar al lugar justo al atardecer, donde la paleta de grises del lodo se combina con la de naranjas del cielo. Esa noche, como las últimas, dormiremos en el coche en un aparcamiento con el sonido de fondo de los volcanes.

Volcanes de lodo frío de Paclele, Rumanía
Otro atardecer fantástico en los volcanes de lodo (frío) de Paclele producidos por emanaciones de metano
Volcanes de lodo de Paclele, Rumanía

Desde los volcanes regresaremos a la capital, Bucarest donde devolvemos nuestro vehículo de alquiler y tenemos la primera mala experiencia en este país. La compañía OK Mobility, española, por cierto, con filial en Rumanía resulta ser un auténtico timo. A la entrega del coche, que cuesta 15 euros al día, nos insisten repetidas veces en que contratemos el seguro con ellos a razón de 60 euros al día, algo que rechazamos. El coche que nos entregan tiene docenas de arañazos, algunas cubiertas con pintura de cera. Nos obligan a lavar el coche, que no está en el contrato, so pena de lavarlo ellos a razón de 50 euros. Lo lavamos y al devolverlo, el encargado dice que todo está perfecto menos un arañazo de 3mm al que ha ido derecho en una actuación muy teatral – ¿Cómo es posible encontrar uno nuevo en un coche en el que hay al entregarlo docenas de ellos y alquilar tantos vehículos diferentes? -Todo bien, en unos días os enviaremos la factura correspondiente: que finalmente resulta de 450 euros, básicamente el gasto de todo lo que llevamos de viaje igual a un arañazo que no hemos hecho de 3mm. Menos mal que solemos contratar un seguro complementario al alquiler de coche y que asumió el coste en su totalidad. Conclusión, Rumanía un país que merece la pena visitar y OK Mobility una muy mala opción para alquilar. Nos quitamos el resquemor del alquiler de coche disfrutando de Bucarest, una ciudad que en verano florece con un nivel de vida, que nada tiene que ver con la Rumanía rural, ni con la imagen que este país a veces suscita en el nuestro. Este viaje nos ha acercado a la tremenda diversidad de nuestro continente y a su frontera oriental. Deberemos esperar al milagro de una primavera, ójala temprana, antes de que podamos conocer Ucrania y Bielorusia.

Despidiéndonos de Rumanía con el edificio civil más grande del mundo, el parlamento de Bucarest, ordenado por su dictador Ceausescu

2 comentarios en “Moldavia, Transnistria y Rumanía

  1. Me encantó este escrito. De hecho disfruto mucho leer a los españoles. No sabría explicar porqué pero disfruto mucho como escriben. En fin, muy buenas fotos e interesante recorrido. Alguna vez, quien te dice, pueda ir a Transnitria, pero me queda super lejos (soy de Tucumán, a 16 horas de Buenos Aires en auto). Eso sí, anduvo por Brasov, Sigsihoara y Bucarest… me encantó Rumania, otro lugar al que volvería sin dudas. Una lástima lo que pasó con la excursionista que murió por un oso. También una tristeza lo que les espera a éstos animales…

    Les mando un gran abrazo.

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