Chiloé y Puerto Varas, Chile

Una fina lluvia fría nos envuelve en la cubierta del transbordador para cruzar a la isla de Chiloé a través del estrecho de Pargua. Nos despedimos del continente que nos vio llegar hace unos cuantos meses, por una isla envuelta en el misticismo de seres como el Trauco: un viejo bajito que seduce a las mujeres con la mirada, adentrándose en sus sueños para dejarlas embarazas. Si algo tengo claro es que no dejaré que ningún viejo bajito mire a Bea.

Esta vez hemos alquilado un vehículo en Puerto Montt, a poco más de 1.000 km desde Santiago; distancia que cubrimos durmiendo en un bus nocturno. Conducir por Chiloé recuerda a conducir por Cantabria o Asturias, por sus pastos ondulados con vacas que solo por las vistas ya engordan. Recorremos la bahía de Caulín, famosa por sus ostras y cisnes negros, que comen algas tranquilos sin importarles nuestra presencia. Entre pasto y pasto llegamos a Ancud, lugar en el que siguiendo nuestro olfato y las recomendaciones de mi hermano Javier nos decantamos por el Restaurante La Corita para ponernos hasta arriba de curanto (plato típico de Chiloé que consiste en una especie de cocido de mariscos con panceta y chorizo) y mariscos.

Bien comidos, continuamos el recorrido hasta la bahía de Quemchi, un bonito pueblo de pescadores donde las tardes transcurren tranquilas, sin mucha más actividad en sus calles que la venta de merluzas recién capturadas. Desde Quemchi y a través de un largo muelle, se puede acceder a la isla de Aucar, también conocida como la isla de las Almas Navegantes. En esta pequeña isla de apenas 200m de largo, solo un cementerio de almas esperando a navegar en el Pacífico rompe la vegetación del lugar. Buscamos un lugar tranquilo para aparcar el coche, el que será nuestro hotel las próximas noches. Encontramos un sitio tranquilo cerca de la coqueta ermita de Colo. Solo un perro en busca de algo de cariño indica que el lugar está habitado. En Chiloé, sus iglesias son Patrimonio de la Humanidad, al disponer una técnica particular de madera que recuerda de forma humilde a las ermitas de Noruega, estas últimas mucho más espectaculares.

Isla de Aucar, o isla de las Almas Navegantes

Isla de Aucar, o isla de las Almas Navegantes

A la mañana siguiente continuamos el recorrido colándonos en las cascadas de Tocoihué, haciendo nuestro el dicho de a quien madruga Dios le ayuda, y es que el personal que controla el acceso todavía está durmiendo, ahorrándonos el ticket de entrada. En Castro, capital provincial de Chiloé, buscamos un lugar tranquilo para desayunar con vistas a los coloridos palafitos que pueblan la bahía. Siempre he pensado que las pinturas multicolores se tendrían que subvencionar como se subvencionan los parques y jardines; más aún, en los lugares donde apenas brilla el sol.

Cascadas de Tocoihué

Cascadas de Tocoihué

Dejamos la coste este de Chiloé para dirigirnos a la costa oeste, circunvalando el pintoresco lago de Huillinco hasta llegar a Cucao, punto de partida para conocer el Muelle de las Ánimas. Este muelle es una creación artística del autor Marcelo Orellano, inspirado en la mitología mapuche, por la cual existe un ánima universal “Pu-am”, donde concurren las ánimas de todos los seres vivientes, animales y vegetales. Cuando un ser humano es concebido, desde “Pu-am” se desprende un ánima particular denominada “Am”, la cual forma parte de él hasta la muerte, momento en que “Am” sale del cuerpo y no se aleja de los lugares donde vivió.  Cuando ya nadie se acuerda del muerto, el alma se disuelve en el “Pu-am” y vuelve a ser parte del ánima universal…

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Muelle de las Ánimas

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Muelle de las Ánimas

Aprovechando que esta vez disponemos de un coche de alquiler y que no dependemos de nuestra suerte haciendo dedo, regresamos de noche al continente para conocer el Parque Nacional Vicente Pérez Rosales. Este parque se encuentra en las faldas del volcán Osorno, de espectacular belleza. Comenzamos la nueva jornada en los Saltos de Petrohué, de aguas esmeraldas. De allí nos dirigimos al inicio del sendero del mirador del Osorno, a orillas del lago de Todos los Santos. Sin bien no vemos gran cosa durante el sendero por las nubes bajas, un poco de paciencia en el mirador nos regala la preciosa estampa del volcán cubierto de glaciares sobre nosotros.

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Cumbre del Osorno

Continuamos el camino volviendo por la orilla del lago de Todos los Santos, rodeados de los volcanes Tronador y Puntiagudo, de escasa altitud pero de muy complicado ascenso. Esa misma tarde nos dará tiempo a recorrer la costa del lago Llanquihue, visitando la feria de la murta (fruta silvestre del sur de Chile) y los postres elaborados con esta misma. Con el sabor dulce de las murtas llegamos a dormir a Frutillar, un típico pueblo alemán a la orilla de un lago, con la excepción de que no estamos en Alemania sino en Chile. Sin duda, estos días han sido un buen aperitivo de lo mucho que ofrecen las tierras australes.

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Volcán Puntiagudo desde el lago de Todos los Santos

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Volcán Osorno desde los saltos de Petrohué

8 comentarios en “Chiloé y Puerto Varas, Chile

  1. Era completamente verdad que acá las fotos eran mejores. Y es que ¡qué lugares más hermosos han fotografiado!, me enamore de esas coloridas casitas de los palafitos de Castro! y que historia interesante la del muelle de las animas. Saludos y un abrazo, en cualquier lugar del mundo en que se encuentren ahora 😀

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