Mauritania – Etapa 2

Llegamos a la frontera mauritana, que cruzamos sin pena ni gloria. Algún buscavidas, esa especie que crece y se desarrolla en los terrenos de nadie y las fronteras de muchos países africanos, mercados y estaciones, intenta camelarnos sin mucho éxito. Hemos desarrollado un instinto natural para distinguirlos de lejos y evitar su picadura, que en estos sitios puede ser peligrosa. Ya en el lado mauritano, una multitud de furgonetas Toyota Hiace esperan a los que hacen este viaje rumbo sur, en su mayoría mauritanos que viven en Europa y que prefieren volar a Dajla por el bajo precio de los vuelos. En apenas una hora nos acercan a la cercana Nuadibú, segunda ciudad del país tras la capital Nuakchot, país que con el doble extensión que España apenas tiene 5 millones de personas.

Nuadibú encaja perfectamente en la definición que nos hizo James, un simpático sudafricano que nos dejó quedarnos en su casa en el norte de Mozambique al describir la vida en la región: “fucking disaster”, pronunciándolo lento y con intensidad, o jodido desastre: eso es Nuadibú. Estos lugares tienen un encanto especial para aquellos a los que nos gusta ver, escuchar y aprender, incluso entre la mugre y la crueldad. Nos quedamos en la casa de dos australianos que recorren el mundo despacio, montando una casa de huéspedes y un proyecto de desarrollo en cada sitio donde paran. Nos recomiendan parar en un restaurante cercano y visitar el puerto, allí podréis comprender cómo es Nuadibú, nos dicen.

Nuadibú puede resultar muy lejana en Europa, pero esta ciudad debería resultarnos muy familiar porque es el puerto de salida de los cayucos que toma la mayoría de subsaharianos en la ruta de Canarias. También se la puede considerar la capital mundial del pulpo. Con los conocimientos de este animal de nuestro anfitrión Mohammed en Dajla nos dirigimos al puerto. Según nos acercamos, unos pescadores jóvenes cocinan en un fuego lleno de plásticos, sobre arena ennegrecida por los cambios de aceite de coches y motores fueraborda, rodeados de unos charcos de agua putrefacta. Un escenario idílico para hacer una barbacoa. Más allá una multitud de coches totalmente destartalados y roídos por la corrosión de llevar pescado y pulpo directamente sobre la chapa, esperan a la salida del puerto como taxistas a la salida del aeropuerto. Entre tanta mugre conseguimos encontrar una pequeña puerta metálica que da acceso peatonal al puerto. Lo que allí vemos es algo difícil de describir. Buena parte de las 7.500 embarcaciones y 50.000 pescadores que se dedican a la pesca en este país colapsan el puerto. Literalmente no se ve agua entre tanta embarcación mientras las multitudes de hombres de países de más al sur – pocos mauritanos-, descargan cajas de pulpo en sus hombros. De aquí mismo se extraen, como si fuese un mineral, 30.000 toneladas de pulpo al año, que serán exportadas principalmente a España y Japón. El lugar podría ser un destino de los fotógrafos por la dureza y el color, más cuando lo visitamos en pleno atardecer.  Rápidamente vemos que dos policías vienen y nos indican que los acompañemos. Está estrictamente prohibido sacar fotografías y como sabremos después el problema no es la minería del pulpo, sino que son estas mismas embarcaciones las que se usan cada día para el tráfico de personas hacia España y no quieren que se vea en Europa la cantidad de barcas que todavía quedan por zarpar. Como he visto la jugada de los policías, me guardo el teléfono con las fotos en el bolsillo escondido del pantalón, mientras mantengo el segundo teléfono que llevamos en la mano. -Eliminen todas las fotos del lugar delante nuestro. Abro el teléfono y voy pasando foto tras foto. Una foto de Dajla, otra del desierto, otra de la carretera. ¿No han sacado ninguna?, nos preguntan. -No, nos imaginamos que está prohibido, ¿no es así? Mientras nos alejamos, Bea me dice que cómo diablos lo he hecho. Le señalo el bulto del teléfono en el pantalón.

