Santo Tomé y Príncipe

África implica altas dosis de energía. Comer y dormir regular, transportes con la única certeza del triple de la ocupación permitida, calor, sudor, duchas esporádicas y papeleos de fronteras con requisitos cambiantes como el cielo de Asturias. En definitiva, abundancia de incertidumbre: la cebolla de la tortilla de los grandes viajes. Nos encanta viajar en el África profunda.

Este año nuestras energías se inclinaban por menos cebolla y por ello nos decidimos a conocer dos pequeños países insulares africanos, Santo Tomé y Príncipe, y Cabo Verde. El primero, que recordaré en estas líneas, se encuentra en el paralelo cero, meridiano cero. Punto de aprovisionamiento de agua y de descanso de los navegantes portugueses en su ruta a las especias, este par de islas, Santo Tomé por un lado y Príncipe por otro, no habían conocido población antes de que Joao de Santarem y Pêro Escobar esbozasen una sonrisa de lado a lado, cuando allí desembarcaron entre 1470 y 1471. En un principio intentaron domesticar sus selvas impenetrables con la caña de azúcar, demasiado trabajo comparado con el que se necesitaba en las llanuras brasileñas. Rápidamente vieron la cercanía del Congo y la dureza de su población para trabajar. Así convirtieron a Santo Tomé en el epicentro del negocio más miserable de su tiempo, el comercio de esclavos hacia Brasil y el Caribe. Solo con la abolición de la esclavitud, se redescubrió la riqueza de las tierras de este par de islas volcánicas para el café y el cacao, en forma de grandes haciendas llamadas Roças. Una vivienda central con una inmensa puerta para los propietarios, una vía de tren para transportar vagonetas desde los cultivos atravesando la vivienda de lado a lado, como si fuese necesario constatar desde el salón los kilos de café y cacao recogidos ese día, y barracones para los trabajadores, cientos o miles según la Roça: en definitiva, un pequeño Estado regido por un inmenso reloj y una campana y, suponemos, mano dura, que funcionó hasta la independencia de Portugal.

Llegamos a Santo Tomé desde Lisboa en vuelo directo. Ya desde el aeropuerto el calor y el olor dulce nos reciben con los fogonazos de alguna tormenta demasiado cercana. Como algo natural hacemos autostop en la Toyota Hilux de unos cooperantes. La lluvia no se hace esperar y nos descarga mientras llegamos al hotelito de la capital donde dormiremos las dos primeras noches. La lluvia cae tibia, recién exprimida del océano ecuatorial y la ciudad se sume en la oscuridad. Nos ponemos la ropa de faena, pantalones descoloridos del sol y sandalias roídas de docenas de aventuras. Desconfía del que viaje por África de punta en blanco: algo esconde. Llegamos a un garito por el simple hecho de que es el único lugar iluminado gracias a un generador, donde tienen dos elementos muy importantes en ese momento: comida caliente -de clara influencia portuguesa- y cerveza local sin etiquetar, más barata que el agua. El buen rollo y la tranquilidad son palpables, el ritmo de la gente, como el de la música que suena, verano en febrero… Apenas llevamos unas horas y ya hemos comprendido que será un viaje genial.

A la mañana siguiente el sol brilla y recorremos la ciudad con la misma calma que los vecinos. Los edificios podrían ser sacados de Alfama en Lisboa, o de cualquier otra colonia portuguesa. Los niños saltan al mar desde los restos de un barco semihundido. Varios hombres adultos cagan en el mar mientras algunos perros esperan tranquilamente a procesar sus desechos. Una multitud de mujeres vende frutas en las esquinas y una legión de moto-taxis recorre la ciudad como avispas.

Malecón de Santo Tomé
Malecón de Santo Tomé, con el edifico presidencial (rosa) en el fondo

