El visado de Guinea Bissau se puede obtener mediante un largo y caro proceso burocrático, enviando el pasaporte sine die a la embajada en Europa, o mediante una agradable visita a la casa del cónsul en Ziguinchor. En 5 minutos tenemos el visado y recomendaciones de viaje en su país. -Sentaos en el sofá nos indica, como si 5 minutos fuese una larga espera. El cónsul de Bissau es un buen tipo, un jilguero en un mundo frecuente de depredadores, que aprovechan cualquier oportunidad de poder para sangrar al viajero. Desde Ziguinchor, el trayecto hasta la frontera es muy corto. Allí dejaremos nuestro deficiente francés por el “portuñol”, idioma en el que nos defendemos mucho mejor y es que Guinea Bissau fue colonia portuguesa hasta el 1974. A dedo conseguimos subirnos a un coche cargado de gambianos que van a hacer la temporada del “cayú” o anacardo en Guinea Bissau. Llevan casi una semana de viaje en la que la policía gambiana y senegalesa les ha ido sangrando poco a poco sus ahorros y, como vemos rápidamente, son un blanco muy fácil en los numerosos puestos de policía. Medio euro por aquí, medio por allá y así van haciendo la vista gorda a su documentación, o a la falta de la misma. Son optimistas y esperan sacar unos 5 euros al día de recolección. Casi se dejarán una semana de sueldo entre mordidas y combustible, pero lo cuentan con el orgullo del que cree que hace lo correcto por su familia.

Según nos adentramos en Bissau, el cambio de vegetación es total. A ambos lados de la carretera, mejor dicho pista de tierra, abundan los anacardos: más que abundar, diría que Bissau vive del anacardo. Hacemos varias paradas para que el pobre conductor descanse y no se duerma. El vehículo necesita también varias paradas adicionales para meterle agua al radiador, que bien parece un colador. Así que burla burlando vamos viendo que lo que parecía una distancia asumible de un par de horas será una jornada de aventura. Cuando el coche se acerca a Bula, todavía lejos de la capital Bissau, decidimos quedarnos allí. -¿Por qué en Bula y no en cualquiera de los muchos otros pueblos? Difícil de saber. Dando un paseo por Bula visitamos la fábrica donde tuestan los anacardos, para quitarles los compuestos tóxicos que tienen en su cáscara y hacerlos comestibles, y más adelante nos dirigimos a la iglesia católica, que está cerrada. Un par de mujeres nos señalan al edificio de enfrente, donde un grupo de italianos están prestando asistencia de oftalmología a varias mujeres. Uno de ellos se acerca interesado hacia nosotros y nos pregunta, -¿qué tal el viaje? La carretera está mal, ¿eh? – Seguramente el polvo que llevamos encima explica muy bien cómo hemos llegado hasta aquí. -Esperad un segundo a que os traiga un par de cervezas y unas patatas fritas. Enseguida terminamos de pasar consulta, esperad un segundo y luego hablamos.
Resulta que son miembros del Club Rotario, una organización filantrópica y dedican buena parte de su tiempo en sus proyectos en Bissau y en el sur de Madagascar. Uno de ellos, nos confiesa que fue dueño de una de las mayores fábricas de queso de Italia. -Ahora la lleva mi hijo y yo me dedico a estas cosas, que me llenan más. -Quedaos a dormir y a cenar. Esta noche le toca cocinar a Giovanni, que no cocina tan bien como yo, pero tampoco está mal. Se han traído café, salsa de tomate, pasta, queso y jamón desde Italia, como debe ser. -Porque una cosa es ayudar y otra volver con 10 kilos menos. Escuchamos música de fondo en la calle y salimos a olisquear. Habíamos oído hablar del carnaval de Tenerife, de Río, de Trinidad y Tobago, pero nunca del carnaval de Bula. Allí compiten distintos grupos de amigos vestidos de manera tribal bailando al son de instrumentos tradicionales, casi como entrando en trace. La multitud aplaude a sus amigos. Nos invitan a que nos sentemos en primera fila, justo donde los jueces, que determinarán quién es el ganador. Así pasamos una tarde de Carnaval que nunca olvidaremos. Alrededor, el olor a la fritanga y al plátano asado nos van abriendo el apetito. Las mujeres venden cocadas con azúcar de caña que tampoco están nada mal. Esa noche pasaremos una velada súper divertida con los italianos y su pasta al dente. Al día siguiente se inventan una excusa para ir a Bissau capital y así acercarnos en su furgoneta, con el fin de hacernos el trayecto un poquito más fácil.




Bissau ya tiene unos 20 km de carreteras asfaltadas de dos carriles por sentido, los chinos están apostando fuerte y quieren incluso continuar más. El problema es que no todos los conductores saben por qué carril, ni por qué sentido deben conducir. Llegamos a la capital en un estado pre o post golpe de Estado. Multitud de policía en las esquinas y una tensión extraña se palpa en la ciudad, que sufrió su último intento de golpe en febrero de 2022. Allí en la capital cambiamos algo de dinero y visitamos el puerto con la idea de ir al archipiélago de Bijagós. La frecuencia de los barcos es muy reducida por ser Carnaval y nos tocaría esperar varios días hasta poder tomar un barco a las cercanas islas del archipiélago. Lo sopesamos y decidimos continuar la ruta. – Otra vez será, decimos.


