Mauricio con mochila

Siguiendo los vientos monzónicos del Índico, desde las islas Seychelles arribamos a la isla de Mauricio. Descubierta inhabitada por árabes y malayos en el siglo X, no sería hasta 1507 cuando los portugueses la redescubrieron para Occidente estando todavía sin más población que la de unas grandes y extrañas aves no voladoras, los dodos, que apenas aguantarían la extinción un siglo y cuya memoria se vería impresa siglos después en toda clase de souvenirs con su imagen, como el sello de identidad de este pequeño país. Mauricio está enclavado dentro del archipiélago de Mascareñas, en honor al marino portugués, Pedro de Mascareñas, que aunque exploró esta parte del globo, no descubrió Mauricio. Desde la llegada de los holandeses en 1638, de la que todavía quedan algunos vestigios arqueológicos como algún fuerte militar en la costa Este y el propio nombre de Mauricio, en honor al príncipe de Países Bajos, la isla pasaría todavía por manos francesas e inglesas, hasta su independencia en 1968.

Mauricio es una rareza social en el continente africano. Muy por encima de los países sub-Saharianos en cuanto a su economía -con la excepción de Seychelles-, Mauricio dispone de una renta per cápita de unos 9,000 dólares, frente a los 500 de Madagascar o Mozambique y, también de los 7,000 de la desarrollada Sudáfrica. Además, casi el 70% de su población es de origen indio y de religión hindú, debido a que los ingleses implantaron por primera vez en el mundo y en este rincón del planeta el modelo de trabajo de servidumbre, dicho sea de paso, una vez abolida la esclavitud en 1834. El trabajo de servidumbre permitió no dejar desatendidas las plantaciones de caña de azúcar de la isla, mediante la llegada de medio millón de personas hasta comienzos del siglo XX desde su India natal, para trabajar en condiciones duras, pero, por primera vez, con un pequeño sueldo y unos mínimos derechos laborales. Los barracones de Aapravasi Ghat en Port Louis, capital de Mauricio, son lo que la isla Ellis en Nueva York a los EEUU, el cordón umbilical de estos visitantes recién llegados con la nueva tierra que los recibía.

Probablemente sea muy atrevido explicar, desde la sociología que permite un viaje corto, por qué la gente vive mucho mejor en Mauricio que en, por ejemplo, Madagascar, Mozambique o Comoras, subscritos también al club de los ciclones y del clima tropical, pero quizá el espíritu negociante, emprendedor, pacífico y recientemente orientado a la tecnología de los indios ha permitido este pequeño milagro, abocado indiscutiblemente a convertirse en uno de los principales puertos de comercio y de turismo de esta zona del mundo. La cercanía geográfica con la isla de La Reunión, perteneciente a Francia y a apenas 200km, permite la simbiosis perfecta entre las montañas francesas y las playas de Mauricio, dado que en La Reunión está prohibido el baño por haber sido el lugar del mundo con más ataques de tiburón. Por otra parte, una multitud de extranjeros ricos, muchos sudafricanos, disponen de una segunda residencia en Mauricio, de aguas más cálidas y con una mucho mayor seguridad que la que pueden encontrar en sus costas.

Al igual que hicimos en Seychelles, en Mauricio también alquilamos un vehículo, el cual conseguimos por unos 20 euros el día, una cifra más que razonable dada la libertad de movimientos y de acampada que ello permite. Desde el aeropuerto ubicado en el lado Este vamos recorriendo la costa hacia el Norte. Pronto comprobamos que la orografía de la isla se compone de terrenos suavemente ondulados, transformados en su mayoría en plantaciones de azúcar y varias cadenas montañosas que se levantan de forma muy abrupta. Si queremos naturaleza está claro que la tendremos que buscar en las montañas. También nos daremos cuenta pronto de que los vientos monzónicos chocan en la costa Este, rizando la superficie del agua y descargando su humedad en forma de alguna que otra ducha. Una vez conocida esta particularidad de los vientos durante su invierno geográfico, si queremos evitar el molesto viento, únicamente tendremos que dirigirnos a la costa opuesta, la Oeste. Peor lo tendrán aquellos turistas que, contratado el paquete con ilusión desde sus hogares lo hayan hecho en la costa este. Como iremos viendo en algunos de sus hoteles, en lugar de toallas les dan mantas para que se puedan cubrir con ellas en las tumbonas, generando al que es espectador de esa imagen, la sensación de encontrarse en un asilo de ancianos con vistas maravillosas al Índico.

