Tras recorrer los varios kilómetros de tierra de nadie entre la frontera de Bissau y Conakry en un Renault destartalado de los 80 y hacer el papeleo con el oficial guineano, comienza nuestro periplo en las que probablemente sean las carreteras más desastrosas que hemos conocido. Algunos viajeros apuntan a que Guinea Conakry y la República Democrática del Congo, pueden ser los países con menor inversión en carreteras, yo apunto a que además son los países más importantes en cuanto a recursos minerales de todo el continente.

La velocidad a la que podemos ir por el estado de la pista es similar a la de ir caminando y pronto comprendemos que es importante elegir bien y, de día, dónde quedarnos a dormir. Así pues, cuando pasamos por un poblado de casas con techo de paja, que luego sabríamos se llamaba Hamanataoullage, una mezquita con pozo y un montón de árboles de mango, decidimos indicar al conductor que ese es nuestro lugar. – Ici? Nos pregunta en francés. -Ici, contestamos. A lo lejos se intuye lo que parece un colegio, no se ven niños pero la estructura del edificio lo parece. Al momento parecen escucharnos y corroboran nuestra intuición mientras nos acompañan a coger un caldero de agua del pozo con el que quitarnos el polvo rojo del cuerpo. Su padre nos ofrece unos mangos recién cogidos y más tarde nos traerán un plato de comida caliente al porche de las aulas -consistente en sorgo con peces secos-, donde acamparemos. Nosotros además cocinamos espaguetis con tomate y abundante “piri piri” de Bissau, un tipo de guindilla que nos encanta. Al final acabamos cediendo la mitad de nuestra escasa cena a los niños que la disfrutan como si comer espaguetis fuera algo muy exclusivo. Cientos de garzas blancas sobrevuelan el colegio buscando la rama de los mangos donde descansar esa noche. Luego, iluminados por la luz de nuestro frontal jugamos con los niños al tres en raya y a adivinar lo que dibujamos cada uno sobre el polvo rojo mineral que todo lo inunda.



A la mañana siguiente, muchos niños madrugan más de la cuenta para ver nuestra pequeña tienda de campaña. Tras arriar la bandera nacional sobre el poste del colegio y cantar el himno, los niños van entrando poco a poco en sus aulas. Continuamos el paseo por el pueblo hasta llegar a la última casa. Allí conocemos a Mamadou, que vive habitualmente en Barcelona y ha regresado a su pueblo natal con el único objetivo de pasar el Ramadán con los suyos. Ahora es conductor de camiones, pero su vida anterior es escalofriante. Nos ofrece unas sillas de plástico debajo del enorme mango de su casa de hormigón. Un coche, su coche, el único coche del pueblo está aparcado también a la sombra.
Mamadou dejó su pueblo hace 20 años, tras salir de Guinea rumbo a la vecina Costa de Marfil, se dedicó a trabajos temporales para ir pagándose la ruta: un poco de construcción, acarrear cosas, vendedor ambulante. Tras dos años en Costa de Marfil, fue avanzando de forma clandestina y sin documentación por Burkina Faso y Níger, así hasta llegar a Agadez en Níger, en su opinión la ruta más dura de cuantas siguen los subsaharianos rumbo a Europa. Nos contaba cómo en los transportes por el desierto en camiones o 4×4 abarrotados de gente, a veces de puro cansancio se caía alguien y el conductor ni siquiera paraba. Cuando llegó de noche a Agadez, los conductores de los vehículos estaban compinchados con buscavidas que se dedicaban a robar a los migrantes. Él mismo nos confesaba que fue la peor noche de su vida cuando corrió a esconderse en un edificio abandonado donde escuchaba perfectamente las voces de sus perseguidores con el fin de robarle, o matarle. Con suerte y olfato, Mamadou consiguió atravesar Argelia y llegar a Marruecos, donde trató sin éxito de entrar en Europa. Fue así como conoció a un traficante de personas marroquí que le ofreció lo siguiente: por cada emigrante que consigas para mis cayucos, tú te llevas 700 euros, por cada emigrante que consigas para mi camión desde Argelia te llevas 200. Con el pasaporte perdido de alguien se abrió una cuenta de Western Union, a la que las familias de los emigrantes iban enviándole el dinero para el cruce. Posteriormente iba sacando el efectivo y escondiéndolo en los muros de un piso alquilado para ese menester. Así se paso años en Marruecos, evitando ir a Europa -aunque ya podía ir en primera clase-, porque ganaba muchísimo más dinero con el negocio. Ganó cientos de miles de euros y según sus cálculos por su “peaje” pasaron varios miles de personas. Pero probablemente el dicho de que lo que rápido se gana, rápido se gasta, aplicó en su caso. La primera ciudad en la que vivió en España fue Logroño, a la que llegó como uno más sin documentación, tras decidir que no quería seguir traficando con personas.



