El Caribe de Colombia (con mascarilla)

Tras medio año de aislamiento forzado en La Rioja, descubriendo los muchos rincones preciosos que tenemos la suerte de albergar, en abril de 2021 decidimos romper nuestra pequeña esfera o burbuja de seguridad y lanzarnos a una nueva aventura en Colombia. Los días anteriores al vuelo sentimos un nerviosismo enorme, la pandemia nos ha empequeñecido y un horizonte mayor a los cien kilómetros y sin nuestra furgoneta se nos antoja como peligroso y, por qué no decirlo, inoportuno. Mientras miramos el mapamundi de nuestro salón recordamos que fuimos capaces de atravesar África de sur a norte, en una aventura que a todas luces parecía muy superior a la de visitar un país como Colombia y con un objetivo principalmente laboral. Pero el miedo es libre.

Viajar en plena pandemia implica una mayor preparación y burocracia: pruebas PCR a precio de safari en Botsuana, informes a la embajada, registros de migración y muchas menos oportunidades de transporte. Para reducir preocupaciones decidimos viajar únicamente con una mochila de 35 litros cada uno como equipaje de mano: seis kilos por persona serán nuestras pertenencias durante los próximos dos meses y medio, medio kilo de los cuales serán mascarillas FFP2.

Aterrizamos en Bogotá cuando la curva de la pandemia ya superaba el mayor pico de contagios desde que comenzó este dichoso virus. Las UCI se encuentran al 95%, los muertos diarios llegan a los 500 y muchas ciudades intentan imponer medidas contra el virus intentando perjudicar lo menos posible a su maltrecha economía. En un año de pandemia la pobreza ha aumentado hasta el 42% de la población y la gente empieza a preocuparse más por comer que por el virus. Es en este contexto cuando el gobierno decide lanzar su reforma tributaria estrella, por la que pretendía cargar con un IVA del 16% la cesta de la compra, la cual, anteriormente, no tributaba. Inmediatamente, la gente se echa a la calle con paros y protestas, en su mayoría pacíficas, -aunque la respuesta policial suma varias docenas de muertos-, agrupando al pueblo contra el gobierno, el cual se ve forzado a tumbar la reforma y a su ministro de Hacienda.  En este contexto tan ideal para el viaje llegamos a Colombia. Si algo tenemos claro, es que el número de turistas será parecido al que encontramos en Sudán.

Cartagena de Indias

Llegamos a Cartagena de Indias como inicio de una ruta por la costa caribeña hasta la frontera venezolana en la que visitaremos varios sistemas fotovoltaicos que proporcionan electricidad a poblaciones aisladas, el objetivo de la investigación que motivó este viaje. Cartagena de Indias es una de las ciudades coloniales mejor conservadas de América. Puerto de salida del oro hacia España durante centurias, se nutrió de esta importancia estratégica para albergar una arquitectura propia y numerosos fuertes defensivos como el de San Felipe. Precisamente en los fuertes de Cartagena se gestó una de las mayores hazañas bélicas españolas, la del almirante Blas de Lezo, natural de Pasajes, contra la flota británica de Edward Vernon, quien pretendía hacerse con la ciudad en 1741. La superioridad británica, con casi 180 barcos, 2.000 cañones y 30.000 hombres fue superada por la astucia de Lezo, sus 6 barcos y 3.000 hombres. Tras un comienzo de batalla favorable a Vernon, envió mensajeros a Inglaterra para anunciar su por supuesta victoria viendo su clara superioridad. De hecho, en la metrópoli lo celebraron rápido, acuñando monedas con “El orgullo español humillado por Vernon”. Sin embargo, la resistencia de los hombres de Lezo permitió una de las derrotas británicas más clamorosas, destruyendo buena parte de su flota y haciendo perder la hegemonía británica en la región durante décadas. Poco después de su victoria Blas de Lezo falleció por tifus y una capa de olvido cubrió su gesta.