De la primera jornada en Mauricio destacamos los restos del fuerte holandés Frederik Hendrik, la cascada de Grand River y la tranquilidad de Trou d’Eau Douce, un pequeño pueblo desde el que muchos visitantes salen a conocer la isla de los Ciervos y que, dada la meteorología reinante, decidimos renunciar a conocer. Alquilamos una noche un pequeño apartamento que nos servirá para organizar el resto del viaje, hacer colada y adaptarnos al que será el tercer y último país de este viaje. Nos llama muchísimo la atención la abrumadora presencia de población hindú, sus templos, sus técnicas de cultivo y sus comidas. -¿Estamos en India?, nos decimos el uno al otro más de una vez. Descansados continuamos hacia el extremo Norte de la isla tras un breve pero reconfortante baño en Belle Mare hasta llegar al cabo Malheureux, cuyo nombre francés significa desgraciado. Qué ironía del destino que fuese en este cabo llamado así, donde los franceses perdieron la batalla contra los ingleses y con ello la propiedad de esta preciosa isla.

Fuerte Frederik Hendrik, de orígenes holandeses
Cascada de Grand River
Playas de Belle Mare, Mauricio es internacionalmente conocido por sus playas de arena blanca
La costa oriental de Mauricio está más expuesta a los vientos y en varios tramos de la costa crecen los manglares
Iglesia de Notre-Dame Auxiliatrice, cabo Malheureux
Costa occidental de Mauricio, con la isla Gunner’s Quoin al fondo
Mercado de Port Louis

El cabo Malhereux mantiene a los vientos monzónicos a raya y a partir del mismo el clima cambia, el color del agua se vuelve más turquesa y los hoteles “todo incluido” florecen como palmeras en la costa, hasta tal punto que, a veces, será complicado  encontrar el acceso a la playa, que en toda la isla es pública y gratuita. Afortunadamente abundan también aquellas playas sin hoteles, pero preparadas con mesas, duchas y baños públicos, todo excelentemente limpio y que permite una gran calidad de vida entre habitantes y visitantes: algo muy común también en La Reunión pero, absolutamente inverosímil en Seychelles. También es en esta costa oeste donde, a sotavento, vive la mayor parte del millón y pico de habitantes de este pequeño país.

Tras visitar Port Luis, donde abundan los bancos y centros tecnológicos, nos adentramos en el interior de Mauricio para ascender el Le Pouce, la tercera montaña más alta de la isla, perteneciente a la cadena montañosa de Moka. El sendero va sorteando roquedas, bosque muy tupido y zonas de barrizal hasta coronar la esbelta cumbre. Las nubes pasan cargadas de equipaje y lo van repartiendo allí y allá. -Esperemos que hoy no nos toque, decimos minutos antes de que se abra el grifo sobre nosotros. La lluvia siempre es motivo de alegría, pero cuando cae en los sitios tropicales, a veces casi templada, es una experiencia increíble. Hay días de lluvia que amargarían al turista por no permitir tachar sus objetivos marcados, pero que son un objetivo en sí mismo para el viajero. -¿Recuerdas aquel aguacero en la selva del Guaviare en Colombia, en esos mismos roquedos donde estuvo secuestrada Ingrid Betancourt durante años, mientras observábamos aquellas palmeras “caminantes” admirando esa genialidad de la botánica, mientras calados hasta los huesos el suelo se inundaba? ¿y aquella otra vez en Mozambique, donde la lluvia caliente servía para lavar la ropa y despellejar animales en los charcos de la carretera?