Al día siguiente tomaremos el único avión a la isla de Príncipe, de hélice y para unos 15 pasajeros. Mientras sobrevolamos esta pequeña isla nos damos cuenta del paraíso que estamos a punto de conocer. Apenas una cuarta parte de la isla está transformada por el hombre, el resto es pura selva impenetrable y playas de arena color marfil. En este aeropuerto hacemos autostop en un tractor, y así de bien montados llegamos a su capital, San Antonio, con una población de apenas 1300 habitantes. Nos tiramos un buen rato tratando de alquilar un vehículo, en el único hostal que encontramos, sin éxito. Por ello, y ya un poco a la desesperada hago la señal de parar a un señor mayor en un viejo Suzuki Jimmy, que para literalmente en medio de la carretera. Directamente le pregunto en español si nos alquila su coche durante tres días. Sin mediar palabra aparca en la cuneta, se baja del coche y me da la llave. ¿Cuánto es? ¿Cómo hacemos? ¿Dónde te lo devolvemos? Cuando arrancamos el vehículo comprendimos la felicidad del buen hombre al desprenderse de su carro de combate. La primera y segunda no entran, la marcha atrás unas veces no y otras tampoco y se cala misteriosamente en las bajadas, complicando las frenadas. Evaluamos nuestras posibilidades. -En verdad son pocos kilómetros, dice uno. -En verdad no hay mucho tráfico, dice el otro. -En verdad sabemos lo que es conducir cascarrias de casi 40 años. Con autocomplacencia llegamos a Banana Beach, la que podría ser una de las playas más bonitas que hemos conocido. Limitando el turismo de la isla al avión de hélice, Príncipe es una de las grandes perlas de África.

A punto de tomar el avión para Príncipe
Autostop desde el aeropuerto a San Antonio, la capital de Príncipe
Playa Banana, isla de Príncipe
Playa Banana, para nosotros una de las playas más bonitas que hemos conocido

La isla tiene varios resorts de ultra lujo sin apenas clientes, ubicados en antiguas Roças. Concretamente en la Roça de Sundy, en esta misma isla, en 1919 se pudo probar por primera vez de forma experimental la teoría de la Relatividad de Einstein, al comprobar que durante un eclipse lunar se desviaba la posición visible del sol. Esa primera noche acampamos en el porche de la escuela de los hijos de los trabajadores de esta Roça, relativizando nosotros también la comodidad de sus habitaciones frente a nuestras colchonetas. Hoy estos hoteles de lujo están prácticamente vacíos e invitan a pensar que este pequeño país, alejado totalmente de los focos internacionales de control, pueda servir de blanqueo de otros negocios en el continente. Eso, o que sus dueños quieran tener hoteles vacíos no rentables para su disfrute ocasional. Lo bueno es que incluso nosotros, con nuestro carro de combate podemos entrar a estos lugares, tomar algo entre su reducido público de una o dos parejas, cargar los teléfonos y así esperar a que bien entrada la noche la temperatura ambiente baje del umbral de los 30ºC, lo mínimo que recomienda la inteligencia para dormir acampando o en el coche abatiendo los asientos. Del lujo al carro, non-stop.

Atardecer desde la Roça Belo Monte, isla de Príncipe

El segundo día en Príncipe lo dedicamos a conocer las increíbles y completamente solitarias playas Praia Macaco y Boi, esta última nuestra preferida de Príncipe. El esnórquel con el fondo de arena clara y sus rocas volcánicas y el fondo de pantalla selvático con aves tropicales y monos, la tranquilidad de una playa africana sin mosquitos voraces, la temperatura del agua, la tranquilidad de la población local, la ausencia de otros turistas, ni las playas de Seychelles, ni las del Caribe se han aproximado a las sensaciones que nos transmitió la costa de Príncipe. La población vive tranquila, en pequeñas viviendas de madera y techo de lámina metálica oxidada por el calor y la sal, rodeados de gallinas, cerdos, perros y gatos.  Entre los pocos turistas que vemos en Príncipe, repetidores anuales de esta isla, concuerdan que, quizá el viejo y pequeño avión de hélice sea la mayor defensa de esta joya en los tiempos del turismo de masas. La segunda noche acampamos en un campo de fútbol de hierba usando la tienda como mosquitera. Lo que era una maravillosa noche estrellada se convierte en una noche de tormenta. “Desacampamos” con prisas y volvemos a la carretera principal, donde “maldormiremos” en el coche en un campo de cacao, previendo que el camino de tierra y piedras hasta nuestro lugar inicial de acampada sería demasiado para nuestro vehículo ante un diluvio tropical. De una forma tan tonta como esta me dejo el saco de dormir en el campo de fútbol, aquel que me arropó durante varios cientos de noches en África y Sudamérica. No me daré cuenta de este pequeño detalle hasta que estemos de vuelta en la isla de Santo Tomé, obligándome a dormir muchas del resto de 20 noches a “manta” rapiñada del avión, solo un punto por encima en decencia a robar papel higiénico.