Casco histórico de Cartagena de Indias
Barrio de Bocagrande, Cartagena de Indias
Castillo de San Felipe desde donde Blas de Lezo venció a Vernon

Archipiélago de San Bernardo

Las aguas del Caribe de la bahía de Cartagena de Indias son poco generosas en colores. Sin embargo, en sus alrededores existen una multitud de islas de cocoteros y manglares que se pueden visitar a poca distancia. Elegimos el archipiélago de San Bernardo, a unos 50km de la ciudad, lo suficientemente lejos para permitir, ahora sí, aguas caribeñas cristalinas y turquesas. La barca en la que nos desplazamos hace escala en la isla de Tintinpán, la mayor del archipiélago. Desde allí otra barca nos lleva a isla Palma, mucho menor en tamaño y llena de animales. Los guacamayos nos sobrevuelan en pareja buscando las flores de los árboles más tiernas, familias de monos saltan de copa en copa mientras ejércitos de cangrejos ermitaños caminan transportando conchas a modo de hogar, en un ritual que recuerda a los mochileros sin destino fijo. En esta isla acamparemos en la misma playa de arena blanca, a apenas unos metros del tranquilo Caribe. Isla Palma y su vecina en el continente, Rincón del Mar, serán las playas más occidentales que conozcamos de esta costa. Un fabuloso atardecer, las aguas cálidas del mar y la multitud de animales que viven libres acabarán por romper nuestra burbuja riojana y nos imbuirán de nuevo en esa ola que arrastra a los viajeros cuando todo fluye. Con pena dejamos estas arenas y recorreremos en bus el tramo hasta Santa Marta, una ciudad que encontramos completamente confinada por la pandemia. En este primer tramo de autobús descubrimos que en Colombia todo es negociable, incluso la tarifa de los buses y que dependerá de muchos factores como su nivel de ocupación  y el ansia del conductor y revisor por sacarse un dinero extra. La pandemia en este caso juega a nuestro favor y los autobuses rara vez se llenan, permitiéndonos una negociación cómoda. Llegados a Santa Marta y buscando una mayor laxitud en el cumplimiento de las normas nos dirigimos al cercano pueblito de Taganga, desde donde recorremos sus calas de pescadores con una tranquilidad digna de domingo por la tarde en una ciudad de provincias.

Isla de Tintinpán
Isla de Palma, archipiélago de San Bernardo
Desayunando en buena compañía en Isla Palma
Atardecer en Isla de Palma