Resonando en nuestra cabeza las historias de Mamadou, continuamos nuestra ruta, esta vez a pie, sobre el polvo rojo, hasta Koundara. Desde Koundara comenzará el trayecto más complicado de la ruta, el que une Koundara con Labé, ciudad a la que llegamos una vez más en esa última hora de luz. Durante el trayecto pasamos por varias zonas de minería tradicional de oro con gente viviendo en casas hechas con sacos de plástico, minería de arena en los cauces de los ríos, y numerosas zonas de minería industrial de bauxita, de color rojizo. La bauxita es el mineral del que se produce el aluminio, que es el segundo metal más utilizado a nivel mundial, solo después del acero. Guinea Conakry en cuestión, con una producción de 140 millones de toneladas (10 veces todo lo que exporta el gigantesco Tren de Hierro de Mauritania) es el mayor productor mundial de bauxita. Esto es el 30% de toda la bauxita mundial, y, por lo tanto, de todo el aluminio primario mundial. Las perspectivas de crecimiento de la minería en este país son también impresionantes y basta una palabra del actual presidente para que los precios internacionales del aluminio suban o bajen. Las carreteras en Guinea también parecen de bauxita, los kilómetros de asfalto son muy escasos, y la pobreza extrema; incluso para los que hemos trotado en el continente, Guinea deja sin palabras. Los medios de transporte de Guinea también son los peores del continente. En ningún otro sitio hemos visto a gente subida en marcha en el capó sobre el motor, personas subidas sobre cargas de media tonelada o más en la vaca del techo de coches normales y agarrados al eje del limpiaparabrisas trasero con los pies en el parachoques. En definitiva como si sobre un coche del tamaño de VW Golf fuese media tonelada de carga en el techo, 3 personas encima de la carga y 7 en el interior de coche y alguno encima del capó. Y eso parece la normalidad. Tal es la carga que llevan encima que a veces se empiezan a inclinar y finalmente vuelcan. Vimos muchos accidentes; a modo de estadística casera, nos pusimos a contar durante 60 km de recorrido y observamos más de 40 camiones o coches averiados en medio de la carretera o en la cuneta, muchos de ellos con la culata desmontada sobre la tierra. Es decir que cada poco más de 1 km alguien se había quedado tirado y allí estaba arreglando o custodiando el vehículo a ver qué pasaba. Guinea Conakry es el país con el mayor índice de accidentes de tráfico y mortalidad a nivel mundial. Sorprende que alguien haya hecho esta estadística viendo el nivel de vida que hay alrededor. Pero también abundan los controles de policía en el trayecto, que controlan con una cuerda a la que atan bolsas de plástico y donde al tensar la cuerda, el que no se rasque el bolsillo no pasa. La gente lo comenta como algo normal y natural. -Tienen poder y así ayudan a su familia, nos dice alguno.