Sabemos que el trayecto entre Bissau y Conakry, es de los más penosos de África y obliga a los viajeros que quieran comunicar estos dos países a una auténtica aventura sobre ruedas. Si bien la ruta entre estas dos capitales vecinas se vuelve impracticable cada año durante las lluvias-cuando camiones, Hilux y Landcruisers se quedan atascados en el barro durante semanas o meses y la ruta obliga a tomar motos que sortean como pueden los árboles de la cuneta, o directamente a caminar largas jornadas-, durante la temporada seca que nos ocupa, no es un asunto menor. Por ello, en lugar de meternos la pechada de hacerlo del tirón, algo que según hemos leído puede ser terrible, decidimos ir haciéndolo en etapas más cortas e ir tirando de la oportunidad que nos ofrece el hornillo y la tienda de campaña para parar cuando queramos y disfrutar de la ruta.
En la estación de Bissau nos llama la atención que además de los típicos vendedores de anacardos y bebidas se suman los vendedores de mascarillas azules. – Incrédulos, pensamos que quizá todavía estén preocupados por el covid, o por otras enfermedades aquí comunes como la tuberculosis. Según salimos de la capital comprendemos el porqué de las mascarillas y maldeciremos no tener una. La carretera es un manto de polvo fino y dado que no hay aire acondicionado y hace muchísimo calor, por las ventanillas bajadas entra una nube que rápidamente nos envuelve. Los que no tenemos mascarillas nos ponemos trapos o camisetas en la cara. Así, hora tras hora, hasta que decidimos poner punto y aparte al trayecto, en Bafatá, el primer pueblo grande en la ruta. Salimos marrones de polvo, que se ha colado dentro incluso de las fundas de nuestras mochilas. Con la costra que hace el polvo con el sudor vamos caminando en búsqueda de un sitio donde acampar. Un colegio católico parece nuestra mejor baza, hasta que descubrimos que docenas de adolescentes están acampados en las clases a modo de convivencia. Demasiado bullicio para el cansancio que acumulamos, nos decimos y continuamos hasta otro edificio donde viven las cocineras y los curas. Nos permiten acampar en el porche de la casa cerca de la fuente. Allí mismo nos lavamos, hacemos colada en un barreño y cocinamos algo antes de salir a dar una vuelta por el pueblo. La comunicación con todos resulta muy fácil y vemos que quien corta el bacalao aquí son los libaneses: nacionalidad que será cada vez más frecuente en los próximos países que visitemos, dominando casi cualquier negocio de cierta importancia. Bafatá todavía tiene algo de su pasado portugués, prueba de ello, los pocos edificios coloniales, que sin apenas mantenimiento siguen resistiendo al inclemente sol de la temporada seca y a las lluvias torrenciales de la húmeda.






El paisaje nos recuerda a la región senegalesa de Casamance, con multitud de charcas, algunas secas, rodeadas de bosques de palmeras, baobabs, cultivos de alfalfa para los animales y anacardos, muchos anacardos. Al día siguiente continuamos ruta hacia el este hacia Gabú. En el trayecto coincidimos con un mayorista de anacardos, que se dedica a la exportación de estos hacia India, donde perderán su pasado para convertirse en anacardos indios, como los que llegan a todos nuestros supermercados. Por un precio de poco más de 1 euro el kilo a precio mayorista en Bissau, pasarán a nuestras tiendas a unos 10 euros, nada que nos debiera sorprender demasiado viendo el poder multiplicador que sufren ajos, cebollas, limones o sandías en nuestro país. Nuestro compañero de asiento, y literalmente asiento porque en el mismo lugar de una persona vamos dos y media, se dedica a negociar los precios antes de la cosecha y asegurarse volúmenes para la exportación. Aprendiendo del anacardo y de cómo estos precios condenan a los campesinos a la pobreza ancestral, el trayecto del viaje hasta Gabú se nos hace interesante. Gabú es un pueblo o ciudad de paso y no el mejor sitio para quedarse tirado. Vamos a la estación y allí vemos un único 4×4, que casualmente se dirige a la frontera. El precio por persona es correcto y ahora solo hace falta que lleguen las 12 personas que compartiremos viaje en el mismo coche. Algunos subidos en el techo sobre la carga, que llega a colgar hasta las mismas ventanillas. El proceso de llenado del vehículo se demora unas 4 horas, suficientes para comprender la idiosincrasia del día a día de este lugar. Cambistas de dinero, vendedores de ungüentos milagrosos, espejos y tintes para el pelo, conviven entre buscavidas, llenadores de vehículos a comisión y algún que otro chaval colocado por la droga. En ese momento no lo sabíamos pero seguramente fuese “kush”, la droga que como la pólvora se está esparciendo por África del Oeste, arrasando países como Sierra Leona, Liberia y Guinea Conakry. Una mezcla de fentanilo, mariguana y hasta huesos humanos molidos (por su contenido en azufre) constituyen la droga más fuerte y barata del mundo. En Sierra Leona, el epicentro del kush, se han detectado excavaciones clandestinas en cementerios para sacar huesos humanos con los que producir esta droga.


Cuando finalmente arranca el vehículo, en apenas 5 km su motor deja de latir. Nada que el conductor con una llave inglesa no pueda arreglar y continuar la ruta hacia la remota frontera con Guinea Conakry de Kandika. A lo largo de este camino, la mayor parte de territorio llano y plantado de anacardos, el polvo de la pista se va volviendo cada vez es más rojo, de óxido de hierro y bauxita, tiñendo la vegetación de al menos 100 metros a cada lado de la cuneta. El paso de salida de esta frontera es relativamente sencillo, sin mordidas ni intentos de, y con una sonrisa los oficiales nos desean un hasta la próxima. En verdad ningún policía intenta sacarnos dinero en todo Bissau, recordamos, aunque sí a los pobres gambianos que nos llevaron en coche. Qué diferente será en Guinea Conakry.