Parque Nacional de Tayrona y Palomino

La siguiente parada la haremos en el parque nacional de Tayrona, el cual para nuestra tristeza se encuentra cerrado a los visitantes por la pandemia. Este parque es además reserva indígena de los Kogui, una etnia que vive en la selva de Tayrona en chozas de barro y tejados de hojas de palmera. Descendientes de la antigua civilización Tayrona, escaparon de la conquista española adentrándose en las selvas impenetrables de la Sierra Nevada de Santa Marta. Siguen vistiendo de manera tradicional con telas blancas y frecuentemente caminan descalzos. Llegamos a la misma entrada del parque nacional donde nos ponemos a hablar con una mujer que nos indica que, aunque esté cerrado, podemos caminar unas 4 horas hasta un campamento en el cabo de San Juan, donde nos asegura que hay gente que nos permitirá pernoctar. Tal es la seguridad con la que nos lo dice que, cargamos provisiones de comida y agua y nos “colamos” en la selva de Tayrona ahorrándonos su costosa entrada. Multitud de monos aulladores y mariposas morfos, de color azul eléctrico, ponen sonido y color a un sendero espectacular de árboles gigantes, un entorno de selva prístino que durante milenios estos pueblos han mantenido virgen. De vez en cuando nos encontramos con alguna familia Kogui, cuya estatura no supera el 1.60m y que caminan ingrávidos y descalzos sobre el manto de hojas de la selva. Parcos en palabras, -muchos no hablan el español-, vestidos integralmente de blanco y con un bolso tejido en lana de cabra, aparecen y desaparecen del camino como espíritus de otra época. Los extraños somos nosotros, pensamos mientras continuamos jadeando por el calor y la humedad tropical, zafios, en un terreno ajeno a nuestro mundo.  Poco a poco el sendero va bajando hasta llegar al Cabo de San Juan, aquí la selva y el Caribe se unen en una costa de bloques redondos de granito, aguas turquesas y cocoteros: uno de esos pocos lugares que cuando llegas te ponen, literalmente, la piel de gallina. Negociamos una tienda de campaña frente al mar y nos damos un buen chapuzón en sus aguas. No hay turismo alguno porque el parque está cerrado, -algo bueno tendrá viajar en pandemia-. Para salir optamos por otra salida del parque nacional recorriendo muchas playas de postal. Gracias a la aplicación Maps.me, localizamos la garita de los guardas del parque nacional y, evitando pasar delante de sus narices, improvisamos una vía alternativa de salida descalzándonos y atravesando un río de aguas cristalinas. Una vez pisamos la carretera fuera del parque nacional bendecimos nuestra suerte de haber podido conocer una de las joyas de Colombia, solos y gratis. Para mayor fortuna y es que el transporte público se ha reducido muchísimo por la pandemia, cuando pisamos la carretera un bus para sin hacerle señas y nos indica que se dirige a Palomino, – ¿suben?, nos pregunta. -Por supuesto, es allí donde precisamente vamos.

Playa de Taganga, Santa Marta
Caminata hacia cabo San Juan con los indígenas “kogui”, Parque Nacional de Tayrona
Casas de los “kogui” en Tayrona
Parque Nacional de Tayrona
Playa de Cabo San Juan, Parque Nacional Tayrona
Salida por la “puerta de atrás” en el Parque Nacional de Tayrona

Palomino se encuentra en la desembocadura al mar de dos ríos que bajan directamente de la Sierra Nevada de Santa Marta, cuyo techo, los picos Cristóbal Colón y Simón Bolívar, de 5.775m de altura y a solo 42km de la costa, representan el mayor desnivel desde el mar del planeta. Para desgracia de los montañeros, las cuatro comunidades indígenas que habitan sus faldas: Kogui, Wiwa, Kankuamo y Arhuaco impiden el paso a todo aquel que no pertenezca a sus etnias, más aún, impiden que se sobrevuele su territorio, algo que se dice aprovechan para mejorar su economía con el cultivo de coca. Desde Palomino recorremos cauce arriba el río Palomino hasta llegar al pueblo Kogui de Seywiaka, donde nos sentimos como invisibles ante una población que vive del intercambio de la agricultura y artesanía en un entorno prácticamente sin transformar. Los hombres Kogui consumen a todas horas la coca en el “poporo”, una especie de recipiente de madera en la que mezclan la hoja con conchas marinas machacadas del Tayrona, la única fuente de cal en un entorno granítico como este. El consumo de esta cal hace que sus dentaduras parezcan la silueta de alguno de esos castillos de las mesetas castellanas. Aunque les saludamos e intentamos mantener una conversación, la sensación es que no quieren visitantes de ningún modo y entendiendo su posición decidimos retroceder sobre nuestros pasos y darnos un buen chapuzón en el río.

Picos Cristóbal Colón y Bolívar desde el puente de Palomino
Chapuzón en el río Palomino
Estadio de fútbol de Palomino
El Caribe de Palomino

Por otra parte, Palomino es el epicentro hippy de Colombia. En sus calles una multitud de artesanos argentinos y colombianos venden artesanía, nadie lleva mascarilla y es en este lugar en el primero en el que vemos algún europeo, varado aquí desde tiempos pre-covid. Palomino y sus selvas son sin ninguna duda buenos puertos donde naufragar en una pandemia.