Como decía llegamos a Labé al atardecer y el único hotel que se precia parece un prostíbulo de mala muerte, del que salimos escapados. Poco después Bea encuentra en nuestro mapa una universidad, a la que iremos en búsqueda de un sitio plano para acampar. Y así fue. Mohammed, militar guineano bregado en Tombuctú, Malí, se retiró del ejército por actos que le tocó acometer, y que le sacan las lágrimas, y ahora es el guarda de la universidad. Según nos asegura, por la noche hay demasiada fiesta entre los estudiantes y a él le toca controlarlas. Mejor eso que Tombuctú. Nos ofrece el porche de su casa, donde pasaremos esa noche. Le llama muchísimo la atención nuestra tienda, esterillas y hornillo y se acuerda de los campamentos militares en los que le tocó vivir. -Qué descanséis bien, nos desea. Después sale a hacer su ronda.

A la mañana siguiente nuestro objetivo es conocer las cascadas de Kambadaga, que por cierto no salen ni en Google Maps. Desde que empezamos en Dajla, hemos recorrido kilómetros y kilómetros conociendo la vida y el día a día, pero, francamente, no ha sido un viaje de turistas que van a ver sitios bonitos, a comer en restaurantes bonitos y a dormir en sitios bonitos. Las cascadas de Kambadaga en Fouta Djalon son de una belleza sublime, pero llegar hasta ahí no es nada fácil si no se cuenta con un 4×4 o un tour organizado. En nuestro caso tiramos de autostop y en el último tramo contratamos dos motos con conductor, que nos van conduciendo por una pista de piedras de 20 km. Ya en el último trayecto coincidimos con tres italianos, dos de ellos en una bicicleta tándem. Uno de los italianos tiene ceguera total y se fía del buen criterio del compañero para todo. Así llegaron desde Italia hasta aquí. Sucios de polvo rojo como si fueran mineros y quemados por el sol, todavía nos los encontraríamos dos veces más en este país: una de ellas mientras hacíamos dedo en la cuneta en la que pararon a desearnos buena suerte en un tramo sin apenas circulación y la segunda cuando luchábamos contra el papeleo para salir del país, ya en la capital. Y es que viajeros, lo que se dicen viajeros, en este país no abundan y ver a tres en bicicleta te hace parecer casi “señorito”.





Tras disfrutar de estas cascadas completamente solos, con el aullido de los monos que bajan a beber agua del río y una vegetación prístina se nos olvidan las penas de llegar hasta aquí. Esa noche tras coger agua en un pozo de un pueblo cercano acamparemos en el bosque, cerca de unas casas. Será una noche mágica recordando los colores y el magnetismo de los lugares vírgenes y salvajes.



A la mañana siguiente no hay motos que valgan para hacer esos 20km hasta la carretera nacional, véase pista de bauxita roja y nos toca caminar al sol y volver a hacer dedo. Nos parece bestial que coches con dos personas en el asiento del copiloto, varias más apretujadas en el trasero y con más gente en el techo todavía paren a llevarnos, claro que hay sitio en el capó para subirse. Valoramos nuestras vidas y renunciamos a ir así, como si ir en el interior fuera algo mucho mejor. Así chupando cuneta y bauxita vamos avanzando lentamente. En el tramo peor del trayecto, cuando atravesamos una zona montañosa nos sorprende ver un campamento chino. En condiciones de vida para el trabajo en las que ningún europeo mandaría el currículum, ahí, construyendo carreteras en sitios como este, hemos escuchado que redimen condena algunos presos chinos. Ahora, la memoria mezcla el polvo rojo que todo lo inunda, con el calor de 40ºC, y la falta de comida durante todo el día, así hasta el empalme de “Mamou”, al que llegamos una vez más al atardecer. Caminando varios kilómetros de carretera hacia el interior, encontramos una escuela, que parece adecuada para pasar la noche. Hemos conseguido agua de un pozo, huevos y patatas y cuando nos disponemos a cocinar descubro que la calidad del combustible guineano ha obstruido nuestro hornillo. Esa noche no habrá cena. A media noche el sonido de varios disparos nos levantan de la tienda. Será un reventón de ruedas, pienso, pero no, un reventón no repite: “pum”, “pum”, “pum”. A la mañana siguiente, con la primera luz del alba salimos de allí. Por fortuna hacemos autostop y el conductor del coche nos acerca hasta el mismísimo centro de la capital, donde por primera vez en nuestros viajes, -para todo hay una primera vez-, decidimos elegir un hotel de 4 estrellas con desayuno de buffet, eso o nos volvemos a casa. Vamos en llanta.