Vistas de Le Pouce de la sierra de Moka, en el interior de Mauricio
Cumbre de Pieter Both
Salinas de Tamarin

Evocando vivencias pasadas continuamos por el interior de Mauricio hasta las cascadas Tamarin, una sucesión de varios saltos de agua impresionantes. El barro escurridizo de los senderos de esta isla será la tónica general y cuan jabalís restregándose contra los troncos para rascarse, haremos lo mismo con piernas y zapatillas para quitarnos el barro tras cada jornada. Saliendo del barranco de Tamarin vemos una multitud de gente en un templo hindú. Varias mujeres con sari nos señalan invitándonos a entrar. Nos descalzamos mientras tomamos asiento dentro del templo en el que están de celebración. No conseguimos entender absolutamente nada durante la casi hora y media de ritos en el que nos dan de beber distintas bebidas en la mano y asistimos a cómo los “sacerdotes”, con medio cuerpo desnudos, procesionan distintas esculturas de sus múltiples deidades. Resulta muy llamativo que al levantar las esculturas escenifican como si en ese momento estuvieran poseídos por la propia deidad. A pocos metros, también dentro del templo, varias personas cocinan en una olla enorme para todos los asistentes, algo así como si a un lado del altar de una iglesia riojana asasen chuletillas para todos los feligreses. Tras esta fascinante muestra de hospitalidad continuamos hasta Grand Bassin, un bonito lago natural alimentado por el bosque nuboso, convertido en el centro de peregrinaje de los hindúes en este país. Varios templos, esculturas coloridas de 20 metros de fibra de vidrio y quizá, no cientos, sino miles de personas asisten de una manera alegre a sus ritos, en los que el visitante será bien recibido.

Primer salto de las cascadas de Tamarin
Otro de los saltos de Tamarin
Celebración hindú en Tamarin
Grand Bassin, el centro religioso de peregrinaje hindú en Mauricio
Estatuas hindúes en Grand Bassin
Estatuas de 20 metros en Grand Bassin

Después de ese éxtasis de colores y aromas de los templos, volvemos a la montaña, en concreto a la cascada de Alexandra y a recorrer uno de los caminos del parque nacional de Black River Gorge, donde vemos a la esquiva paloma rosa, una especie en peligro crítico de extinción y que podemos observar bien tranquila a pocos metros de nosotros. ¡Qué tendrán las pupilas de estos animales escasos para generar una conexión especial con nosotros! Es como si el aquí y ahora se potenciasen y la gratitud hacia la naturaleza por permitir ese instante nos dejasen sin palabras. Hoy es una paloma rosa, pero algo parecido sentimos cuando cuatro rinocerontes blancos se acercaron a pocos metros de nosotros en Swazilandia, ahora país renombrado como Esuatini, o con el queztal resplandeciente en la selva de Costa Rica, o con esos yaks medio salvajes en Kirguistán.

Parque nacional de Black River Gorge
La paloma rosa de Mauricio, en peligro de extinción
Mauricio tiene mucho más que playas de arena blanca, el interior ofrece multitud de senderos que recorrer
Parque nacional de Black River Gorge

Al suroeste de la isla se levanta el Gros Morne, el símbolo geológico de Mauricio, un paredón volcánico de unos 400 metros que se levanta sin escrúpulos sobre las aguas tranquilas y planas del coral permitiendo una panorámica excepcional. El periplo por la isla y también del viaje se va acabando y tras una inmersión para conocer el que otrora fue un paraíso del buceo y ahora un pequeño desierto submarino en Blue Bay, que nos recuerda lo frágil que son los arrecifes de coral, miniaturas a escala de lo que es nuestro planeta sobre el agua, decimos adiós a este país tan interesante que es Mauricio, siempre que la tumbona del hotel permita conocer lo que hay más allá.

Gros Morne, en el sur de Mauricio
Vistas desde el Gros Morne
Buceo en Blue Bay
Arrecife de coral en Blue Bay
Cascada de Rochester
Fin de viaje en Mauricio con el Gros Morne de fondo

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