Costa de Príncipe, playas sin turistas, agua a 30ºC y población local súper cariñosa
Casas de campesinos del cacao. La abundancia de lluvias hace que muchas de las viviendas sean palafitos
Volviendo de la fuente para ayudar a la familia en una finca de cacao. Véase el tamaño de los potos salvajes enredados en los árboles
Costa salvaje de Príncipe, una de las joyas del continente africano
Pitones de roca en Príncipe, aproximaciones selváticas de varios días, aventura asegurada
Playa Boi, nuestra playa preferida de Príncipe

De vuelta en Santo Tomé paseamos por el centro y esta vez en lugar de buscar nosotros un coche como en Príncipe, el coche nos buscará a nosotros. Un hombre nos ofrece un coche de alquiler, también un Suzuki Jimmy, al que hacemos un test inicial: meter primera, marcha atrás y aguantar medio kilómetro sin calarse. Superada la prueba negociamos el precio y de una forma tan poco habitual en la aburrida Europa nos encontramos dando la vuelta a la isla: bueno, casi la vuelta, porque no terminaron la carretera circular y solo se puede recorrer el 80%. Comenzamos por el mercado de la capital y seguimos por la Roça de Agostinho Neto, una de las mayores del país, donde una buena parte de la población malvive entre los muros del que fue el hospital de esta hacienda. La carretera va recorriendo la costa entre poblaciones de pescadores y montones humeantes donde se sigue produciendo carbón vegetal, usado para cocinar. Charlando con alguno de los ancianos de estas Roças, que conocieron los tiempos coloniales, recordaban con cariño cómo de bien funcionaban estas haciendas, -se trabajaba duro, pero los niños estudiaban, teníamos hospital y comíamos bien. Incluso venía gente de Cabo Verde a trabajar en Santo Tomé, porque las condiciones eran mejores. Con la caída de este sistema, cada uno tenemos un pedazo de tierra pequeño, café o cacao, igual nos da porque no nos da para vivir, nos cuentan. Obviando otros factores como el deterioro de la agricultura como actividad económica a lo largo de este mismo periodo y las ineficiencias del paso de latifundio a minifundios, el colapso de los sistemas económicos -que antes permitían una cierta prosperidad, más para unos que para otros- durante los periodos postcoloniales, esta es una realidad común en muchos países africanos.

Mercado de Santo Tomé
Mercado del pescado de Santo Tomé
Con nuestro flamante Jimmy en Santo Tomé
Preparando carbón vegetal en condiciones de humedad máxima.

La isla de Santo Tomé tiene una red de senderos, que marcaron en su día y que hoy requieren de buen olfato, GPS y cierta dosis de aventura porque se han ido cerrando de vegetación y por algún corrimiento de tierra. Recorremos el sendero hasta la cascada Ngolar que incluye pasar caminando por el agua de una acequia que atraviesa la montaña de lado a lado iluminados por los teléfonos. Nos preguntamos si habrá sanguijuelas en el agua y así como el que no quiere la cosa aumentamos el ritmo. Charlamos con un agricultor de cacao, el cual nos cuenta los problemas a los que se enfrentan también allí: cosechas mermadas, costes en aumento y precio para el agricultor igual que hace 20 años, nos suena cercano le decimos. El cacao de Santo Tomé está entre los mejores del mundo, pero a efectos del mercado es cacao, sin apellido, y para su desgracia, el precio del cacao se fija a muchos kilómetros de allí, en la bolsa de Chicago.

La flor y el fruto del cacao. Buena parte de los campos de cultivo de Santo Tomé son de cacao
Cascada de Ngolar, isla de Santo Tomé

Continuamos la vuelta por la isla, donde el buen día de sol que tenemos anima a miles de personas a hacer la colada y a lavarse también en los ríos. Montones de prendas coloridas se secan en las orillas de los ríos mientras las mujeres cuidan de las mismas como si fueran su rebaño. Aprovechando el sol nos damos otro buen baño en el Lago Azul y nos comemos un pulpo a la brasa con vinagreta de coco, que preparan en unos chiringuitos al borde de la carretera. A la caída de la tarde, procesiones de mujeres con sacas de ropa, ya limpia y seca caminan de vuelta a sus hogares por las cunetas.