La Guajira

Desde Palomino continuamos hacia el oriente. El paisaje de selva impenetrable se va volviendo desértico en muy pocos kilómetros según nos acercamos hacia Riohacha, el último punto antes de adentrarnos en el desierto de la Guajira, hogar de otra comunidad indígena, los wayús.  El desierto de la Guajira sirve de frontera natural con Venezuela y por la arena de este desierto han cruzado en los últimos años miles de venezolanos escapando de los horrores del régimen de Maduro. En Riohacha cientos de venezolanos se buscan la vida vendiendo cuatro mangos, ayudando a llenar taxis con gente y en el caso de algunas mujeres prostituyéndose. Es difícil imaginar las condiciones al otro lado de la frontera viendo cómo viven en este. Casualmente, unos días antes de visitar la Guajira, el ABC publicó un fotorreportaje relatando la miseria de la inmigración venezolana en este mismo desierto, – una miseria que también se da en el resto de Colombia como veremos en las próximas semanas-. Claro está que, los más tirados serán aquellos cuyos medios no permitan alejarse mucho de la frontera como en este caso. Unos días después veremos un documental de los niños venezolanos que cruzan la frontera solos, escapando del hambre del que es el país sudamericano con los mayores recursos naturales, prostituyéndose por 2.000 pesos (unos 40 céntimos de euro) y en muchos casos quedándose embarazadas con apenas 13 años, consumiendo pegamento y durmiendo mojados día tras día. Para los defensores de este régimen, que tantos tenemos en España y que en su mayoría jamás han conocido la realidad en primera persona, este año, la recomendación de la casa es conocer La Guajira y Cúcuta (del lado colombiano), de aperitivo, y cruzar al otro lado como plato principal. Disfruten del viaje.

Peluquería improvisada en Riohacha

Desde Riohacha tomamos un taxi hasta Uribia, una hora y media de trayecto entre salares y dunas por el que pagamos unos 6 euros. La gasolina en Colombia es barata y la mano de obra venezolana prácticamente regalada, por lo que una multitud se pelea por llevarte a cualquier precio. Es por esta razón por la que los taxis, que dan trabajo a más gente, sustituyen a los autobuses en esta región. Cuando llegamos a Uribia comprobamos que se trata de la capital indígena Wayú, pero también de un auténtico vertedero de plásticos y basura. Solo hay un 4×4 que hace la ruta hasta el Cabo de la Vela, el lugar al que nos dirigimos. Su conductor, aprovechándose del nulo turismo en la zona, nos dispara un precio para suizos por llevarnos cuando no queda mucho día por delante. Conscientes de la alternativa de dormir en algún cuchitril de mala muerte en Uribia, probamos a hacer autostop en una pickup que lleva material de construcción. ¡Bingo! Se ofrece a llevarnos en la parte de atrás con el material, antes de pedirnos que nos pongamos la mascarilla, en Colombia llamada “tapabocas”, para el control policial que tendremos que pasar. Es una zona de interés estratégico nacional porque por Puerto Bolívar exportan su carbón y nada ni nadie debe alterar el curso de las exportaciones. Efectivamente, la policía no dice nada porque vayamos subidos encima de un cargamento de ladrillos en la parte de atrás de una pickup, pero que llevemos la mascarilla puesta para evitar el Covid. Desde nuestro asiento improvisado de ladrillos, -un poco duro-, disfrutamos de un atardecer maravilloso en la planicie de la Guajira, en la que solo crecen las acacias. Pasamos a lo largo de muchos pueblos sin electrificar mientras a lo lejos se ve un enorme parque eólico. Ese atardecer y la desidia de las decisiones para el desarrollo de una región nos recuerdan al lago Turkana de Kenia, completamente sin electrificar, pero con uno de los mayores parques eólicos del África Subsahariana. Estamos muy lejos de África, pero las condiciones de vida de esta región no se alejan nada de las de muchos lugares de allí.