Puerto de Nouadibú con unos 7.500 cayucos
Descargando pulpo en el puerto de Nouadibú
Puerto de Nouadibú, lugar clave de salida de los cayucos en la ruta migratoria Canaria

Ya en la zona de la lonja del pulpo, el que es un entresijo de viviendas bajas de hormigón, vemos la realidad más de cerca. Pulpos grandes, pulpos pequeños, pulpos medianos: la mayoría a unos 5 euros el kilo que serán congelados y exportados.

Siguiendo el consejo de los australianos, la siguiente parada la hacemos en el restaurante cercano, que resulta ser regentado por una gallega. Mientras pedimos algo para cenar, que por cierto no será pulpo, charlamos con los de la mesa de al lado, gallegos, vascos y el cónsul español y su mujer. Nos preguntan que qué demonios hacemos en Nuadibú y les contamos nuestro plan de viaje. -Tengan cuidado, nos dicen. El país es seguro, pero la conducción no. Ellos nos cuentan la realidad de la ruta migratoria Canaria. -Del mismo puerto donde habéis estado esta tarde salen los cayucos con su patrón y simplemente circunvalan la pequeña península que es esta ciudad. Ahora mismo estamos en la mitad mauritana, pero la otra mitad es Sahara Occidental, es decir ahora controlada por Marruecos. Allí aguardan las personas que subirán al barco desde el lado marroquí para partir hacia Canarias. Nos preguntan si no nos sorprende el hecho de que en Europa se diga que partieron de Senegal, Gambia o incluso Guinea rumbo a Canarias, sin lógica, cuando se puede ir por carretera y tomar un barco desde aquí, mucho más cercano. Pues sí, otra vez Marruecos juega con sus vecinos y mientras recibe una jugosa cuantía por controlar la emigración ilegal, dicen que es problema de Mauritania, mientras Mauritania dice que es problema de Marruecos. Recordamos las palabras de Mohammed en Dajla que nos contaba la cantidad de personas que había visto flotando al sol en sus días de pesca, mientras unos pocos cobran millones por el peaje del viaje.

Nuadibú además de exportar pulpo, es uno de los principales puertos de exportación de mineral de hierro, unas 14 millones de toneladas al año en 2024, que explota la compañía nacional SNIM. También de Mauritania se exportaron 33 toneladas de oro el año pasado. La mina de hierro se encuentra en Zouerat, en lo más recóndito del interior del país y el mineral se transporta durante 700 km en uno de los trenes más largos del mundo, el conocido como “Tren de Hierro”, de unos 3 km de longitud y 5 locomotoras, y solo superado por el todavía más grande BHP Billiton de Australia con hasta 7 km de longitud y 8 locomotoras. La mayor parte del hierro que se extrae aquí tiene una gran pureza y se destina al mercado asiático, principalmente China, país que a pesar de sus recursos minerales ingentes no tiene mucho hierro. El Tren de Hierro en cuestión tiene cierta fama entre los viajeros a los que nos gusta África y se me había metido entre ceja y ceja desde hacía unos cuantos años. Habíamos leído descripciones que rozaban lo increíble por la dureza del viaje, pero realmente no nos podíamos ni imaginar la experiencia a la que nos íbamos a enfrentar.

Tren de Hierro, Nouadibú, Mauritania
Larga espera al Tren de Hierro, el medio de transporte de carga y pasajeros entre Nouadibú y la región de Choum. Con pañuelo no por que lo pidan, sino porque la arena se metía por todas partes
Finalmente aparece, las enormes locomotoras del Tren de Hierro

