Llegamos a Sierra Leona desde Guinea a través de la frontera de Pamelap. El tramo entre países lo hacemos a pie, lo que nos permite cambiar algún franco guineano por leonés. Ya en Sierra Leona, tomamos un taxi compartido hasta Port Loko. Nos toca una vez más en el asiento del copiloto a los dos. Sandalia en el culo para salvar el freno de mano, vamos pasando por pequeñas poblaciones con casas construidas con bloques de hormigón y tejados de chapa. Se ven humildes, pero parecen mejor hechas que las vecinas guineanas. A ambos lados de la carretera afloran las primeras heridas de su pasado cercano: un centro de VIH, otro de mutilados, otro más allá de huérfanos por el ébola. El conductor va tranquilo y vamos charlando con él de forma amena. En su cara de color ébano hay un par de detalles que nos llaman la atención: dos pequeños cortes en cada sien y un escalofrío nos trasporta a las escenas de niños soldados con pegotes de pasta base o cocaína, drogados para cometer masacres. Efectivamente, es uno de los miles niños soldado, ahora adultos, de una de las guerras más bestiales de África, que duró del 1991-2002. Llegamos a Port Loko, la primera ciudad desde la frontera, tristemente célebre por haber sido una de las zonas más afectadas por la reciente epidemia de ébola que dejó las fronteras de este país cerradas durante tres años y un balance de 4.000 muertos. La población se ve tranquila, pero una vez más llegamos con apenas media hora de luz y decidimos dormir en un lugar cerrado en lugar de tratar de acampar. Así caemos en el único hotel de Port Loko. Negociamos la habitación por unos 9 euros al cambio, con agua corriente, mosquitera y aire acondicionado: un lujo asiático. Dormimos como troncos sin saber que en la habitación de al lado está durmiendo uno de los ministros de este país. A la mañana siguiente charlamos con uno de sus guardaespaldas, el cual lleva el mismo tipo de arma, similar a un kalaksnikov corto, como si fuera diseñado para niños, en verdad diseñado para niños y rápida de disparar como un colibrí. Le invitamos a café soluble con galletas y nos pone en antecedentes de los últimos años. -Ahora nuestra guerra es el “kush”, esa droga hecha con fentanilo y hasta huesos humanos, que deja como zombis a los que la consumen. Es muy barata y está en todas partes. Sierra Leona es el centro de producción y distribución para Liberia y Guinea.

Dejamos al ministro y a sus guardaespaldas y continuamos nuestra ruta por el interior del país, primero a Makeni, para después llegar a Koidu, la que fue y es la principal zona de extracción de diamantes, donde se ambientó la película “Diamantes de Sangre”. Las carreteras del país se encuentran en un estado, diría que muy bueno o excelente y lo que parecía un largo trayecto lo resolvemos en un periquete. Nos sorprende mucho el abandono de los campos agrícolas y la abundancia de incendios forestales por todas partes. Poco o nada de agricultura tradicional se puede ver, como maíz, yuca o arroz, y en su lugar los campos de palma africana o árboles de caucho están ganando terreno. Lo comentamos en el coche que nos lleva y nos confirman nuestra apreciación. -Antes, el país exportaba arroz. Con la guerra civil, los pueblos eran muy vulnerables a las masacres y la gente se escondió en el monte antes de emigrar a Freetown, la capital, abandonando el campo. Ahora importamos todo y la producción del país no puede competir en precio con los mercados internacionales. Por eso es tan fácil conseguir terreno con el que producir monocultivos dedicados a la exportación como palma y caucho. Los leoneses, al igual que los guineanos -de las dos guineas-, son gente extremadamente amable y cariñosa y hacen muy amenos los transportes.