Autostop en La Guajira

De noche y tras dar tumbos y tumbos por trochas de arena y piedras llegamos al Cabo de la Vela. Con bastante suerte encontramos el alojamiento de Doña Rosita, quien nos alquila una bonita cabaña hecha con madera de cactus. La pandemia ha reducido el turismo en esta región a cero, algo que hemos podido comprobar a lo largo de toda la costa caribeña. Por ello, se desviven para que estemos a gusto. El alojamiento solo dispone de una placa solar que da luz unas pocas horas y para ducharnos nos toca descargar unos calderos de agua en un pequeño depósito en el tejado de la cabaña. Sin embargo, esta sencillez nos encanta y nos quedaremos dos noches aquí, lo suficiente para conocer a pie el Pilón de Azúcar, sus playas de arena tostada y disfrutar de un atardecer precioso desde el faro. Conversamos largas horas con Rosita y su hermana Dolores, quienes nos cuentan sobre su cultura Wayú y sus particularidades como la poligamia, el velatorio de sus muertos mudándose la familia del difunto al cementerio durante al menos un mes, o la violencia extrema de hace apenas dos décadas, por la que perdió la vida muchísima gente, fruto del tráfico de marihuana desde esta zona hasta EEUU.

Gasolinera rústica en Cabo de la Vela
Carnicería improvisada en el Cabo de la Vela
La vida en el Cabo de la Vela depende del turismo y de la pesca de cercanía
Poblados humildes en el desierto de La Guajira
Playa del Ojo del Agua, Cabo de la Vela
Pilón de Azúcar, La Guajira

Desde el Cabo de la Vela retrocederemos hasta Riohacha en el único vehículo 4×4 de la zona, el de un operador turístico de Cali y su familia, que se encuentran conociendo este lugar antes de ofrecer este destino a sus clientes. Resulta que congeniamos bien con ellos en la playa y se ofrecen a llevarnos en su Toyota Landcruiser y ¡menos mal! Unas nubes amenazantes en el cielo presagian lluvia. Sin embargo, la gente del lugar nos dice que no, que aquí no suele llover casi nunca, – es un desierto. Al cabo de 15 minutos la lluvia arrecia y el terreno, seco como la estopa, comienza a inundarse. Las casas de los pueblos, hechas sin ninguna elevación sobre el terreno, se encuentran con más de un palmo de agua y la gente mira al cielo asumiendo que esa noche y, quizá varias más, dormirán mojados. Los niños y los caballos corren desbocados de alegría.

La costa caribeña colombiana alberga algunos de los destinos más populares entre los turistas extranjeros, playas paradisiacas y daiquiris, pero también alguna de las zonas más interesantes desde el punto de vista antropológico: las etnias de la Sierra Nevada de Santa Marta y los wayús del desierto de la Guajira, así como la inmigración venezolana más cruda y bestial. Todo depende, como siempre al viajar, de lo permeables que seamos a la realidad del lugar, una realidad que a nosotros nos ha impactado.

2 comentarios en “El Caribe de Colombia (con mascarilla)

    • Al final todos nos acabamos metiendo en la burbuja a nuestro regreso, es inevitable, de lo contrario te volverías a vivir allí. En nuestro viaje de África y Asia volvimos en autostop a casa. Fue en Grecia y Croacia cuando pasamos de vivir en una burbuja en la que los viajeros éramos gente interesante como en Turquía, Cáucaso y la Ruta de la Seda, a la que la población ayudaba, a pasar a ser indigentes que acampaban en la cuneta de la carretera. Nuestra burbuja entonces se desinfló rápido. Viajar es muchas veces ser espectador de una realidad dura y cuya mejora escapa de las posibilidades del viajero. La mejora de las condiciones de vida de la gente y la velocidad a la que esta se desarrolla es un tema muy complicado, ya que muchas veces se aplica la burbuja del primer mundo en el tercero y acaba generando una dependencia que lastra su futuro.
      Vienen otros cuatro relatos de Colombia 😉

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