Salimos de Nuadibú por la mañana, donde previamente hemos comprado agua y comida y un “cheche”, el turbante típico mauritano de lino teñido de azul índigo, previsores nosotros, como mascarilla para el polvo del viaje. Así llegamos a la estación del tren donde realmente nadie parece saber a qué hora llegará este gigantesco tren de mercancías, que solo dispone de un vagón para pasajeros. Tras una espera de por lo menos 6 horas, en la que nos invitan a tomar el té varias veces, sentimos de repente que algo se acerca. La descripción es extraña porque antes de oírse o verse, el cuerpo siente que se acerca, y, efectivamente, el famoso Tren se acerca. El tamaño de las locomotoras y de los vagones es gigantesco y nos alejamos varios cientos de metros del final del tren, cuyo último vagón, el de pasajeros, se quedará milimétricamente en la estación, para permitir a los viajeros normales que se suban en él. Mientras, invisible para nosotros, las locomotoras aguardan a 3 km de distancia a que personas o carga no mineral suba a los vagones. Nosotros, como muchos mauritanos, subiremos de polizones trepando a los vagones de carga, en este caso vacío en su ruta a la mina. Vamos solos en nuestro vagón, pero al fondo se ve gente que sube animales, motos, bombonas de gas, mantas, colchones, comida, cualquier cosa que se quiera transportar, porque sí, el viaje no requiere billete, pero muchos necesitarán pagar a un fisio para que les suelte los músculos después de la tensión generada durante las próximas 10 horas.

Recién subidos al vagón. Todavía no sabíamos lo que nos esperaba. Con pañuelo no por que lo pidan, sino porque la arena se metía por todas partes
Tapados hasta las cejas para protegernos de arena y mineral de hierro entre Nouadibú y Choum

Extendemos nuestro toldo sobre el duro vagón volquete de acero, con polvo negro de mineral de hierro. Mientras sacamos alguna foto volvemos a sentir esa sensación rara en el cuerpo, seguida de un golpe fortísimo y posteriormente un ruido tremendo: el tren ha arrancado y ya no hay vuelta atrás. Si hay un motivo por el que los trenes de pasajeros no alcanzan estas longitudes, además de porque harían falta estaciones muy largas, es que en trenes tan largos se generan desajustes entre la velocidad de los vagones al final y la velocidad de las locomotoras al principio y esto es el motivo por el que se generan esos incomodísimos golpes en las frenadas, en los arranques y durante toda la ruta: que son como un martillazo para los tejidos blandos del cuerpo. Al principio la velocidad es más o menos lenta y disfrutamos del paisaje de dunas. Luego cuando el tren alcanza los 40 o 50km/h, se generan corrientes de arena que hacen literalmente imposible mirar fuera del vagón. Nos tumbamos un rato, pero la situación es realmente incómoda cada vez que recibimos un nuevo golpe de ajuste entre vagones. Ha atardecido ya y alguna estrella comienza a verse en un cielo todavía no negro. Me levanto un rato y a lo largo de toda la perspectiva del tren no se intuye ninguna cabeza que sobresalga de los vagones. -Todos descansan. Empieza a hacer fresco y nos tapamos con el toldo, que nos sirve de manta y también de protección de las corrientes de polvo de mineral, que a pesar de ser poco porque el tren va vacío parece tener preferencia por nuestros ojos, nariz y boca. Entramos en un duermevela extraño, en un viaje primitivo, metálico y duro, deseado durante años y ahora no querido. Como si nos adentráramos en la dureza mineral del desierto, sin poder casi oírnos entre nosotros por el ruido y las vibraciones. Pero el tren tampoco oye ni atiende quejas ni paradas, solo espera dos o tres veces -y menos mal- a otros trenes llenos de mineral que hacen su ruta al puerto en sentido contrario. En mitad de ese duermevela sentimos que el tren ha parado más tiempo que las anteriores veces, es de noche cerrada y solo se ve una farola muy a lo lejos. Entiendo que si hay una farola es que hay población. Intento encender el GPS del móvil pero no encuentra satélite y se escucha gente que ha empezado a bajar del tren a lo lejos. Siento que hay que bajar, aunque no hay ninguna razón para saberlo, y bajamos como podemos, entumecidos y, como sabremos después, llenos de cardenales en el cuerpo de los golpes. Y es que, en el viaje cargado de mineral, la velocidad del tren es menor y los golpes los amortigua el mineral sobre el que se va tumbado, pero en el viaje en vacío no hay esas pequeñas ventajas. Ya en el suelo y a oscuras llegan dos o tres furgonetas destartaladas, que gritan “Atar- Atar”. Bea y yo estamos asustados, no se ven casas, solo esa farola al fondo, y las posibilidades de que nos quieran dar el palo en medio del desierto son reales. No queda otra que mirar al interior de una furgoneta y confiar en el instinto. Las caras de la gente, todos aturdidos y claramente recién bajados del tren, nos dan un poco más de tranquilidad. Tres horas después estaremos en Atar, la capital del interior mauritano, desayunando un café soluble y unas galletas desmenuzadas por los golpes del tren, sin haber podido digerir, nos costaría días, una de las aventuras -voluntarias- más fuertes que hemos vivido. Duro, primitivo y mineral.