Koidu está llena de tiendas donde se compran y se venden diamantes, antes muy abundantes en los cauces de los ríos. Diamantes por armas y así se financió en buena medida la guerra civil de Sierra Leona. No creo que Koidu sea un sitio turístico. En realidad no hay muchos sitios turísticos a lo largo de esta costa, con la excepción de Senegal. Nos dirigimos a la iglesia de Koidu para intentar encontrar un sitio donde plantar nuestra tienda de campaña. Las monjas que regentan el colegio católico anexo nos ofrecen un aula del colegio, y menos mal, porque esa misma noche caerá el diluvio.
En compañía de uno de los profesores del colegio visitamos una mina artesanal de diamantes cercana a Koidu. Los obreros trabajan por un sueldo mínimo con medio cuerpo en un agua embarrada, bajo la condición de que si encuentran un diamante será compartido con el dueño de la mina. Llevan varias semanas sin encontrar nada. -Antes era fácil, encontrábamos uno y lo vendíamos en la primera tienda para volver a tiempo de encontrar otro. Ahora nos tiramos semanas para encontrar alguno y nos paseamos por todas las tiendas para conseguir el mejor precio; no hay prisa por venderlo. El funcionamiento de las minas es sencillo. Primero se extrae toda la capa de tierra y arcilla, otrora campos de cultivo y huertas, hasta llegar al suelo rocoso. Después se extraen las piedras grandes mientras se bombea el agua, que por el nivel freático comienza a aflorar. Una vez que se llega a la capa de piedras más pequeñas, con platos de madera van cargando emplastes de grava que van lavando en el mismo agua en el que trabajan, así hasta que alguna piedra brillante llame la atención. El dueño de la mina descansa en un cobertizo de hojas de palmera sin perder la atención ni un segundo. Esconderse un diamante significa semanas de tiempo perdido para él. Volvemos al colegio de nuevo y uno de los seminaristas nos enseña cómo se financia los estudios de cura. Trabaja a temporadas en una mina de oro, también en Koidu. -Antes el negocio eran los diamantes, ahora el oro está en máximos y es más seguro, mientras nos enseña una papelina con polvo de oro que sacó durante una semana. Sopla viento y una parte de su oro vuela mientras se desespera por recuperar granito a granito del suelo, lo que tanto esfuerzo le ha costado conseguir.






En Koidu nos hacemos pasar por importantes clientes de diamantes, pero claramente no damos el pego. Aun así, un caballero libanés que lleva en el negocio toda su vida nos mete en su tienda, cierra la puerta de seguridad, abre la caja fuerte y nos saca un sobre con unos cuantos diamantes. -No son de los mejores, pero alguno se puede vender por 1,000 dólares, nos cuenta. Ni siquiera valora la posibilidad de que se lo vayamos a comprar.


Desde Koidu iremos regresando en dos etapas hasta la capital Freetown, parando previamente en el cruce de caminos que es Makeni. Freetown, la capital del país, es otra península de tierra en la costa, igual que Conakry, Nuadibú y Dajla. Bulliciosa, congestionada y sucia hasta el extremo, visitamos sus mercados y el Museo de la Guerra, donde aprendemos sobre las micro-historias de la guerra, los amuletos que se cosían en la ropa para hacerlos indetectables o inmunes a las balas y toda la magia con la que se manipulaba a sus guerreros, muchos de ellos niños, con los que era casi imposible negociar. Freetown es una península enorme y en la zona menos poblada de la misma todavía quedan playas bonitas en las que darse un chapuzón, como Tokeh, Black Johnson y Bureh beach. En Bureh Beach acampamos en la arena, no sin antes habernos quitado a varios buscavidas que nos intentan cobrar tasas absurdas por estar allí. Cocinamos un plato de pasta con las vistas de un atardecer precioso bajo un cocotero. Mañana será otro día.














Al día siguiente amanecemos con la idea de ir avanzando hacia Liberia. Hacemos autostop y, ¡bingo! la mujer que nos para va al mismo lugar al que nos dirigimos, Kenema, a 300 km del lugar. Ella vive en los EEUU, salió en la guerra y ahora ha vuelto a su país donde regenta dos hospitales y farmacias. Le encanta la comida y la bebida y vamos haciendo paradas aquí y allá. -Tenéis que probar esto, nos dice, es carne de caza, gacela parece, y también esto, es vino de palma. Vamos haciendo el trayecto más culinario del viaje y enterándonos de otras particularidades del país: como el de la ingente ayuda exterior que recibe y que a su parecer está “durmiendo” la creatividad para emprender de la población. – Todos van a la capital porque cree que vivirán mejor, cuando no se dan cuenta de que en el campo vivían mucho mejor. La capital es una trampa para los campesinos.
Al día siguiente saldremos hacia Liberia con una enorme sonrisa en la cara. Sierra Leona ha sido una de esas sorpresas agradables en nuestro viaje, un país en el que la alegría se ve en el día a día, alegría que han compartido con nosotros muy generosamente.