Día de colada en Santo Tomé
Niños pescando a sedal bajo un puente

Esa noche llegamos a Monte Café, otra hacienda gigante que hoy en día alberga a una buena población en torno a distintos cultivos: tomates, zanahorias, patatas, plátano y, como no, café. Desde este mismo punto intentamos hacer una incursión al pico Santo Tomé de 2024m, un desnivel bastante considerable con la temperatura y humedad reinante, y, sobre todo por el estado del sendero del que tenemos información. Cuando llevamos varias horas caminadas y viendo que la cumbre estará completamente cubierta, decidimos retroceder sobre nuestros pasos y renunciar a la cima. A cambio, la costa está bastante despejada y nos permitirá conocer San Juan de Angolares y el Cao Grande, frecuentemente tapado por las nubes y uno de los símbolos de este precioso país que se levanta por encima de una inmensa plantación de palma africana, para producción de aceite de palma.

Salazón de pescado cerca de Lago Azul
Formaciones basálticas de San Juan de Angolares
La molienda del maíz en la Roça de San Juan de Angolares
Hospital abandonado y ocupado por familias en la Roça de San Juan de Angolares
Niños con sus canoas de bambú

Llevamos a un hombre haciendo autostop, que trabaja en la misma plantación de palma, que nos explicará cómo acercarnos más al Cao Grande. También él nos ayuda a conseguir gasolina en un poblado de trabajadores de la plantación. Meten un embudo de plástico en el depósito y utilizando cantimploras de cristal de 5 litros van alimentando al Suzuki trago a trago. Las gasolineras en este parte de la isla son así, todo se mide en función de las cantimploras utilizadas.

El Cao Grande, el tótem de roca más célebre de Santo Tomé y Príncipe
Cao Grande

Poco a poco la carretera se va convirtiendo en una pista de piedras y socavones. Cuando llegamos al hotel de Praia Inhame cercano a Porto Alegre, donde pretendemos dormir en el coche descubrimos dos cosas: una que uno de los neumáticos se acaba de pinchar por el “pschhh” que desprende y dos, que si pretendíamos ser discretos durmiendo en el coche en las instalaciones del hotel, la discreción no va a ser posible. El guarda del hotel nos ayuda a cambiar la rueda y finalmente nos invita a que aparquemos y durmamos allí mismo, porque así él podrá cuidar de nosotros esa misma noche. Por la noche vemos una tortuga recién nacida en la playa y al día siguiente exploramos las playas cercanas de Praia Piscina y Jalé, dándonos un pedazo de chapuzón en el mismo amanecer. Escribiendo estas líneas me doy cuenta de que la memoria es selectiva y mientras recuerdo el chapuzón al amanecer, la mente oculta por qué razón al amanecer ya estábamos metidos en el agua. Es difícil explicar el calor que se pasa durmiendo en un pequeñísimo Suzuki Jimmy con temperaturas mínimas de 28 grados y la humedad reinante y con las ventanillas subidas para evitar la nube de mosquitos. Sea como fuere, esta parte del país alberga las mejores playas de esta isla que vamos catando una a una para refrescarnos. La población de esta parte de la isla se dedica a la producción de cocos y yuca, y son excelentes pescando con arpón a pulmón. Mientras nosotros nos conformamos con ver peces de colores cerca de la orilla, los pescadores vuelven cargados de pulpos y peces de gran tamaño alrededor de la cintura, como si fueran faldas hawaianas.

Costa sur de Santo Tomé
La única compañía en la playa fue la de esta mujer que recogía madera de la arena con la que cocinar
Playas desiertas y mágnificas de la costa sur de Santo Tomé

Una última noche en la capital nos muestra el único gesto de picaresca que vivimos en el país. Nos abren el coche y se llevan tres cosas: la radio del coche, las gafas y el tubo de bucear con tanta vida como nuestras mochilas y un paquete abierto de galletas. Mis zapatillas Sportiva llenas de agujeros las respetan con gallardía. Cuando vamos a devolver el coche de alquiler estamos un poco nerviosos por la reacción del propietario al no haber radio. Le entregamos las llaves y le contamos lo ocurrido. -¿Os han quitado algo de valor? – Aparte de su radio, unas gafas de bucear y un tubo viejos y un paquete de galletas, probablemente ya rancias por la humedad. ¿Os ha gustado mi país? – Un montón, le decimos. ¡Entonces, recordadlo con ese mismo cariño!

Deja un comentario