La arena naranja se acumula en los muros y calles de Atar convirtiendo el asfalto del suelo en una especie de Guadiana que aparece y desaparece. Algún burro tirando de carros desvencijados abastece el pequeño mercado entre viejas pick-up y furgonetas Toyota que llegan o se dirigen a los confines del desierto, ya casi en la frontera con el vecino Malí. En Atar decidimos tomar una pick-up hacia Chingetti, uno de los lugares más sagrados del Islam y al que llegaremos dando tumbos tras varias horas de terreno desértico rocoso. Han encontrado petróleo y oro más allá, y varios campamentos chinos, que ya han florecido como setas de otoño después de la lluvia, convertirán en pocos años la ruta que seguimos en algo más amable para los vehículos y pasajeros. En una recta polvorienta se ve una furgoneta averiada. Paramos, nuestro conductor le presta una llave inglesa y continuamos la ruta. Aquí el servicio de grúa es así.

Camino de Atar, en el interior mauritano

Si en Atar la arena amenazaba con conquistar la ciudad, en Chinguetti la ciudad es arena. Varias mezquitas, bibliotecas de la antigüedad con ejemplares del Corán de cientos de años y casas abandonadas constituyen el centro del pueblo. Muchos emigraron a Atar, o quizás a la capital o a Europa. Muchos volverán si el manantial del petróleo y del oro se vuelve realidad.

Puerto de montaña camino de Chinguetti, región de Atar
Compartimos trayecto con dos viajeros chinos, muy interesados en las riquezas minerales del viaje
El panadero de Chinguetti, Mauritania
Mezquita medieval de Chinguetti, uno de los lugares más sagrados del Islam
Regresando de Chinguetti

Regresamos a Atar con la idea de encontrar un buen sitio para acampar, pero no parece una tarea fácil. Apenas queda una hora para el atardecer y el ingenio de haber estado muchas veces en ese cronómetro nos hace valorar las opciones. La tienda en el exterior no parece demasiado segura y el único hotel que está abierto garantiza días de picor por el hábitat que alumbran sus colchones. Caminamos sin un rumbo claro hasta que paramos a un vehículo que pasa y le preguntamos por un hotel limpio y barato. Así llegamos al hotel del pequeño aeropuerto de Atar. Varios militares checos que parecen armarios se ejercitan en el patio del hotel, mientras esperamos a su dueño. El dueño habla perfecto español, ha vivido 15 años en Ibiza y volvió para cuidar de sus padres mayores. Ahora es el dueño del hotel donde las misiones militares europeas entrenan a militares africanos, o parten para el vecino Malí, ahora pasto del yihadismo. -Estos días están los checos, pero enseguida vendrá la división española, nos cuenta mientras nos enseña las fotos con docenas de militares. Por aquí han pasado también multitud de pilotos de rally para entrenar para el Dakar. Le explicamos que teníamos pensado acampar y que no hemos encontrado un buen sitio. Nos ofrece una habitación. – No me tenéis que dar nada, nos dice. -Esperad, os voy a enseñar a lo que también me dedico. Así nos trae un puñado de rubís que está empezando a extraer en el desierto.  – No he conseguido todavía la calidad “sangre de paloma”, nos cuenta, -más caro que el diamante para muchos. Solo se dan cuando la roca está en contacto con el agua y todavía no he encontrado agua allí.