Necesitamos varias duchas y aun así dejamos las toallas blancas del hotel completamente rojas de la bauxita de nuestra piel. Después salimos a buscar un restaurante donde comer. Duchados y comidos las cosas se ven de otra forma y comenzamos a darnos cuenta de que Conakry está llena de carteles con la foto de su presidente. “Por el progreso”, rezan. El progreso de quién, pienso. El currículum del presidente es impresionante, miembro de las fuerzas especiales del antiguo presidente -entrenado en Francia y casado con una francesa-, le tendió una trampa para hacerse con el cargo. Ahora él controla el 30% de segundo metal más importante del mundo, también desde 2025 controla la mayor reserva y mina de hierro del mundo, Simoundou, para la que han construido una vía de tren de 700km entre el gobierno, la gran minera Rio Tinto y un consorcio chino. Ojalá el mineral fuera por carretera y así las tendrían excelentes, pienso. En la capital nos sorprende ver los partidos de fútbol con porterías de quita y pon en la misma calle. Según pasan los coches mueven porterías y regatean a las motos. El poco asfalto del país, se aprovecha bien, incluso para jugar a fútbol.






Durante los trayectos pregunto a multitud de personas para qué esas vías del tren, o cuál es la riqueza de su país, pocos por no decir ninguno parecen saber qué es lo que tienen. Si en los países del Golfo por el petróleo y el gas, unos pocos se reparten mucho y otros muchos viven bastante o muy bien, en esta costa esto no funciona así.
Salir de Conakry tampoco es fácil. Desde que han implantado la E-Visa, o visa digital, la picaresca no ha tardado en crear la figura del sello físico en el pasaporte, que era lo que pretendía evitar la e-vista, sello que solo se puede obtener en algunos lugares selectos y cambiantes. Cuando estuvimos en Conakry este sello se tenía que conseguir en la comisaría central de policía, es decir en la mismísima boca del lobo. Dos días y unos cuantos nervios nos costó tener nuestro sello de salida de Conakry, gestión que cuesta el mismo tiempo que mojar en tinta el sello y estamparlo en el pasaporte. Gracias a un guineano afincado desde hace décadas en La Coruña y que se encontraba ayudando a empresas españolas con la burocracia guineana, conseguimos finalmente recuperar nuestro pasaporte sellado. Con el pasaporte en mano y con la autoestima alta decidimos probar suerte en la embajada de Liberia, país relativamente complejo para conseguir la visa salvo que se esté en Conakry o Freetown. El visado de Liberia requiere el don de la paciencia o el don del peaje. Ni teníamos paciencia ni mucho deseo de pagar, por lo que apartamos unos pocos billetes bien arrugados en el bolsillo, por lo que pudiera pasar. El embajador en persona nos ofrece el visado normal y el visado Express. -Uno tarda una semana o así, -haciendo hincapié en el «o así», mientras el otro cinco minutos. La diferencia en tiempo se traduce en el peaje para el embajador. Ahí es donde empieza el “rifi-rafe” y finalmente sacando nuestros billetes roídos y ante la poca abundancia de personas requiriendo visados, salimos con el visado liberiano en mano. Otros viajeros que conocimos después pagaron 100 dólares por persona, así que se puede decir que salimos contentos.
Con el pasaporte sellado que nos autorizaba a salir de Guinea y con el visado de Liberia, ya solo nos quedaba juntar fuerzas para el que en ese momento pensábamos era el plato fuerte del viaje, Sierra Leona, pero nada más lejos de ser cierto porque Guinea Conakry se llevaría la palma. Guinea nos ha parecido un país en el que lo hemos disfrutado gracias a su gente y cuyo regusto se va haciendo mejor como el buen vino en reserva, porque la dificultad de viajar en un estilo sencillo como el nuestro es difícilmente comparable a cualquier otro lugar.