Nos habla del pasado español en el Sahara, -mirad, en Atar teníamos varios hospitales construidos por España-, ahora la influencia de Francia y Marruecos no nos beneficia de la misma manera. ¿Y China?, le pregunto. -Bueno, para China todos somos sus clientes.

Tras obsequiar a Bea con varios rubís de poca calidad -pero que más adelante cuando queramos salir de Sierra Leona levantaran preguntas entre la policía de la aduana- guisamos un plato de patatas cocidas con huevo y cebolla con nuestro hornillo y nos retiramos a descansar. A la mañana siguiente al alba partiremos rumbo de Nouakchott, la capital mauritana. Pasamos a lo largo de varios oasis y dunas, en los que nos gustaría parar, pero viajar en transporte público en un país con tan poca población y con un sol tan fuerte, hace que decidamos seguir del tirón. Nouakchott es una de las capitales más anodinas de África, sin un centro como tal y sin una estructura como cual, pero no por ello sin un mercado a rebosar de gente que visitar.

Los mejores mecánicos del mundo, Nouakchot
Con la compra de la semana, el coche de adelante rozando el suelo de tanta carga
Viejas Mercedes como autobuses urbanos en Nouakchot, capital de Mauritania
Atardecer en el mercado principal de Nouakchot

Desde Nouakchott parten los vehículos hacia la frontera con Senegal, la frontera de Diama. Los vehículos 4×4 ya partieron hace un rato y ahora solo quedan los vehículos normales, que recorrerán el mismo camino que los 4×4, pero obviamente mucho más lentos. Elegimos la frontera de Diama, en lugar de la Rosso, porque esta última tiene fama de ser infame para los viajeros y la extorsión suele estar a la orden del día. Una francesa tuvo la paciencia de denunciar en Dakar a los policías corruptos de Rosso, que fueron destituidos de su cargo. Sin embargo, el puesto de policía en Rosso es una golosina que no tardó tiempo en volverse a corromper. En apenas un mes ya se podían escuchar comentarios de japoneses y alemanes a los que les obligaban a pagar tasas ficticias de 100 dólares. Lo bueno es que existe Diama, con menor tráfico de personas y menor corrupción y allá nos dirigimos. El trayecto en vehículo lo hago sentado encima del freno de mano. Me quito una sandalia, que me servirá de asiento-amortiguador para los golpes en la coscusilla con el traqueteo del viaje. El paisaje de arena va dando lugar a pequeñas acacias y rebaños de cabras. Bea está en el asiento del copiloto con la mitad de mí. Según nos acercamos a la frontera vamos atravesando caminos polvorientos entre marismas, donde una multitud de garcetas blancas descansan. Bajo la sombra del único árbol frondoso que vemos, un policía nos hace parar. – Vosotros dos, nos dice, a pagar la tasa del parque. -¿Parque?, preguntamos. -Sí, estáis en el parque de naturaleza y debéis pagar la tasa. De lo contrario, bajad del vehículo. Ni por un asomo se nos pasa por la cabeza bajar del vehículo y pagárselo se lo pondremos difícil. Así, dentro del coche la gente empieza a darnos la razón. -¿Por qué solo ellos tienen que pagar? Defensores y detractores discuten con el policía por el futuro de nuestra tasa. En el GPS veo el comentario puesto en una chincheta sobre el mismo sitio en el que estamos “No pagar, es un timo”. Eso hace que reforcemos nuestra posición. Tras 10 minutos y sin desempolvar la cartera, la rapaz suelta a sus presas y continuamos nuestro camino hacia la frontera, que se ofrece muy fácil y amable. En prácticamente 20 minutos hemos hecho los trámites, cambiado dinero con un tal Musa, que nos ofrece un cambio mejor que el oficial y contratado un taxi que nos acercará a la ciudad de San Luis, en Senegal. Cruzar fronteras por tierra en África es siempre motivo de celebración: más cuando se cruza sin perder peso. Qué mejor celebración que comenzar en la interesante San Luis nuestra entrada en Senegal.

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